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INTIMIDAD DE UNA PANDEMIA (PARTE IX): La antesala del infierno - Por Omar López Mato

17 Mayo 2020 Author :  

 

Los hospitales públicos colapsados comenzaron a rechazar en 1918 la admisión de pacientes. Algunas personas sobornaban a los administrativos para ser admitidos. Pero ni así lograban sus cometidos.

 

Algunos tenían fuerzas para volver a su casa, otros esperaban a las puertas del hospital esperando su turno, en esta antesala del infierno. En sólo una semana, la tasa de mortalidad había aumentado de uno ó dos muertos al día a cientos de fallecidos por jornada.

Escupir en la calle era penado con arresto de una semana. En Filadelfia 60 personas eran arrestadas en un día, a la vez que 300 habitantes morían en el mismo lapso mientras los periódicos anunciaban que lo peor ya había pasado. Al día siguiente murieron 485 personas.

Aún en estos momentos de desesperación, la ciencia no se detenía, por el contrario, muchos médicos redoblaron sus esfuerzos para hallar una solución al problema. Welch había puesto a trabajar a uno de sus más brillantes discípulos, Paul Lewis. Notable investigador, amante del trabajo de laboratorio, Lewis se encontraba abrumado por la presión que las circunstancias ejercían sobre él, forzándolo a dejar el método científico para acortar los tramos de la investigación a fin de dejarse llevar por la intuición.

La muerte se expandía sobre las ciudades estadounidenses. No había tiempo para velatorios. La gente colocaba crespones en las puertas de las casas. Negro si eran adultos, blanco para los jóvenes y gris para los ancianos. Las funerarias no tenían lugar para guardar los ataúdes que iban a usar y entonces los dejaban a la intemperie. Pronto se dieron cuenta que no podían dejarlos solos porque la gente los robaba. Al final, en ciudades como Nueva York, los cuerpos eran dejados en la calle envueltos en una sábana como mortaja.

ALTISIMA MORTALIDAD

En algunos lugares remotos del mundo donde sus habitantes no habían estado expuestos al virus de la influenza, la enfermedad se expresaba con extrema virulencia. Entre los esquimales, los habitantes de pueblos africanos ó en las paradisíacas islas del Pacífico la tasa de mortalidad era superior al 20%. De allí la discrepancia en la cifra total de muertes. Los datos más conservadores hablan de 17 millones, pero hay evidencia para suponer que el número era entre 50 y 100 millones de occisos.

Las formas clínicas eran confusas. En las zonas tropicales se la confundía con el dengue, la enfermedad rompe huesos. Algunos tenían sintomatología neurológica. Curiosamente, el Dr. Harvey Cushing, quien sería uno de los grandes neurocirujanos del siglo XX, mientras prestaba servicio en Francia padeció una parestesia en los miembros de la que nunca se recuperó del todo.

Algunos casos parecían fiebre tifoidea o cólera o diarrea, por las deposiciones frecuentes. En otros la fuerte tos ocasionaba rupturas en el pulmón y el aire pasaba al subcutáneo produciendo lo que se conoce como enfisema. Otros tenían otitis media y la mayor parte padecía severos dolores de cabeza que algunos profesionales confundían con meningitis. Otros escupían sangre (epistaxis) abriendo la sospecha de una tuberculosis, una enfermedad muy difundida en ese tiempo.

Finalmente, la postración sumía al paciente en un estado de melancolía e insania con tendencia al suicidio. Algunos servicios se quedaban sin termómetros por los pacientes los rompían en su delirio febril.

En 1918 murieron de influenza tantos soldados como en toda la guerra de Vietnam (250.000) y entre los civiles la cifra fue 15 veces mayor.

Para vencer a la llamada gripe española, era necesario conocer la epidemiología, en segundo lugar, la patología y en tercer lugar como actuaba el virus sobre el cuerpo. Todo esto se fue aprendiendo sobre la marcha.      

Omar López Mato

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