Edgardo Moreno

El punto de quiebre la realidad que demanda acuerdos y el gobierno que ensueña hegemonía, se debe fundamentalmente a las urgencias judiciales de la principal dirigente oficialista.

 

La sociedad argentina que cambió con la pandemia habló por primera vez en las elecciones primarias y el Gobierno nacional respondió desde las vísceras. Cristina Kirchner le impuso a Alberto Fernández tres cosas: un destino de presidencia asintomática; un gabinete que oficie como surtidor de déficit; una campaña descentralizada en los jefes territoriales.

 

Cristina Kirchner se ha replegado para ver si el nuevo experimento funciona para recuperar terreno en las elecciones.

El Gobierno tropezó con sus mentiras y se impuso la realidad.

El electorado eligió transformar la indignación en voto. Una mayoría contundente decidió darle a la política una dosis de legitimidad renovada, para ver si así puede enfrentar la crisis.

 

La apuesta central de Cristina es pasar rápido el trance de las primarias y que luego el clima social mejore.

 

 

Para el mediano plazo, el oficialismo prepara el terreno para el día después de la elección. Cuando deberá hacerse cargo -en la victoria o en la derrota- del ajuste por el sinceramiento de las variables económicas y vencimientos con el FMI.

 

Las elecciones, sin inmunidad colectiva y con la inflación de la vieja normalidad.

Al resucitar las Paso, Juntos por el Cambio sinceró su crisis interna: no logra procesar sus diferencias sin fiscalización estatal.

Ni siquiera aquella cifra de 100.000 muertes, que conmueve por su gravísimo impacto humanitario, provocó un esbozo de autocrítica oficial por el fracaso de la estrategia sanitaria.

La sensatez le aconsejaría a Cristina cesar con los delirios persecutorios, acordar con sus adversarios, diseñar un paraguas de contención sistémica, amortiguar los crujidos de una crisis cuyo agravamiento puede ser irreversible.

La convicción republicana se equivocaría si pretende bascular, indecisa y mezquina, equidistando en el centro imaginario y desertor.

La escasa popularidad del Presidente instala el 2023 en el oficialismo.

Si fuese por el clima social que registran las encuestas, los resultados de noviembre ya estarían definidos. El sondeo de la Universidad de San Andrés reveló que sólo un 11% de los encuestados está conforme con la marcha del país.

Entre contagios e inflación, la vicepresidenta de la Nación avanza sobre la Justicia.

 

Los dos lóbulos de la macrocefalia argentina, en disputa por el futuro de todo el territorio nacional.

 

 

Nunca amaneció el campamento estudiantil y solidario que esperaba el kirchnerismo como resultado de la crisis final del capitalismo. Algo de lo que se convenció a sí mismo cuando el sistema económico global se preguntaba cómo se las arreglaría frente al parate mundial.

 

 

La región se tensiona con elecciones que, sobre todo, expresan la gravedad de la crisis desatada por la pandemia.

El ministro Guzmán volvió con poco de Estados Unidos, pero el kirchnerismo imagina mucho.

La vice impuso su programa; ahora tiene que funcionar.

Impulsa una ley de amnistía en favor de los kirchneristas investigados y la postergación de pagos al Fondo Monetario.

Alberto Fernández, Sergio Massa y Máximo Kirchner ponen a prueba todos los días el umbral de resistencia de la oposición.

El oficialismo teme al momento en que se abran las urnas, por eso intentaría postergar las primarias e incluso las elecciones generales hasta fin de año.

El presidente convalidó el ataque de su vicepresidenta a la Corte. Eso le agrega a la crisis una gravedad institucional inédita.

El país terminará el año con 40 mil muertos de la peste y el penúltimo lugar en el ranking de los que gestionaron de manera más ineficiente la emergencia.

 

Abigail Jiménez es un nombre del estado de excepción. Se sabe: es la niña enferma de cáncer que tuvo que ser cargada en brazos por su padre para traspasar un puesto caminero que estaba a las órdenes del gobernador santiagueño Gerardo Zamora.

 

Todo fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación es como una muñeca rusa: lleva adentro decisiones y argumentos que exceden la carátula. Es su condición. La Corte siempre resuelve sobre un caso para responder a muchos otros. En la decisión que tomó ayer, esa multiplicidad intrínseca se advierte en su máxima expresión.

El 19 de mayo pasado, en la planta que la empresa Volkswagen tiene en General Pacheco, provincia de Buenos Aires, el presidente Alberto Fernández narró el modo fortuito en el que se enteró de la gravedad del coronavirus.

Raúl Alfonsín demostró que era capaz de refutar desde un atril de iglesia la falsedad de un sermón objetable. No hubiese admitido sin queja el relato de una mentira. Vale la advertencia para el recuerdo que sigue: una tarde de 1973, el todavía presidente Héctor Cámpora lo visitó en el departamento que Alfonsín tenía en la avenida Santa Fe, en la Capital Federal. Mientras compartían un café, Cámpora le deslizó un comentario: “Al poder político lo tiene Perón”.

En todo el resto del mundo la sigla BBC refiere a una prestigiosa cadena de televisión. Sólo en los pasillos de la Corte Suprema de Justicia funciona como un nombre en código. El de un expediente, o más bien de un conflicto de poderes: Bruglia, Bertuzzi, Castelli. Los tres jueces trasladados por el Senado nacional para favorecer a la vicepresidenta Cristina Kirchner.

La Corte evitó hasta donde pudo un fallo desfavorable al Gobierno.

Hay un Alberto Fernández que vendió algo que no tenía y otro con el mismo rostro, preocupado porque no lo puede entregar. Uno de los dos es falso. O tal vez los dos.

 

Cristina Fernández confirmó que el Senado nacional aprobará el proyecto de reforma judicial que propuso el Presidente. Será mañana y entre banderazos de protesta. Y, en palabras de la vicepresidenta, no será una auténtica reforma.

 

El presidente Alberto Fernández fue rescatado desde Santa Fe por un modesto juez de provincia y un gobernador afligido.

 

Se enamoró una dama del pastor puritano que predicaba en su pueblo. Con tal frenesí que le pidió a su marido autorización para entregarse, con la genuina intención de procrear un ángel. Tras haber obtenido el permiso, el parto fue normal.

 

Alberto Fernández llegó de la oposición al Gobierno con una ecuación electoral: sólo con Cristina, no alcanzaba. Sin ella, tampoco. Esa fórmula le sirvió para ganar. ¿Es funcional para gobernar?

 

El sociólogo Gerardo Aboy Carlés suele decir que el consenso democrático de 1983 tenía un elemento central. Construido –por imperio de la necesidad– como una frontera con el terrorismo de Estado: la entronización de los derechos humanos “con potencia casi religiosa” como condición de toda politicidad legítima.

 

Hay por lo menos tres disputas a cielo abierto entre Cristina Fernández y el presidente de la Nación.

 

De la reunión del Papa Francisco con el presidente argentino, pudo haber resultado la novedad de un gesto de unidad genuinamente abarcativo.

 

Apenas llamó la atención, perdida entre los últimos párrafos del discurso inaugural de la funcionaria Rosario Lufrano.

 

El ministro Martín Guzmán debió recordar -de seguro como pesadilla- el decreto 648 de 2001. Aquél que firmó Domingo Cavallo para encarar el megacanje de la deuda externa heredada por el gobierno de la Alianza.

 

"Kirchner es como yo", dicen que dijo Menem. "Entra en la primera curva a fondo. Empiecen a mirarlo con más respeto".

En los pasillos de la Casa Rosada admiten que los días iniciales de la gestión están teniendo el sabor amargo del ajuste.

 

Si la elección es pareja, hay que evaluar los escenarios derivados.

 

Forster dijo que deseaba que a Macri le fuera mal. Para justificarse, sugirió que promover una crisis viene a ser el mejor modo de evitar una crisis.

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