Laura Di Marco

Los memoriosos de Santa Cruz aún tienen grabada en sus retinas una imagen no apta para el progresismo kirchnerista. Por eso mismo, es probable que aquellas escenas culposas hayan sido convenientemente negadas para ese núcleo duro cristinista que solo ve en su jefa a una lideresa de izquierda o progresista.

“¿Viste cuando hay un accidente mortal en una familia, que nadie esperaba? Pasan unos días de confusión en los que nadie reacciona; pasa un tiempo en el que nadie se pregunta quién se va a quedar con la casa, el auto o la ropa. Bueno, así estamos nosotros”, se sinceraba un hombre clave de la coalición oficialista un par de horas antes de que Cristina ejecutara su golpe político contra su socio en el poder, a manos de uno de sus hijos dilectos: Wado de Pedro, el primero en ejecutar el operativo apriete.

En una elección caracterizada por la pobreza en el debate de ideas, dos temas poco habituales se colaron en la campaña e hicieron estallar, sorpresivamente, la agenda mediática: la marihuana y el sexo. Dos asuntos ligados al mundo millennial, un universo de votantes esquivo para la política tradicional. Jóvenes desencantados y, sobre todo, desenganchados tanto de la coalición oficialista como de la opositora y, en cambio, cada vez más seducidos por los discursos antisistema. María Eugenia Vidal se despachó con los porros. Tolosa Paz, en cambio, avivó el fuego uniendo sexo, felicidad y peronismo.

“Esto no requiere de uno, sino de muchos períodos de gobierno”, dijo Cristina Kirchner ayer, en un acto en La Plata, en el que se mostró, por segunda vez consecutiva, junto a su golpeada criatura política, Alberto Fernández, ensayando un acting de unidad, en plena campaña electoral.

 

 

“Por favor, un médico allí”, decía Raúl Alfonsín en los actos por la campaña presidencial de 1983, contrastando esa empatía con el cajón funerario de Herminio Iglesias. Nadie podía imaginar entonces que aquella misma frase, pronunciada treinta y ocho años más tarde en otra campaña política muy diferente, trastocaría por completo su sentido, pero mantendría la misma urgencia. La urgencia que imprimió la pandemia sobre la política.

 

No solo nos definen los diálogos que tenemos. También –y sobre todo– nos definen los diálogos que no tenemos. O que decidimos no tener. ¿Con quién se dialoga en democracia?

Esta semana Cristina Kirchner entró en pánico y por primera vez empezó a percibir seriamente que podría perder las elecciones.  

En medio del peor momento de la pandemia contra el coronavirus, el Presidente está en conflicto con múltiples sectores de poder y tiene cada vez peor imagen

Si la exgobernadora ya no es lo que representaba, probablemente su reingreso en la escena pública deba incluir una reinvención de su identidad política

Ella sin barbijo. Obvio, las leyes son siempre para los otros. El, más aplicado, con el barbijo de rigor. Con la precisión de la gestualidad corporal, Cristina le indicaba al alumno Alberto, en la previa a su segundo discurso ante la Asamblea Legislativa, cómo se firma el libro del Senado, cómo se enciende el micrófono (audio, botoncito, ¡tiqui, tiqui, Alberto!); lo calmaba palmeándolo, maternal, cuando se exaltó en el medio de un discurso nervioso y plagado de furcios (un defecto discursivo que Alberto no suele tener) y asentía en momentos de cristinismo sublime: el tramo dedicado a fustigar a la Justicia -en los “márgenes” de la democracia, según el Presidente- y el anuncio de una “querella criminal” que dé inicio a una investigación de la deuda tomada por el macrismo.

"¡No se puede desaparecer un año frente a una maquinaria infernal que se quiere llevar puesto el sistema democrático! ¿Dónde está la mujer más marketinera de la oposición, cuando tenemos una vicepresidenta que se quiere cargar a la Constitución, a la Justicia y a todo el sistema republicano? ¿Desapareció porque está enamorada como una adolescente? Encima tiene un gobernador que le hace muy fácil el rol opositor. Si quiere tomarse un año sabático en medio de este derrumbe, ¡que se ponga un kiosko!"

 

El psicópata jamás asume su responsabilidad; la culpa siempre es de algún otro. Ama el poder; la idolatría es su droga. Usa a las personas para conseguir más dosis de poder y las convierte en cosas para su propio beneficio.

 

El viejo Cambiemos gobernó con miedo. Nunca se animó a dar la batalla cultural, a fondo, por un proyecto de país alternativo al del perokirchnerismo: no lo hizo con los intelectuales, no lo hizo con el mundo sindical, no lo hizo con las aulas, que siguieron subordinadas a las políticas educativas de Ctera.

Produjo una de las fotos políticas más potentes de la semana; revolucionó la interna de Juntos por el Cambio con el apoyo público a Daniel Rafecas; tomó distancia de Macri y, de paso, le mandó un mensaje a Patricia Bullrich, su rival dentro de universo cambiemita.

Secuestrado por Cristina y cooptado por su irracionalidad. Así definió Mauricio Macri al peronismo dentro de la coalición oficialista en su reaparición en la escena pública durante una semana especial: el último 17 de octubre se cumplieron 75 años de la irrupción de un movimiento que marcaría a fuego el destino de la Argentina.

El cartelito con el nombre del presidente de la Corte, Carlos Rosenkrantz, hasta ahora una figura desconocida para el gran público, podría sumarse al próximo banderazo como un nuevo símbolo de la oposición, desde el momento en que su nombre devino la nueva obsesión de Cristina y sus hijos políticos.

Desde que abandonó el poder, Mauricio Macri viene trabajando en un libro testimonial en el que narra su experiencia como presidente no peronista en un país cuyo software parece haber sido configurado con una creencia que Alberto Fernández acaba de exponer con sinceridad brutal: "El peronismo es la Argentina misma", dictaminó, entrevistado por una radio ultra-K.

Ante cada escalón que la Argentina sube en el top ten de contagios y muertos por Covid, el Gobierno perfecciona su discurso y le echa la culpa a la sociedad por los estragos de la pandemia. El dúo sanitario bonaerense, Gollán y Kreplak, blanqueó esa narrativa de un modo brutal: a los jóvenes porteños que salen a "tomarse una cervecita" les gusta jugar a la ruleta rusa y son poco menos que asesinos en potencia.

En 2008, Alberto Fernández decidió abandonar la sociedad política con el matrimonio Kirchner, en la que era un accionista minoritario. No lo echaron; se fue, peleado con el camino de la radicalización.

 

Nunca hablaron y casi ni se conocen. Solo una vez se saludaron, al pasar, en un aeropuerto. Aquel día, Horacio Larreta vio a Cristina desde lejos y se acercó para estrecharle la mano.


A mediados de abril, en una cumbre en Olivos por la renegociación de la deuda, en la que el jefe porteño apareció sentado junto al Presidente y su vice, Cristina entró al salón y enfiló directo hacia su silla evitando, incluso, mirarlo (las reinas son así: no reconocen pares). La última semana lo subió al ring, pero Larreta no picó. Todavía. La radicalización de Cristina podría contaminar, a la larga, todo el escenario político, arrastrando, en su ola furiosa, a los moderados.

Azuzado por los ultras de su propia tropa, muchos se preguntan hasta cuándo podrá guardar silencio Larreta si ella lo elige, finalmente, como punching ball, tal como, en su momento, lo hizo con Macri. Una elección que resultó muy funcional para el expresidente porque terminó lanzándolo como líder de la oposición. Quién tiene un enemigo tiene un tesoro.

Pero si Macri era -y es- un enemigo perfecto para Cristina, entre otras cosas por la oscuridad de los negocios de su familia y la caída en picada en las encuestas (conserva una imagen positiva de, apenas, un 20 por ciento, mientras que la negativa ya supera a la de Cristina), la figura de Larreta no parece ofrecer flancos tan fáciles donde gatillar. Una curiosidad estadística: dentro del kirchnerismo ampliado (no el fanático), el jefe porteño es bien ponderado.

Según las mediciones de Poliarquía, Larreta y Fernández son actualmente los dos dirigentes más marketineros del país, muy por delante del segundo pelotón. La diferencia es que, mientras Alberto fue perdiendo capital político durante la gestión de la cuarentena, Horacio lo fue ganando.

La pérdida del poder transformó a Macri en un "halcón"; Larreta, en cambio, se volcó con más ahínco a la moderación, un activo muy valorado por la sociedad argentina, por fuera de las minorías rabiosas. Ese activo, que es un cuerpo extraño en el ADN cristinista, es el que petardea la vice con sus tuits. Alberto lo sabe, por eso, horas después del último ataque al jefe porteño, a quien el Presidente acusó de déficits en la atención de los adultos mayores, sus laderos llenaron el WhatsApp del alcalde con mensajes conciliatorios. "Nos sacaron de contexto", explicaron. Massa, uno de los mejores amigos de Larreta, suele oficiar de nexo entre ambos lados del mostrador. La reunión zen que mantuvieron el lunes por la noche, en Olivos, el Presidente y Larreta, en la que ni se mencionó a Cristina, ayudó a tranquilizar los ánimos. Es que, al contrario de lo que se había especulado, ambos acordaron a grandes trazos cómo seguir con la cuarentena, también en la ciudad.

Pero ¿por qué Cristina elegiría a un enemigo tan imperfecto como Larreta?

Por más que el análisis político tradicional imagine sofisticadas construcciones de poder, la verdad es más sencilla. Su psicología, su personalidad e, incluso, su historia de vida pesa mucho más en sus embestidas impulsivas que la supuesta ejecución de pensadas estrategias. Cristina siempre fue igual, desde la primaria, cuando en la escuelita Dardo Rocha, de Tolosa, rivalizaba, con ambición y voracidad, con el Larreta o el Macri de su infancia (se llamaba Santiago Alí) por su "proyecto hegemónico" de aquel momento: ser el mejor promedio de su clase.

Sus 16 compañeras de la secundaria, en el Colegio de la Misericordia, en La Plata, aún recuerdan a Cristina casi en los mismos términos -aunque, claro, con otros contenidos-, en que, muchos años más tarde, lo haría Vilma Ibarra, su excompañera en el Senado, en su libro Cristina vs. Cristina. Claro que, sobre esa personalidad, se montan las cuestiones políticas actuales: CABA y Córdoba son los dos principales obstáculos que encuentra para avanzar en su proyecto hegemónico territorial y el diseño de su plan sucesorio en favor de La Cámpora. La ciudad, que siempre le fue adversa, tiene el plus de ser el territorio de origen de la coalición opositora que la corrió del poder. Larreta, además, fue incluido en la lista negra desde que Cristina dictaminó que su fiscal general, Juan Bautista Mahiques, buscó influir en la causa por el memorándum con Irán, cuando era funcionario de Macri. Cuando lo peor de la pandemia pase, Cristina volverá a la carga con su proyecto de quitarles fondos de coparticipación a los porteños para debilitar a Larreta.

Con votos y poder, pero apartada del manejo cotidiano del Gobierno, Cristina parece sufrir el mismo síndrome que Néstor, cuando decidió cederle la presidencia. La impotencia para acceder a la botonera puede hacer explotar de furia a los omnipotentes.

Laura Di Marco
Ilustración: Javier Joaquín

A Máximo Kirchner le gusta tomar whisky, igual que a su padre. No entra en disputas públicas, ni siquiera por las redes, a diferencia de su madre.

 

Mientras el Presidente encabezaba anteayer una terapia grupal de approach con la oposición para restablecer el diálogo político y pedir apoyo para un plan pospandemia, Graciana Peñafort, el alter ego judicial de Cristina, le apuntaba con saña a Mauricio Macri por su viaje a Paraguay.

 

En el arranque de 2003, cuando aún faltaba mucho para el big bang del universo cambiemita, el sociólogo Juan Carlos Torre acuñó una nueva categoría de argentinos: los huérfanos de la política de partidos, en alusión a las clases media y media baja, que, con la implosión de la UCR, habían perdido su representación política.

 

Si hay una cultura en las antípodas del running es la del Cuervo Larroque, que esta semana sumó su voz para pegarles de nuevo a los porteños que salen a correr por los bosques de Palermo.

 

Hace una semana, el nombre "Vicentin" no significaba nada. Nadie la conocía, a pesar de ser una de las grandes productoras de granos de la Argentina. Pero, en apenas una semana, se convirtió en una bandera, en una toma de posición, en un límite para una parte de ese 40 por ciento de argentinos que votó en contra del kirchnerismo en las últimas elecciones.

 

Sergio Berni bajó de su moto en Villa Azul, enfundado en un traje amarillo similar al de un astronauta, y saludó a los periodistas y a un grupo de vecinos que lo rodeaban con demandas. Un dirigente de los movimientos sociales, alineado con el Gobierno, observaba la escena con curiosidad.

 

Los dos heredaron el poder, no lo construyeron. Sus mentores, Macri y Cristina, son los jefes de la grieta. Los dos fueron blancos del bullying político dentro de sus propias coaliciones.

 

Hoy como nunca quedó claro que Cristina Kirchner está acelerando a fondo para llevarse puesta a la Justicia y que empezó a correr la cuenta regresiva para que Alberto Fernández cumpla con su parte en el pacto inicial que, se sospecha, los llevó al poder: lograr la limpieza de sus causas y la de sus hijos.

 

"No hay espacio para trabajar sobre la grieta, la situación es dramática", sintetizaba ayer un albertista, que es una suerte de alter ego presidencial, admitiendo que Cristina Kirchner y La Cámpora retomaron, con fuerza, la construcción del kirchnerismo duro, con una lógica política opuesta a la del albertismo.

 

Jaime Durán Barba está enamorado de la comunicación albertista sobre la pandemia. En una entrevista reciente, afirmó: "Cuando el Presidente dice 'entre la vida y la economía, yo elijo la vida', es simplemente una frase maravillosa".

 

La primera reacción -la más visceral- de Alberto Fernández cuando estalló la polémica por los sobreprecios en la compra de alimentos que hizo el Ministerio de Desarrollo Social fue echarle la culpa a la cartelización de las empresas de la alimentación.

 

 

Alberto Fernández le empieza a tomar el gustito a la imitación de algunos gestos políticos de Néstor Kirchner, que tanto rédito le trajeron a su mentor. Aquel presidente de 2003, que timoneaba en la emergencia económica, se enojaba y fabricaba enemigos.

 

El Presidente se enojó esta semana con los miles de argentinos que viajaron al exterior, en plena expansión del coronavirus. "El día 13 de marzo yo les avisé que había una pandemia", fustigó con razón y sin advertir, tal vez, que el reproche alcanzaba indirectamente a su propia vicepresidenta, que en la madrugada del lunes 16 -y sin urgencia aparente- decidió subirse a un avión hacia La Habana para buscar a su hija Florencia, desafiando además la limitación por su edad: ya entonces, el Gobierno había recomendado el aislamiento social para los mayores de 60.

 

Cuando lo que está en juego es la supervivencia, la economía pasa a un segundo plano. Sucede en las guerras, en las catástrofes naturales, en los atentados terroristas.

 

Mientras el riesgo país trepaba el lunes negro a 2800 puntos -la marca más alta de los últimos 15 años-, los bonos soberanos seguían cayendo en picada en el nivel de flotación de los fondos buitre.

 

Alberto Fernández es el nuevo presidente electo, pero Mauricio Macri está lejos de ser un muerto político, tal como cantaron (¿desearon?) sus amigos el domingo al mediodía, en el departamento de River View, donde vive.

 

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