Sábado, 25 Julio 2020 21:00

Cristina necesita un Alberto exitoso, ma non troppo - Por Sergio Berensztein

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Mientras recompone su poder político y soluciona sus problemas judiciales, la vicepresidenta requiere que el Gobierno no fracase.

 

En mayo del año pasado fuimos testigo de un hecho insólito y sin precedentes cuando la actual vicepresidenta eligió a Alberto Fernández como candidato a presidente. Cristina Kirchner posee, aproximadamente, un tercio del electorado a nivel nacional, un núcleo duro que la acompaña prácticamente de forma incondicional.

La cifra no es para nada desdeñable, pero si ella encabezaba la fórmula hubiese puesto en riesgo el triunfo de octubre. Por su parte, el peronismo tradicional (representado por algunos gobernadores e intendentes) y el Frente Renovador de Sergio Massa eran conscientes de que sin ese tercio de los votos para ellos sería imposible llegar a la Casa Rosada. Al kirchnerismo puro le cuesta mucho ganar elecciones, pero conserva poder de veto en los comicios donde se presenta también un candidato peronista, debido a que compiten por el mismo electorado. En síntesis, con Cristina no alcanzaba y sin ella no se podía.

Aunque es cierto que el triunfo hubiese sido difícil de conseguir, Cristina podría haberlo intentado sobre la base de que Mauricio Macri estaba muy debilitado luego de atravesar dos años consecutivos de fuerte crisis económica. Además, el premio era inmensamente grande: llegar a la presidencia por tercera vez, algo logrado solamente por Perón. ¿Por qué decidió, entonces, dar un paso al costado y resignar su candidatura en favor de Alberto Fernández, quien en el pasado la criticó tan duramente?

Cristina Kirchner sabía de las complicaciones que hubiese tenido para gobernar en un contexto local e internacional distinto al que existió durante el kirchnerismo, y en particular de las dificultades que hubiese tenido para encarar el proceso de renegociación de la deuda (ya que la comunidad financiera internacional desconfía de la Argentina, pero más desconfía del kirchnerismo). Sin embargo, existe un elemento más importante para responder a esta pregunta: Cristina necesitaba (y sigue necesitando porque las causas avanzan) solucionar sus problemas judiciales y los de sus hijos.

Para resolver las causas que pesan en su contra, CFK requería, primero, regresar al gobierno y, segundo, recomponer su poder político. Lo primero lo alcanzó gracias a la decisión estratégica tomada en 2019. Comprendió que un candidato moderado como Alberto Fernández permitiría la conformación de una coalición más amplia que garantizara la victoria, tal como sucedió. Ahora, mientras lidia con los sectores que decidieron aliarse con ella en el heterogéneo Frente de Todos, ha llegado el momento de comenzar a construir poder en términos personales. De ahí su acercamiento a un conjunto de actores sociales, políticos y económicos, con una ideología que no necesariamente se identifica con el peronismo tradicional, y que pueden sentir adhesión hacia visiones más radicalizadas como las que hoy Cristina representa. Los “Grabois” de este mundo forman parte de esta alianza.

El sindicalismo, histórica base de sustentación del peronismo, y en gran parte también del kirchnerismo, hoy mira de reojo y con desconfianza a Cristina Kirchner. Por eso, no es a este segmento al que apunta la expresidenta. Por el contrario, la nueva constelación de actores que la rodea está vinculada a la decadencia de la economía, a grupos piqueteros y organizaciones sociales que viven del Estado y no al mundo del trabajo. Al margen de cuestiones ideológicas que pudiesen existir, hay incluso una lógica de mercado también en esta decisión: desde el Estado es más barato y más fácil mantener satisfechos a los piqueteros que a los sindicatos, en este punto el modelo de Cristina es más austero fiscalmente que el modelo de Perón. Hay aquí una resignificación del “peronismo” que Cristina Kirchner representa, en donde su base fundamental no está en los trabajadores, sino en grupos piqueteros u organizaciones similares.

Mientras construye esta base de poder, la vicepresidenta necesita que el gobierno de Alberto Fernández tenga éxito o, al menos, no fracase. De ahí la preocupación que tiene por la renegociación de la deuda llevada adelante por Martín Guzmán. Cristina Kirchner se encuentra especialmente interesada en que las negociaciones con los acreedores lleguen a buen puerto, ya que es consciente de las implicancias en materia económica que el no acuerdo podría tener sobre la economía argentina. La profundización de la crisis (aún más en el marco de la pandemia por Covid-19, lo cual está generando efectos devastadores para la economía) puede poner en juego el triunfo en 2023 y derrumbarse tempranamente el proyecto político que ella está construyendo.

Por otra parte, tampoco puede permitir que Alberto Fernández construya un proyecto propio, separado y antagónico al de ella, cercano a los sindicatos y el mundo empresarial, es decir, una alianza de estirpe más peronista. Por eso, a Cristina le molestó tanto el evento la foto del 9 de julio en el que el presidente se mostró junto a Miguel Acevedo (UIA), Héctor Daer (CGT), Adelmo Gabbi (Bolsa de Comercio), Eduardo Eurnekian (Cámara Argentina de Comercio y Servicios), Daniel Pelegrina (SRA), entre otros. El surgimiento del “Albertismo” podría ser peligroso si el día de mañana el presidente acumula el poder suficiente para correrla a un costado. En ambos casos, los fantasmas de tribunales podrían volver a aparecer con más fuerza.


Sergio Berensztein

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