“Alberto y el sado-peronismo”. Por Federico Andahazi

16 Septiembre 2020 Author :   Federico Andahazi

El viejo apotegma que reza “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” podría tener hoy, a la luz de la extraña relación entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, una nueva versión: “Para un sádico no hay nada mejor que un masoquista”. Y viceversa, claro. 

En efecto, el presidente padece los golpes que día a día le propina su vicepresidenta sin emitir una sola queja, sin dejar escapar un mínimo gesto de sufrimiento ni derramar una lágrima.

Al contrario, se diría que disfruta. A juzgar por el tono eufórico con el que anuncia cada nueva humillación a la que es sometido, pareciera que gozara con el dolor. Los argentinos ya sabemos que Cristina Kirchner es tal vez la mejor discípula de Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido como el Marqués de Sade.

Sade era, ante todo, un filósofo. La obra que acaso mejor exprese su sistema de pensamiento sea “La filosofía en el tocador”. El libro no es sólo una suma de torturas físicas para alcanzar el placer sexual.

Como en toda filosofía, se trata de establecer un valor supremo. Para ciertos filósofos ese valor es el bien, para otros, la razón y para algunos, como Nietzsche, la nada misma.

Para el Marqués de Sade ese valor supremo es el placer, pero no por el placer mismo como postulaban los hedonistas, sino el goce a costa del sufrimiento ajeno. Esas promesas de humillaciones y suplicios hacen que el sádico esté rodeado de masoquistas que van en busca de la fuente del dolor.

Así, Cristina Kirchner supo convocar una multitud de personajes ansiosos por ofrecer sus vilipendiadas posaderas a las agujas puntiagudas para “que se suturen el orto” (sic), tal como todos pudimos oír que le decía al masoquista entre los masoquistas.

Si Cristina es la mejor alumna de Sade, al PJ le cabe, con holgura y sin lubricante, el diploma enrollado y voluminoso, como el más digno discípulo de Leopold von Sacher-Masoch, el gran escritor austríaco, autor de “La Venus de la pieles”.

En la obra de Masoch aparecen con frecuencia personajes masculinos que se hacían atar, amordazar, azotar y esclavizar sexualmente por mujeres poderosas. Incluso, estos personajes solían firmar contratos, muy semejantes a los que se acogen quienes suscriben alianzas políticas.

Para muestra basta un Scioli. Nunca antes habíamos presenciado en la historia argentina la existencia de un personaje tan dado a entregarse a la humillación como Daniel Scioli. Néstor Kirchner no desaprovechó una sola oportunidad para denigrarlo en privado y en público.

En un cuadro de sadomasoquismo político sin antecedentes, el ex presidente, apuntándole con el índice, lo instó en un acto multitudinario a que dijera «quién le tenía las manos atadas» para combatir la inseguridad en la provincia de Buenos Aires.

Como en las escenas de pornografía disciplinaria, el mandatario provincial, maniatado y de rodillas ante su agresor, sólo atinó a agachar la cabeza. Tal vez no exista una figura tan expresiva de lo que significa el sadomasoquismo político como la del látigo y la billetera.

Nada resulta tan patético como ver a gobernadores, intendentes y barones, los machos del conurbano, arrastrándose con los pantalones bajos, mientras son azotados por el látigo para recibir un par de billetes devaluados.

El plan de sometimiento y humillación del que parece gozar hoy Alberto Fernández es, en realidad, el que Cristina ya tenía preparado para Daniel Scioli cuando fue candidato en 2015.

Aquel plan de odio y venganza incluye como víctima al propio Alberto. Cristina jamás le perdonó (“perdón” no es una palabra que esté en su diccionario) todas las cosas que dijo de ella.

Si Fernández osó cuestionar “la democratización de la Justicia, su ley de medidas cautelares, el modo cómo sacó la ley de medios, prácticamente sin debate”, ella lo obliga hoy a firmar los decretos para pisotear la justicia y hostigar a los medios.

Si Alberto se permitió decir “En el tercer mandato de Cristina es dificilísimo encontrar algo virtuoso”, Cristina condena hoy a su entenado a quedar en la historia como el presidente más intrascendente de la historia.

Alberto dijo “Creo que Cristina tiene una enorme distorsión sobre la realidad. Si Cristina revisa las cosas que dijo, debería rectificarse un montón de cosas”.

Hoy es ella quien lo somete para que diga que el que tiene que rectificarse es él. Y así lo hace, delante de cuarenta y cinco millones de personas que ven cómo el presidente habla bajo el taco de la bota de cuero de Cristina mientras le aplasta la cabeza.

Dijo Alberto: “El peronismo a lo largo de la democracia fue todo. Fue conservador con Luder, fue neoliberal con Menem, fue conservador-popular con Duhalde, fue progresista con Kirchner y solo fue patético con Cristina. Fue patético, fue el partido de la obediencia”.

Hoy, con Alberto, acaba de inaugurarse el sado-peronismo. ¿Cuántas humillaciones son capaces de soportar los peronistas? Les dijeron imberbes, idiotas y los echaron de la plaza cuando eran jóvenes. Los mandaron a suturarse y los trataron de pelotudos cuando llegaron a viejos. Y ahora los obligan a humillarse en cadena nacional.

Cristina no se contenta con doblegar a sus enemigos. No le basta con humillarlos. Disfruta al verlos de rodillas, esclavizarlos y obligarlos a trabajar para ella. Ahora mismo, Cristina le encomendó a su esclavo la más difícil de las tareas: le ordenó que destruya la ciudad en la que nació y a la que tantas veces le declaró su amor.

Y ahí va Alberto, con la antorcha que le encendió su ama, dispuesto a reducir a cenizas la ciudad de Buenos Aires. Aun a sabiendas de que el primero en inmolarse será él mismo.

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