Domingo, 19 Septiembre 2021 08:28

Las operaciones de Máximo Kirchner y un gabinete que atrasa 12 años - Por Nicolás Wiñazki

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El hijo de la vicepresidenta buscó enfriar la pelea, mientras Santiago Cafiero y Wado de Pedro negociaron en secreto en una oficina de San Telmo.

Hay una historia que es conocida. Otra no. La crisis desatada en el Frente de Todos, primero por la derrota electoral en las elecciones primarias del domingo pasado, pero sobre todo por el conflicto desatado entre Alberto Fernández y Cristina Fernández para que se aceleren cambios en el Gabinete Nacional, tensionó la semana del poder político nacional tanto como para sacar de la escena mediática el “triunfo” de la oposición por sobre el oficialismo.

La renuncia a disposición del Presidente que presentaron los ministros afines a la vice sorprendieron al Jefe de Estado. Más que otras, asombró a la Casa Rosada que haya sido el ministro del Interior, Eduardo De Pedro, el primero en hacer pública en esa acción repetida después por otros colegas del funcionariado.

La resistencia del Jefe de Estado a esa presión K generó que la vice redoblará su energía puesta en esta discusión. El miércoles de esta semana, difundió una carta donde dio detalles y pegaba más aún en su búsqueda para concretar reemplazos de ministros que, según ella, dañaban la gestión gubernamental, y más aún comprometían al oficialismo en camino a las elecciones generales de noviembre. El armisticio, la tregua, la negociación final, concluyó con nuevos integrantes del Gobierno Nacional.

Aunque parezca una paradoja, muchos de ellos son ministros “nuevos” pero a la vez también son “viejos” ocupantes de entes públicos en gestiones kirchneristas del pasado.

El flamante jefe de Gabinete, Juan Manzur; igual que el ahora ministro de Seguridad, Aníbal Fernández; lo mismo que el hoy titular de Defensa, Jorge Taiana; o el flamante encargado de Ganadería y Pesca, Julián Domínguez; o incluso el candidato a diputado oficialista en Buenos Aires, Daniel Gollán, volverán a trabajar juntos en un mismo Gabinete como ya lo hicieron, aunque en cargos diferentes y con Gollán como técnico en Salud pero con puesto de jerarquía, en la gestión presidida por Cristina Fernández durante el año 2009 en adelante.

Es decir, podría decirse que el nuevo Gabinete atrasaría doce años. Paradojas. La conformación de este equipo llevó horas de guerras de nervios, operaciones mediáticas, políticas, pero también diálogo y negociación entre las partes en “combate”.

Fernández (Cristina) insistía desde hace varias semanas con que debían dejar sus puestos el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, del que tiene una pésima opinión; y también de otro funcionario clave, el titular de Economía, Martin Guzmán, entre otros integrantes del equipo del Presidente que hubiese preferido que sean reemplazados.

Aunque la confrontación entre estos dos sectores de la coalición de gobierno empezó el mismo domingo de las primarias, y escaló durante toda la semana, la definición y el “nuevo” Gobierno se acordó de modo frenético el viernes último.

Los interlocutores del Presidente y su vice empezaron siendo dos protagonistas centrales de esta historia. Cafiero y De Pedro fueron los primeros en verse cara a cara para comenzar a consensuar un acuerdo que se avizoraba complejo. Historia desconocida para la opinión pública. Ambos se vieron cara a cara en una oficina no pública, de dirección desconocida, aunque sí confirmada como ubicada en el barrio de San Telmo.

El Frente de Todos necesitaba un sitio sin asedio ni de prensa ni político para llegar al éxito, si es que puede calificarse a la conclusión de este escenario con ese adjetivo. Cafiero tenía que renunciar, insistía la vice. De Pedro había hecho público que su dimisión estaba a disposición del Presidente.

Salvo los dos jefes del Frente de Todos, el Presidente y la vice, y aliados de peso total en la coalición, como el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, y muy pocos ministros, supieron donde Cafiero y De Pedro se sentaron uno frente al otro para empezar a pactar el futuro gubernamental.

Los dos conocían las debilidades y fortalezas del otro.

-Acá estamos. Hay que arreglar esto-, fue el inicio del diálogo, palabras más, palabras menos, palabras para romper el hielo.

- Acá traigo nuestras condiciones-, siguió la charla, es indistinto quién de los dos dio ese paso inicial.

-Yo también-.

El viernes sería un día largo y determinante.

Las oficinas de San Telmo terminaron funcionando como sede central de las idas y vueltas de interlocutores de Alberto Fernández y de Cristina Fernández. Ellos definieron todo, ya al final, con un diálogo telefónico breve, confiaron dirigentes del oficialismo. Toda la trama reconstruida en esta nota fue chequeada en base a fuentes de cada “grupo” que presionó para sumar poder. Alberto y Cristina decidieron que Cafiero y De Pedro eran los mejores funcionarios para dar el primer paso. Los chicos crecen.

A la reunión entre ambos se sumaron después otros aliados del Frente de Todos, como Massa, que trabajó en silencio mediático para evitar un quiebre en la coalición de gobierno. O en rigor para consolidar una unidad con nuevo reparto de cargos en un Gabinete rediseñado.

Con el paso de las horas, se sumaron a encuentros casi en simultáneo, diálogos de teléfonos cruzados, reuniones en la Casa Rosada y el Senado, distintos representantes que hablaban en nombre de un o una Fernández frente al elegido para hacer de correo o “embajador” por el otro u otra Fernández.

El gran negociador, que hablaba con la vice y con el Presidente, además de con los negociados de San Telmo, fue el hijo de Fernández (Cristina), Máximo Kirchner, jefe de bloque de los diputados K.

Kirchner operó, en el sentido clásico de la palabra en la jerga política, para que el conflicto por el nuevo Gabinete no escalara todavía más.

Su mamá es, igualmente, su jefa política.

Ella decide, Kirchner usó oficinas de Diputados y del Senado para transmitir información y acuerdos entre la vice y el Jefe de Estado.

Máximo, por ejemplo, se encargó de llamar a intendentes del PJ bonaerense para pedirles que emitieron tuits que no se puedan leer como un apoyo rotundo tanto ni para su madre ni para el Presidente.

Y fue quien trabajó también para que su madre hablara con el ministro de Economía, Guzmán, con el objetivo de transmitirle que ella no le pedía la renuncia a él. Aunque en la carta sobre estos avatares que difundió el miércoles pasado afirmó de modo indudable que esperaba que se modificara la política económica.

Ella está preocupada por la muy posible derrota del oficialismo en las elecciones generales de noviembre.

Y encontró responsable del fracaso en las PASO: el Presidente. Él discutió ese análisis.

Aunque en su carta pública la vice dice que siempre supo que el Frente de Todos perdería la elección de las PASO si se sumaran todos los votos de los precandidatos del oficialismo a nivel nacional, lo cierto es que el mismo domingo de la elección, y días antes, difundía entre su gente de confianza que según sus encuestas el oficialismo podía ganar por un punto de diferencia, o dos, o tres.

Por eso se mostró bailando cuando sufragó en Río Gallegos, sobre con voto en mano.

La desazón fue total pasado el día. Así se la vio en el escenario en el que no habló, donde solo dio un discurso el Jefe de Estado. Ella, cabeza gacha, mal humor.

El asedio sobre el Gobierno estaba empezando.

¿Cuál es la lógica de la presión y el desgaste que generó la vice por sobre el Gobierno si ella forma parte del Frente de Todos?

El jueves al mediodía, en el Senado, analizó los resultados de los comicios junto a su hijo, el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof; y su ministro de Desarrollo Social, Andrés “El Cuervo” Larroque.

“No nos votó buena parte de nuestro núcleo duro. No salieron siquiera a votar. Tenemos que salir a buscarlo o convencerlos de que lo hagan. Por eso la gestión debe tener más impronta ‘nuestra’, más kirchnerismo”, fue la conclusión a la que llegaron.

Aunque la vice quería fuera del Gobierno a funcionarios como Cafiero; el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas; el ministro de Trabajo, Claudio Moroni; o a quien ella le desmintió que pediría su renuncia, el titular de Economía, Guzmán, al que considera en la intimidad total como un “enemigo” debido a que según ella es un “delegado del FMI”, finalmente todos estos funcionarios siguen en el Gabinete.

El problema de las negociaciones de vértigo en San Telmo, a las que también se sumaron el ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis; y de las que participó además en varios frente el titular de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, era que no solo debían acordarse quién seguía en el Gobierno y quién no, sino que además se necesitaba conseguir reemplazantes para los nuevos puestos.

Todas esas tareas, de parte del Gobierno, fueron lideradas por Cafiero.

“Lo que hay es lo que se consiguió”, se sinceró un asesor del Presidente respecto al nuevo pero viejo Gabinete.

El final de la negociación ocurrió tal vez cuando el jefe de asesores del Fernández (Alberto), planteó en las oficinas secretas de San Telmo que el Gobierno no tenía por qué desprenderse de los funcionarios que más trabajaban fueran despedidos. Hablaba por Cafiero. Pero fue el argumento que se usó para garantizar que el titular de Interior, De Pedro, siguiera en su puesto.

Al Presidente le dolió, y mucho, que haya renunciado su vocero y amigo, Juan Pablo Biondi, acusado por la vice de operar en su contra en los medios.

Los Fernández cerraron trato ya caída la noche.

Nicolás Wiñazki

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