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Viernes, 13 Noviembre 2020 14:13

¿Quién dijo que la grieta­ es un invento argentino? - Por Jorge Raventos

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Con el cambio de titular de un ministerio Habitat, Vivienda, Alberto Fernández ha iniciado quizás una segunda etapa de su gobierno.

 

Faltan semanas apenas para que se cumpla el primer año de su período (más importante aún: para que se abra el segundo, en el que la sociedad dará su primer juicio sobre la experiencia en las elecciones de medio término) y la Casa Rosada sabe que necesita hacer ajustes en su estructura y en su mensaje.

¿AJUSTAR CONTRA CRISTINA...O CON ELLA?

La despedida de María Eugenia Bielsa implica para el Presidente despojarse de una figura en la que personalmente tenía muchas expectativas y que era ministra por obra de él. Muchos analistas sostienen que el reemplazante, Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda, es "hombre de Cristina" (no de Fernández, quieren decir) y, por lo tanto, deducen que la reestructuración que puede entreverse ampliará la influencia de la vicepresidente sobre el gobierno, como ellos postulan.

Sin desconocer que el nuevo ministro ha crecido a la sombra del cristianismo y se sienta a la diestra de la Señora como vicepresidente del Instituto Patria, cabe la posibilidad de que Fernández lo haya designado pensando más bien en su rasgo de intendente del conurbano. El Presidente está procurando consolidar su base de sustentación apelando a dirigentes con experiencia en manejo territorial y conducción política. Se reúne con frecuencia con jefes de ejecutivos provinciales y municipales, ya cuenta con varios de estos en los cuadros de gobierno. Está inclusive alentando a los intendentes bonaerenses a que impulsen el cambio de la norma que les veda la posibilidad de ser re-reelegidos (es decir: la de ejercer más de dos mandatos consecutivos), que, de cumplirse, daría lugar a sucesiones probablemente traumáticas en unos 40 municipios (particularmente en el Gran Buenos Aires).

El Presidente no parece dispuesto a admitir la interpretación que lo juzga inevitablemente condenado a depender de la señora de Kirchner o a enfrentarla. Es probable que, más bien, aspire a instrumentar en su favor la influencia de ella.

Otro aspecto de los ajustes de sintonía que está intentando el Presidente se observan en el creciente rol que está jugando Martín Guzmán, al que Fernández ha ubicado como el ministro fuerte de esta etapa. El titular del Palacio de Hacienda ha impuesto su criterio sobre el Banco Central y lo ha hecho, hasta aquí, con éxito: ha conseguido reducir sensiblemente la brecha entre el dólar oficial y el paralelo,lo que ha permitido, inclusive, que el Central comprara divisas cuando lo que venía haciendo (y quizás vuelva a hacer) es venderlas para sofrenar el ímpetu comprador del mercado.

EL TRIPODE DE GUZMAN

La fuerza de Guzmán se apoya sobre (al menos) un trípode: el Presidente, la señora de Kirchner y Krystalina Georgieva, la directora general del Fondo. El ministro no ha conseguido este respaldo por ser el pivote de las negociaciones por la deuda, sino porque el Fondo encuentra en él un interlocutor idóneo y bien encaminado en las reformas indispensables, permeable a ellas, pero también capaz de resistir con razones que toman en cuenta las realidades políticas. Los funcionarios más lúcidos del FMI desconfían íntimamente de los ministros que tienen el sí fácil porque las discusiones que estos -por comodidad o ideología- no dan, se traducen más tarde en conflictos sociales de difícil solución.

De las iniciativas y declaraciones recientes de Guzmán se desprende un camino de reformas y creciente austeridad fiscal: no habrá cuarta etapa del Ingreso Familiar de Emergencia (o, en todo caso, se reducirá el número de beneficiarios), se iniciará un proceso de sinceramiento de tarifas de servicios (es decir, una disminución de los subsidios), las jubilaciones no se actualizarán siguiendo la inflación, sino una combinación de aumentos salariales y crecimiento de los ingresos previsionales.

El respaldo que ese programa encuentra en el conjunto del oficialismo (incluyendo a los voceros K) es valorado por el gran empresariado que conversa con el ministro, pero ha sorprendido a la oposición y también a un sector del periodismo que, en lugar de destacar que ese apoyo convierte en políticamente factibles algunas reformas que desde ese costado venían aconsejando, prefiere criticarlo como "oportunista", tomarle examen al kirchnerismo desde la izquierda y criticar "el ajuste". En la lógica de la grieta, a veces las partes juegan a las esquinitas y cambian de argumento según la ocasión.

DE POMPEYA AL CENTRO

Mirando las peripecias de la elección estadounidense, la Argentina ha podido observar el espectáculo de la grieta en escenario ajeno. Aunque el paisaje -la elección presidencial en Estados Unidos- sea diferente, muchos sucesos se ven familiares. ¿Una ilusión óptica?

Un lúcido y afamado analista, George Friedman, resumió así el sentido de la grieta estadounidense: "La razón principal por la que aproximadamente la mitad del país votó por Joe Biden fue que éste no era Donald Trump. Muchos consideraban que Trump viola las normas fundamentales de la presidencia y la dignidad personal. Biden no presentó ninguna iniciativa política sorprendente, ni sus partidarios necesariamente querían que lo hiciera. Lo que querían era un regreso a la norma, Querían volver a lo que ven como rectitud y propiedad moral: un país unido en lugar de dividido. Del otro lado, poco menos de la mitad del país votó por Trump porque ven la norma como sofocante, insoportable. En la superficie, parece representar cortesía., pero para ellos, en el fondo, es un intento despiadado de aumentar el poder de la élite y asaltar los valores del país. Dicho de otra manera, la norma se ve como una forma de manipular a la sociedad en beneficio de la élite, que cubre sus acciones con una burla cortés. En opinión de los partidarios de Trump, la norma dividió profundamente al país en contra de los intereses y valores de los votantes de Trump. Para los votantes de Biden apoyar a Trump era inconcebible, ya que él estaba en esto por interés propio y en defensa de los valores más bajos".

En fin, lo de siempre: incomprensión e intolerancia recíprocas, en este caso encarnados en la mayor potencia de Occidente y del planeta. Y no como resultado de una crisis económica: Estados Unidos venía en un proceso de gran dinamismo y crecimiento que sufrió una pausa durante el primer trimestre de la pandemia para recuperarse vigorosamente hasta la actualidad. Esta vez lo que imperó sobre el dividido paisdaje electoral no fue "la economía, estúpido", sino una clave más compleja que puede incluir en cierta dosis la situación económica de corto plazo, pero sobre todo está signada por una pérdida de certezas de largo plazo, que han sido perturbadas por las grandes reestructuraciones (de empresas, de la familia, del trabajo, de la convivencia) asociados a la globalización y a la necesidad de competir en un marco de mayores exigencias. Una de esas certezas, el supuesto de que la movilidad social ascendente estaba al alcance de la mano, se ha evaporado y el debate político ha sido reemplazado por las fórmulas simplificadoras y las culpabilizaciones

Aunque la personalidad de Biden parece menos obviamente confrontativa que la de Trump, la fuerte animosidad que éste suscitaba en la mitad de la población (probablemente amplificada por el hecho de que los mayores medios y el mundo del espectáculo y de la academia formaban parte de esa mitad) muy probablemente se reproducirá, invertida, en el próximo período. Biden se benefició del efecto unificador del "todos contra Trump", pero ese factor desaparece ahora. "Qué felices éramos contra Franco", decían las distintas fracciones españolas que después del régimen del Generalísimo tuvieron que hacerse cargo del país y empezaron a enfrentarse entre ellas. Biden tendrá esa debilidad, a la que se le sumará el hecho de que los demócratas han perdido fuerza en la Cámara de Representantes y (al menos todavía) no han conseguido apoderarse de la de Senadores. Biden necesita esgrimir el consenso como política y estará obligado a buscar compromisos, pero no le resultará fácil alcanzarlos.

Trump, entretanto, sale de la elección con 9 millones de votos más que en la anterior (2016) y ha contribuido a que los republicanos que competían en su boleta hayan crecido en igual medida. Sale, además, con un liderazgo que nadie puede confrontar hoy en el campo republicano, al que ha incorporado un electorado obrero, latino y negro que antes era monopolizado por los demócratas. Sale, por otra parte, con su estilo de peleador que tendrá menos frenos desde el llano: asegurando que la elección le ha sido "robada".

Las admiradas instituciones estadounidenses contemplan hoy no sólo la posibilidad de que la elección más participativa de las últimas décadas se judicialice en sus instancias decisivas, sino de que el Presidente hoy en ejercicio no asista elegantemente a la transición y posesión de su sucesor, sino que pueda ser expulsado de la Casa Blanca como un intruso. Esta sería la situación en caso de que Donald Trump -si o cuando las autoridades electorales confirmaran su derrota- mantuviera su actitud de rechazar ese resultado de las urnas más allá del plazo constitucional en el que concluye su período: el próximo 20 de enero. El Congreso está programado para contar los votos electorales el 6 de enero. Si según ese recuento el Congreso considera que Biden es el ganador, Trump debe irse -explicó a un medio porteño un experto de la Universidad de New York-. Si se niega, sería considerado un intruso en el edificio y debería ser escoltado fuera de los terrenos de la Casa Blanca por la seguridad o el Servicio Secreto. Estas agencias de aplicación de la ley deben cumplir la ley y lo haría.

Es improbable que deba llegarse a esos extremos. Pero, aunque Cristina de Kirchner en su reciente carta reclamó para la Argentina el rasgo de ser "ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías", está visto que las grietas pueden forzar situaciones inverosímiles en cualquier lado.

Jorge Raventos

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