Carlos Berro Madero

 

Dice Ortega y Gasset que el más y el menos de una cultura se mide por la mayor o menor precisión de las normas; agregando acto seguido que donde éstas son excesivas y penetran hasta el detalle en todas las actividades, provocan automáticamente “muy poca cautela y cuidado por ajustarse a la verdad de los que hablan y escriben” (sic).

 

 

“Más tarde o más temprano en este mundo, muchos descubren que la felicidad perfecta es irrealizable; sin embargo, algunos de nosotros, al hacer una pausa, consideramos también su antítesis: la “in”felicidad perfecta es también imposible”
- Primo Levi

 

 

“El Estado es siempre, cualquiera sea su forma -primitiva, antigua, medieval o moderna-, la invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos humanos para ejecutar juntos una empresa. Esta empresa, CUALESQUIERA SEAN SUS TRÁMITES INTERMEDIARIOS, CONSISTE A LA POSTRE EN ORGANIZAR UN CIERTO TIPO DE VIDA EN COMÚN” - José Ortega y Gasset

 

 

 

Es muy probable que de alguna manera estemos asistiendo a los manotazos desesperados de un peronismo que se encuentra frente a un fin de ciclo -impensable hasta hace poco tiempo-, e intenta controlar la desaparición de su homogeneidad política instrumental.

 

 

En la vida real, esa que nos atraviesa a todos por igual, no se puede cambiar de estación televisiva cuando algo nos disgusta; por lo que nada vivido en el presente puede corregir los efectos de malas decisiones tomadas de antemano.

 

 

Ortega y Gasset sostenía en su tiempo que pertenecemos a un mundo y una época, en la medida que somos capaces de prepararnos para la batalla “en uno u otro lado de la trinchera abierta por ella”.

 

 

Muchos “arranques” de tipo emocional provienen de un asalto nervioso que declara dentro del individuo un estado de emergencia, desencadenando en él reacciones intempestivas que lo mueven a hacer elecciones de vida incomprensibles y desafortunadas.

 

 

Decididamente no queda otro remedio que tomarse al gobierno para la chacota haciéndose eco del dicho que encabeza estas reflexiones, habida cuenta de su ineficiencia supina para manejar una realidad que se ha hartado de enviar señales claras al FPT (desde Cristina para abajo, a TODOS).

 

 

 

En su respuesta a los dichos del ex Presidente Mauricio Macri durante una entrevista mantenida por éste con Morales Solá, solo ha atinado Ud. a lanzarle espumarajos por la boca, impropios de una persona que se dice “mesurada” y “dialoguista”.

 

 

La ideología neo marxista –en la cual abreva gran parte del kirchnerismo duro-, se ha lanzado en masa a desacreditar cualquier movimiento social que “huela” a capitalismo democrático, señalando que ha perdido significación para cualquier evolución social.

 

 

Algunos apuntes de los discursos del “Che” Guevara cuando fue Presidente del Banco Central de Cuba en los albores de la revolución caribeña, permiten encontrar curiosas similitudes con algunas “sarazas” del Ministro de Economía de los Fernández, Ricardo Guzmán, cuando asegura que el gobierno que lo ha convocado no apunta a bajar el gasto público (ineficiente y corrupto) desde ningún punto de vista, implicando que sostendrá a rajatabla la vida de un paquidermo que nos está triturando los huesos desde hace años.

 

 

El efecto más notorio de ciertas chapucerías políticas consiste en tratar de sostener sistemas de gobierno agotados, tratando de adornarlos de una falsa apariencia de buen funcionamiento, para lo cual sus funcionarios suelen aferrarse a “drogas” conceptuales abstractas e inverosímiles.

 

Oriana Fallaci, la inolvidable y combativa periodista italiana, dijo alguna vez: “si las ortigas me invaden, si la hiedra me asfixia, si un insecto me envenena, si un león me muerde, si un ser humano me ataca, lucho contra ellos”.

 

 

El engaño supone siempre falta de veracidad; y también un tipo de traición de quienes tratan de ocultar sus intereses sospechosos especulativamente; intereses cuya verdad, de ser revelada con anticipación, daría tiempo a los eventuales engañados a precaverse de los efectos de la misma.

 

 

Se ha escrito bastante sobre la historia del peronismo, y está bien, porque toda aventura humana tiene un origen y una razón de ser; es decir, causas y escenarios originales que la explican e iluminan su presente.

 

“Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho juntos grandes cosas”, decía Renan, “y querer hacer otras más, he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo. En el pasado una herencia de glorias y remordimientos; en el porvenir, un mismo programa para realizar. Porque la existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”.

 

 

Alberto Fernández, está demostrando que le preocupa la marcha de su gobierno en la medida que se relacione con lo que él ha decidido que es importante, prodigando sonrisas y favores solo a quienes satisfacen y/o festejan sus exigencias, mientras enfrenta acremente a todos los demás.

 

 

Estamos convencidos que los argentinos tendremos que recuperar algún día el interés por interrogarnos, en soledad, sobre lo que estamos haciendo con una realidad que “se nos niega”, cual potro redomón.

 

 

Durante las últimas semanas, hemos hecho hincapié en el escenario de rivalidades y violencias verbales del gobierno kirchnerista, aferrado -pese a los esfuerzos del Presidente-, al discurso flamígero “selectivo” habitual de Cristina Fernández.

 

 

El comando “a distancia” de Cristina Kirchner comienza a tomar protagonismo creciente, trabajando en tándem perfecto con su “operador” todo terreno, quien ocupa el sillón de Rivadavia comportándose como un camaleón, útil para allanarle a la abogada exitosa el ir y venir sobre cualquier tema de su interés, a fin de amoldarlo a su gusto y paladar.

 

 

Al analizar la nueva “movida K”, se acentúan nuestros recelos respecto de un tema que se intenta resolver por un supuesto “clamor popular”, favorecido por la tozudez de una mayoría de ciudadanos de poca memoria, que votó a los candidatos del gobierno en diciembre creyendo en sus promesas de haber regresado “mucho mejores” (¿).

 

 

El kirchnerismo ha logrado que terminemos nadando todos en un estanque de aguas fétidas, donde lo bueno, lo verdadero y lo ilustre nadan mezclados con diversos microorganismos que han terminado infectando nuestra salud física y mental.

 

 

Nietzsche señalaba que el drama de todo fabulador consiste en la creación de un escenario sin retorno para él, porque quienes han sufrido algún tipo de daño personal por sus mentiras, jamás le restituyen la confianza que alguna vez pudieron haberle dispensado.

 

 

Muchos egocentristas suelen defenderse de las acusaciones que se les formulan por su encierro psicológico, asegurando que lo que ellos buscan no es ni más ni menos que lo anhelado por todos.

 

 

“Quién miente pocas veces, no se da cuenta de la pesada carga que se echa encima, porque para mantener su mentira, ha de inventar otras veinte” - Jonathan Swift

 

 

 

Hay dirigentes políticos dotados de grandes cualidades para impresionar y seducir a la gente, a través de una elocuencia totalmente huérfana de razonamientos claros, sesudos y austeros.

 

 

Un filósofo y teólogo francés, Jacques-Benigne Bossuet, decía que la mayor de las debilidades de este mundo consiste en el temor de algunos individuos por aparecer débiles ante los demás, sobreactuando sus reacciones ante la adversidad.

 

 

Hace pocos días, leímos la entrevista que le realizó el periodista José Del Río (La Nación) al Jefe de Gabinete Cafiero, quien sospechamos funciona como una suerte de bisagra invisible entre Cristina Kirchner, La Cámpora y Alberto Fernández.

 

 

Leyendo la larga entrevista que le hizo Jorge Fontevecchia al Ministro de Economía de “los Fernández”, publicada en el diario Perfil, puede advertirse la habilidad del entrevistado para escapar de los planteos concretos que le formuló con sagacidad el periodista.

 

 

Audrey Hepburn en la película “Charade”: “¿Por qué miente tanto la gente?”; responde Cary Grant: “porque desean algo y temen no conseguirlo diciendo la verdad”.

 

 

El sentido común sugiere, con bastante claridad, que ante cualquier crisis social –de la naturaleza que sea-, un gobierno debería tomar medidas de prevención para que ésta no se profundice, asesorado por representantes que se correspondan con las distintas vulnerabilidades que aquella provoca en las distintas incumbencias de los ciudadanos.

 

 

A pesar de la desorientación que exhibe la tropa de “los Fernández” mientras “manotea” la faltriquera del erario público para hacer frente al tsunami económico provocado por el Covid-19, se advierte la avidez abusiva de un régimen político que marcha hacia el autoritarismo.

 

 

Es bien sabido que una de las fuerzas principales que dirigen el mundo de la política es la mentira. La utilización de datos históricos falsos, estadísticas trucadas y análisis incomprobables, vertidos por líderes que desinforman sobre la mayoría de los actos del gobierno al que pertenecen, han pasado a ser así moneda corriente.

 

 

No se necesita ser clarividente para pronosticar un futuro complicadísimo para el gobierno del Frente para Todos, a medida que se vayan extinguiendo las urgencias de la pandemia provocada por el coronavirus.

 

 

Según algunos politólogos e historiadores, el “talmudista” es un esclavo de la interpretación literal de ciertos principios, que no penetra en la esencia de los mismos basado en una fe absoluta, sin plantearse los efectos de la mutación constante de la realidad.

 

 

Pasaron algunas semanas durante las cuales algunos incautos vieron a Alberto Fernández como un ángel rubio de ojos azules, lo suficientemente iluminado como para sacarnos de las acechanzas del Covid-19.

 

 

Muchas personas deben haberse enfrentado alguna vez en la vida con situaciones en las que uno de sus interlocutores les confesó algo así como: “me volví loco y la cabeza me estalló”, tratando de justificar algún exabrupto.

 

 

Muchos gobiernos apelan en estos días a un nuevo régimen “dispositivo”, que consiste en confundir el concepto de la dignidad humana con la pérdida de las libertades individuales.

 

 

Es indudable que, para poder conocer de cerca las características de un problema por medio de TODOS los sentidos, no basta el uso de uno solo, para no atender ciertas circunstancias que se presentan con él por medio de una ilusión.

 

 

Aislados y mareados por el torrente de informaciones – falsas en una gran mayoría-, que circulan por los medios audiovisuales, hemos estado reflexionando sobre una pregunta que nos hizo un lector amigo de los Estados Unidos en estos días respecto de las incógnitas que nos acechan.

 

 

La pasión demostrada por el peronismo –alimentado hoy por la versión kirchnerista-, para recomenzar una y otra vez sus estrategias políticas autoritarias tradicionales, comienza a evidenciarse con una crudeza que preocupa por contar con el supuesto amparo de un argumento ideal a su favor: los dimes y diretes que ha provocado la pandemia del Covid-19.

 

 

Anestesiar para convencer, cubriendo con persistencia malévola todos los espacios de nuestra mente, es el método “des” informativo que eligen algunos dirigentes políticos charlatanes para seguir sosteniendo su popularidad en cualquier escenario, aún los jamás imaginados.

 

 

Puede observarse que hay una realidad que está superando a la pandemia del Covid-19: la falta de actualización de los sistemas de salud en todo el mundo, salvo honrosas excepciones.

 

 

Creer que todas las cosas rodeadas de incertidumbre que nos acechan amenazadoras no tienen límite alguno, porque una mayoría de las pruebas que necesitaríamos para confirmar nuestra fe en uno u otro sentido no existen, no significa que debamos quedar presos de la desesperación.

 

 

Escribimos estas breves reflexiones “con el corazón en un puño”, como contribución para destacar la evidencia de lo poco que sabemos sobre cómo comportarnos frente a ciertos cambios impredecibles que están azotando a nuestra civilización.

 

 

Algo bueno ha traído el coronavirus por nuestras tierras y ha consistido en una cierta parálisis de las estrategias que venía pergeñando Cristina Fernández para deglutirse como una boa a la oposición y al mismísimo Alberto desde el Congreso, impulsando proyectos que pudiesen imponer su agenda de obsesiones respecto del funcionamiento de algunas instituciones republicanas.

 

 

Si hay algo que puede afirmarse con certeza es que la Argentina ha demorado “sine die” su entrada en el mundo desarrollado merced a una incapacidad proverbial para elegir dirigentes políticos.

 

 

Algunos historiadores y analistas extranjeros que han estudiado las características de la Argentina, suelen decir que nuestro país es tan extenso y rico, que puede ser cruzado arrastrando un arado de un extremo al otro sin encontrar jamás una sola piedra.

 

 

Como en el conocido chamamé de Pastor Luna, Cristina Kirchner parece decidida a poner “a todos a bailar”, como dice la letra de la pieza conocida. A bailar a propios (los “Albertos”) y extraños (Macri y sus “siniestros” antecesores de la mafia siciliana).

 

Bernard Williams sostiene que un anhelo exagerado de veracidad suele poner en marcha un proceso de crítica que debilita enormemente la convicción de que alguna verdad pueda expresarse en su totalidad.

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