Carlos Pagni

Alberto Fernández se ufana, desde que acordó con los acreedores externos, de estar sacando al país del laberinto. Sin embargo, con los controles económicos que se anunciaron anteanoche, está demostrando que sigue internándose en un atolladero.

Debajo de todo lo que estamos viendo tanto en la política como en la economía, con una escena que por momentos se altera mucho y adquiere una velocidad vertiginosa, existe una tensión que obedece a dos vectores: uno territorial y otro económico, que explican el funcionamiento y el significado del kirchnerismo en la política argentina.

 

Una de las características habituales de la vida colectiva en el país es que las dificultades estructurales recién son percibidas cuando producen un colapso. La grave situación de la policía bonaerense es un ejemplo de esa imprevisión.

La Argentina está en una crisis económica extrañísima, cuyo fondo todavía no vemos.

Cristina Kirchner ofreció una nueva demostración de que su control del oficialismo es inapelable. Cuando Sergio Massa había alcanzado un acuerdo con la oposición para las sesiones de la Cámara de Diputados, una intervención de Máximo Kirchner rompió el puente.

 

Existe un debate antiguo respecto de dónde está la clave de un éxito histórico. Del suceso o del fracaso de una experiencia en la política. ¿Es el papel de los líderes? ¿Son los sujetos individuales los que mueven la historia?

Cristina Kirchner ha comenzado a desplegar su liderazgo a través de una auditoría obsesiva de las decisiones administrativas de Alberto Fernández. Ese control se ejecuta a través de prohibiciones que dinamitan los acuerdos alcanzados por el Gobierno en los más diversos campos de la vida pública. Es un regreso a la consigna "vamos por todo".

 

A pesar de la extraordinaria difusión del acuerdo de la Universidad de Oxford y el laboratorio británico-sueco AstraZeneca con un laboratorio argentino y otro mexicano para la producción de una vacuna contra el Covid-19, los detalles de esa operación presentan más incógnitas que certezas.

 

El sociólogo catalán Manuel Castells habla de Wiki-Revolutions. ¿Qué quiere decir eso? Se refiere a movilizaciones con un contenido múltiple, que engloban enojos que se originan en motivos muy diversos. Manifestaciones públicas como las que hubo ayer en muchas ciudades del país, eminentemente en Buenos Aires, donde quienes protestaron tienen muchísimos reclamos.

Desde hace muchos años, la Justicia en el país está politizada. El avance de la corrupción agrega otro problema: la política se ha judicializado. Estas distorsiones consiguieron lo que parecía imposible: que el frío ajedrez de los procedimientos adquiera una inusual vibración emocional.

Vamos a plantearnos dos preguntas, en alguna medida retóricas porque es muy difícil encontrarles una respuesta. En realidad, es un ejercicio para advertir dos contradicciones que hay hoy en la vida pública de la Argentina, que tiene el Gobierno.

Existe un consenso generalizado acerca de que, con el acuerdo con los acreedores internacionales, el Gobierno despejó un problema importante. Si el país hubiera seguido en default, la situación financiera de muchas provincias y empresas privadas se habría agravado mucho.

 

Anoche estuvieron reunidos Alberto Fernández, el ministro de Economía, Martín Guzmán, y todo su equipo en Olivos. La versión que surge de ahí es que ya está arreglado el problema de la deuda, en lo que tiene que ver con acreedores con jurisdicción en Nueva York.

Era muy previsible que Cristina Kirchner ejercería una gran influencia en las iniciativas institucionales de la presidencia de Alberto Fernández. Sobre todo, las del campo judicial, donde ella experimenta sus grandes pesadillas.

 

El kirchnerismo tiene una concepción del poder y de la vida pública que suele identificarse como "populismo". Esa etiqueta está sometida a un enorme debate por el nivel de imprecisión que tiene. Pero sí podríamos decir que tiene una concepción "antiliberal".

La Argentina está enredada en este problema: el fuero penal se ha convertido en el principal campo de batalla entre el oficialismo y la oposición

Pocos días antes del 18 de mayo, cuando Cristina Kirchner mediante un tuit postulara a Alberto Fernández como candidato a presidente y se presentara ella como vice de esa misma fórmula, el actual mandatario realizaba conjeturas sobre la escena electoral.

Cristina Kirchner es la dueña del poder en el Gobierno, su planteo sería: "Miren lo que digo, no miren lo que hace"

 

Los carteles que aparecieron ayer en todo el conurbano y en la ciudad de Buenos Aires con la leyenda "Fuerza Alberto"

Alberto Fernández confesó a Lula da Silva que quiere cambiar el mundo. Con los afiliados a la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) fue un poco más específico: "Hay que revisar el capitalismo", les dijo. Siguen siendo formulaciones muy generales como para esclarecer la naturaleza de su propuesta.

 

Se está discutiendo en la Argentina un problema que es muy antiguo entre nosotros, que recorre buena parte del período democrático, por lo menos desde los últimos 20 años: la relación entre el espionaje y la política. Ahora, dentro de ese marco de discusión, el papel de la prensa, el funcionamiento de la prensa en relación con la política.

La palabra crédito proviene del latín credere. Creer. Su carga semántica remite a "confiar". El crédito es un problema crucial en el país. Hay una evidencia inmediata.

 

Una de las ventajas de los grandes activos que puede tener un líder, o del que puede carecer, es una identificación inteligente y correcta del momento histórico en el cual está operando.

La batalla por la reestructuración de la deuda bajo jurisdicción neoyorkina acaba de ingresar en el terreno jurídico.

 

Hay una especie de principio general, de regla o de creencia que ha dominado al kirchnerismo a lo largo de la experiencia que trascurrió entre el año 2003 y 2015 y que opera mucho en ese grupo político igual que lo hace en otros grupos políticos de la región.

Borges decía que dos coincidencias pueden ser obra de la casualidad. Si son tres, estamos ya ante una decisión divina. El criterio tiene validez también en el vulgar terreno de la política.

 

Hace un tiempo, después de las primarias y antes de las elecciones generales, tuve la oportunidad de hablar con una figura muy importante del mundo de las finanzas internacionales que me dijo lo siguiente, hablando de Mauricio Macri: "Nunca apostamos tanto, nunca nos fue tan mal". Esta es la sensación que quedó dentro del mundo de la inversión al final del gobierno anterior, tanto en la comunidad financiera privada como en la pública. Así quedaron los que deciden las corrientes de inversión de las que depende el país para mover su economía.

La decisión sobre Vicentin pone a Alberto Fernández frente a una disociación entre el discurso y la acción de gobierno

 

Estamos ante un nuevo proyecto de estatización por parte del kirchnerismo y es el primero para Alberto Fernández, quien salió hoy a defenderlo.

La explicación central que ofrece Alberto Fernández para la crisis económica que heredó es que, en una maniobra diabólica, el Fondo Monetario Internacional (FMI) prestó a la Argentina dólares destinados a que se los lleven los amigos de Mauricio Macri.

La explicación central que ofrece Alberto Fernández para la crisis económica que heredó es que, en una maniobra diabólica, el Fondo Monetario Internacional (FMI) prestó a la Argentina dólares destinados a que se los lleven los amigos de Mauricio Macri.

Si no fuera porque la sociedad está atravesando un momento angustiante, algunas acrobacias verbales del kirchnerismo con la economía provocarían carcajadas.

 

Hay una serie en Netflix que se llama El Mosad y arranca con un epígrafe de John Le Carré, que dedicó toda su vida a escribir sobre espionaje, que dice: "Los servicios secretos miden la salud política de una Nación y son la única expresión real de su inconsciente".

En la Argentina hay más de 4000 villas de emergencia: barrios donde predomina el hacinamiento, con casas hechas de desechos, una carencia de los servicios públicos y una pésima, a veces nula, infraestructura.

Es muy improbable que un año atrás, cuando lo postuló como candidato a presidente, Cristina Kirchner haya previsto que hoy Alberto Fernández rondaría niveles de aprobación del 80%. Esta popularidad sorprende más por una impresionante anomalía: gran parte de la opinión pública observa a Fernández como quien observa, allá en las alturas, al equilibrista del circo, con la respiración contenida por la posibilidad de que el más mínimo percance lo arroje hacia el abismo.

 

Como se analizó en este programa a lo largo de varios lunes, en los barrios más carenciados, en las villas de emergencia se daría un problema especial que se replica en toda América Latina y específicamente en la Argentina, en el área metropolitana.

En las entrevistas que Martín Guzmán ofreció en las últimas horas hay algunas afirmaciones que permiten entrever lo que está ocurriendo con la negociación de la deuda. Esas explicaciones son también interesantes porque coinciden con algunas informaciones precisas que trascienden del Gobierno y del mercado. Pormenores de ofertas concretas que el Ministerio de Economía comenzó a recibir para aproximar posiciones con los acreedores.

 

El juez Rodolfo Canicoba Corral, foco de intrigas políticas en el seno del oficialismo

 

Néstor Kirchner, de quien Alberto Fernández se declara siempre su principal discípulo, o al menos reconoce como su principal maestro, tenía varias leyes y criterios para hacer política. Uno de ellos era: "No miren lo que digo, miren lo que hago".

La economía se hunde en la recesión mientras Alberto Fernández intenta controlar el coronavirus

 

Lo que puede ser una situación ganadora puede transformarse en una perdedora.

La pandemia contaminó a la política de un dramático cortoplacismo. El futuro queda ahora a semanas de distancia. La unidad de medida temporal es la cuarentena. Contra ese horizonte tan incierto se destaca todavía más una decisión de Alberto Fernández relativa al largo plazo.

 

La cuarentena se va transformando en una especie de laberinto del que es difícil salir. Habría que empezar señalando dos realidades que no son universales, ni se plantean siempre, ni son inevitables, pero que son frecuentes y, en general, contraintuitivas.

El Gobierno ha adoptado dos decisiones relevantes. Alargar la cuarentena, cuyo final se había fijado para el 27, hasta el 10 de mayo. Y endurecer, como estaba previsto, su posición frente a los acreedores externos. Una medida es sanitaria. La otra, financiera.

 

Hay una vieja relación que viene desde el fondo del pensamiento político, inclusive de la literatura, que atraviesa todos los siglos y que tiene que ver con el vínculo entre peste y poder. Es decir, en momentos en los que las sociedades acosadas por una situación extrema que implica muchos muertos hay una tendencia a, en ese instante, hacer una gran delegación de poder en alguien que resuelva el nudo de la cuestión. Algo parecido pasa con la guerra.

La emancipación de Chile y Perú de la corona de España fue la iniciativa más relevante y exitosa que se pensó y ejecutó desde la Argentina. Cuando se la exalta, se celebran el cruce de los Andes, las victorias de Chacabuco y Maipú o la expedición a Lima. Es más difícil que alguien se emocione con las rutinarias tareas que se llevaron a cabo, durante más de un año, en los galpones de El Plumerillo.

 

Hay una tendencia general en la política argentina, y fuera de ella, a que en general quienes gobiernan, con contadas excepciones, suben la consideración popular frente a una crisis como la que estamos viviendo. Es como si hubiera un reflejo normal, natural y primario en las sociedades de rodear al que manda.

La política está siendo sometida por el coronavirus a un nivel de estrés desconocido. En el corazón del poder, los funcionarios parecen desbordados. Se acentúan también, contra lo que prometería la intuición, las disputas de poder.

 

Estamos ante una situación compleja, todos la conocemos, donde finalmente nos vamos a poner frente al espejo del sector público que tenemos.

La parálisis en la que está entrando la economía como consecuencia del coronavirus no tiene antecedentes. No solo por su profundidad, sino, sobre todo, por su velocidad.

 

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