Marcos Novaro

El superávit de dólares es inédito: más de 15.000 millones. Pero se fuga casi todo ante un gobierno que genera un creciente caos económico. ¿Se viene una “guerra contra los ricos”?

Se suman frentes de conflicto y fuego amigo a un cuadro de crisis cada vez más complejo. Alberto Fernández y Kicillof parecen impotentes para marcar un rumbo y crear confianza.

El Congreso, la Justicia y el Ejecutivo bailaron al ritmo que impuso la jefa. Alberto acompaña con entusiasmo, para disimular su rol de “presente griego” y su pérdida de identidad.

Se sabía que era más amiga de los derechos de los delincuentes que de los de sus víctimas. Pero ahora se sabe también que está dispuesta a ir más allá.

 

La receta es la misma: si llegan malos tiempos, esconder la cabeza, hablar de otra cosa, ignorar las críticas. Nunca, hacerse cargo más que de los éxitos.

 

¿Por qué, aunque la vicepresidenta moldeó a su gusto la reforma judicial en el Senado, no es suficiente para garantizarle impunidad? Se lo hizo saber al presidente, con el estilo brutal de siempre.

 

El mandatario avanza sobre las empresas de telecomunicaciones con un mecanismo de control que ni siquiera la expresidenta se había atrevido a usar cuando estaba en el poder.

 

Según el presidente y sus funcionarios, manifestarse contagia. Pero sólo a los que lo hacen en su contra. La infinidad de ceremonias en que él y sus amigos violaron la cuarentena serían inocuas.

 

Al presidente le encanta hacer trucos de magia: acaba de hacer aparecer una vacuna, que aún no existe, y desaparecer la cuarentena, que sigue extendiéndose. En economía el abracadabra es más difícil.

En su afán por construir enemigos indeseables, el oficialismo desconoce que en los últimos 40 años fue el peronismo el que moldeó la Justicia Federal.

El Presidente y el gobernador bonaerense subieron en las encuestas cuando empezó la cuarentena, pero después bajaron. El jefe de gobierno porteño, por ahora, es un caso distinto.

 

Mejor tarde que nunca. El acuerdo con los bonistas puede ser mejor que el de 2005, gracias a las reglas de acción colectiva de los bonos. Pero la salida, “sin plan” y sin viento de cola, pinta más difícil.

 

El Presidente abandona su máscara moderada y se apura a descargar los fallos de la cuarentena en los moderados de la oposición y la sociedad: "No me miren a mí, son ellos los que contagian".

 

Las pantanosas “soluciones” del presidente para garantizar impunidad, igual que sucede con la deuda, ofrecen un motivo de esperanza: va a hacernos perder mucho tiempo, pero es probable que se evite lo más grave.

 

El uso de la ciencia para justificar la política entró en crisis. Los becarios del Conicet denuncian “1500 despidos”, mientras los médicos asesores pierden influencia y se sumen en desacuerdos.

 

El presidente dice no creer en planes, sólo en metas. Pero tampoco las enuncia, y todos los días levanta otro ladrillo de desconfianza en torno suyo.

Relación con empresarios, Venezuela, Pacto con Irán, no hay resignación del presidente que alcance para calmar al kirchnerismo duro.

 

El humor y el odio que promueve la vicepresidenta son bien curiosos: ambos se emparentan con la burla y la humillación que, por ser ocurrentes, suelen pasar por inteligentes

El presidente propuso “terminar con los odiadores seriales” ante una protesta contra sus políticas. Periodistas oficialistas acompañaron desmintiendo que haya persecución o amenazas contra sus pares críticos. ¿Volvemos al 2008?

 

El presidente insistió en sus críticas al sistema financiero. En vez de usarlo en su favor, dice querer “reformarlo”. Así, el kirchnerismo sigue desgastándose y desangrando al país en una pelea absurda.

 

¿Un equilibrista que espera su oportunidad, un sometido sin carácter para definir un perfil propio, un ultra pragmático? Las encuestas hablan cada vez más de confusión e incertidumbre.

 

Controles superficiales y a veces absurdos conviven con un descontrol profundo en el conurbano. La situación de La Matanza es crítica, denuncia la Diócesis de San Justo.

 

Pidieron confianza, un bien escaso porque se informa mal sobre testeos, y se los gestiona aún peor. Y porque el peor daño económico, la mortandad de empresas, supera ya el récord de 2001/02.

 

Como la mayoría se opuso a la expropiación de Vicentin, el “kirchnerismo científico” que nos gobierna sacó la conclusión de siempre: culpa de los medios, que mienten y engañan a la gente.

 

El papelón con Vicentin se suma a un manejo cada vez más confuso tanto de la pandemia como de la crisis económica.

 

Los peronistas que compraron la promesa de Alberto de que Cristina no iba a gobernar se desayunaron con la expropiación de Vicentin. Da más o menos igual cuál de ellos gobierne: no pueden confiar.

 

¿El presidente está “pintado”? Sería grave. ¿O el dúo gobernante una hace de dura y el otro de blando, pero en lo esencial coinciden, y no en beneficio de nuestra democracia y de la economía? Sería aún peor.

 

Urgido por la falta de dinero y por la necesidad de actuar antes de que su popularidad se evapore, el Presiente recurre apresuradamente al menú primigenio del kirchnerismo.

 

Era una “idea loca” quedarse con una parte de las empresas en problemas, ¿es una idea genial quedarse con empresas enteras? Así, el capitalismo argentino seguirá siendo inviable.

 

La situación y las perspectivas económicas siguen empeorando, y el Gobierno sigue sin focalizar suficientemente la contención del virus ni el daño a la actividad.

 

Si arregla la deuda, la primera consecuencia para el gobierno será descubrir su error: no era el problema más grave. Entonces, ¿normalizará la situación u optará por las ideas del Papa y su entorno?

 

Las réplicas albertistas a los “anticuarentena” suben de tono a medida que se extienden las protestas. Mientras, la relación con el cristinismo pasa de la división del trabajo a una creciente tensión.

 

No hay basamento legal para un aislamiento forzado. La situación pone a la luz lo complicado que es gobernar con sanitaristas como única guía.

 

¿Cuál es la tarea que tiene por delante el peronismo? Algunos sueñan que será radicalizar el estatismo económico. Y los más pragmáticos usan esas fantasías para procesar un nuevo escalón hacia la debacle nacional.

 

Alberto Fernández quiere un gobierno de científicos, si son peronistas mejor. La idea detrás de la intención de imprimir un billete de 5 mil pesos acompaña otro debate científico, pero sobre la inflación.

 

La suba de casos de COVID-19 puso en cortocircuito la relación entre salud y economía generando alarmas en la Casa Rosada y en el gobierno porteño. El miedo a pagar el costo político y el factor de los intendentes del Conurbano.

 

La reapertura de la economía es, al menos en el AMBA, algo inoportuna: se decidió cuando crecían los contagios. Pero era inevitable que así fuera dada la estrategia escogida en marzo.

 

El presidente trató de combinar dos mensajes, alarma por los datos de contagios en el AMBA, y reconocimiento de que para muchos la cuarentena no va más. Nuestra diagonal entre salud y economía quedó en zona de riesgo, por el COVID-19 y los compromisos con los bonistas.

 

¿Se muestra inflexible para que los acreedores cedan o en serio está dispuesto a ir al default? Cualquiera sea el caso, la desconfianza que alimenta la vamos a pagar cara.

 

Tras atravesar la peor semana y entregado a la tarea de elegir "soluciones" del menú kirchnerista, el Gobierno seguramente insistirá en pedirnos tiempo. ¿Por qué, aunque Alberto es más popular, es Cristina la que se fortalece?

 

Como el presidente no logra influir en la región como quisiera, busca serrucharle el piso a los vecinos. ¿No será más rentable aceptar ser “cola de león”?

 

 

Además de la pandemia y la feroz caída económica, ¿tenemos por delante un nuevo experimento populista autoritario que nos aísla del mundo? ¿Alberto se termina decantando por las soluciones kirchneristas?

 

El rol de la vicepresidenta como líder espiritual del peronismo corre peligro de evaporarse si Alberto Fernández logra una pronta recuperación económica tras la pandemia.

 

La crisis se está volviendo más compleja, y los desafíos económicos ponen en aprietos al estatismo que impulsa el Gobierno.

 

La Argentina podría estar entre los países que sufran menos muertes por la pandemia. Pero casi seguro estará entre los que sufran una caída económica más aguda.

 

Para cuidar la salud de la gente, el Gobierno asfixia la producción. A la larga solo permitiría que subsistan los que ya dependían de él, o los que empiecen a hacerlo.

 

El Gobierno busca relajar y endurecer la cuarentena al mismo tiempo, alarmado por las muchas señales de que el acatamiento decae y no es tan seguro que los contagios se puedan controlar.

 

No hay intención para aprender de los errores, después de la caótica situación por los jubilados agrupados frente a los bancos en plena cuarentena.

 

Es imposible practicar un subregistro con los dramas económicos porque se están extendiendo mucho más rápido que los contagios. Dado lo difícil que era disimular, se eligió echarle la culpa a otros.

 

¿Se aplana la curva de contagios o se informal mal? Tenemos el mismo sector público de siempre, grande y torpe, y tal vez un "INDEC sanitario" en gestación.

 

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