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Jueves, 25 Febrero 2021 13:44

Raro sería que no hubiera ocurrido - Por Vicente Massot

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Dos razones se entrecruzan en el escándalo que suscitara el sistema semi- clandestino de vacunación que había montado el ex–ministro de Salud, Ginés González García. Una explica porque pudo ponerse en marcha y la otra porque tuvo tamaña repercusión. Sería difícil imaginar que algo así sucediese en Suecia o en Norteamérica. Pero en estas playas, lo novedoso habría sido que no ocurriese. La impunidad que existe en nuestro país se halla tan arraigada que una oficina para los amigotes del poder es la cosa más normal del mundo. Si a ello se le suma la experiencia en la materia que acredita el kirchnerismo, el cuadro queda completo.

El Gordo Ginés -un perfecto inútil- conocía desde antiguo cómo, desde una oficina gubernamental, se pueden satisfacer los deseos inconfesables de los viejos compa- ñeros de la militancia peronista. Ocupó en su vida demasiados cargos de relevancia para aducir ignorancia respecto de las prácticas non sanctas, propias del partido al cual pertenece desde siempre. Seguro de que nada lo alcanzaría en su Olimpo de prerrogativas, hizo una de las pocas cosas que el sentido común no recomendaba: con cincuenta mil muertos a cuestas y una vacunación demorada, privilegiar a escondidas de la sociedad a un conjunto de cínicos y corruptos que van de Eduardo Valdés a Horacio Verbitsky, de Carlos Zannini a Jorge Taiana, pasando por Daniel Scioli, Hugo Moyano y tantos más. Pero el diablo metió la cola y -en medio del terremoto que produjo la falta de criterio del ministro- su amigo Alberto Fernández no tuvo más remedio que ponerlo de patitas en la calle. Antes, en una actitud que muestra la índole de su persona, acusó a su secretaria del entuerto. De caballerosidad, ni hablar.

La impunidad, pues, nos ayuda a entender una parte del caso. A los efectos de calibrar en su justa medida a la otra mitad hay que hacer referencia al concepto de geografía política. Un ejemplo ayudará a entenderlo. En junio del 2002, en Avellaneda, fueron abatidos por fuerzas policiales dos piqueteros, Maximiliano Kostecki y Darío Santillán. De resultas del mismo, el entonces presidente Eduardo Duhalde -que aún no había decidido si sería candidato en los próximos comicios- se corrió de la puja electoral. Si, en lugar de suceder en el Puente Pueyrredón, el hecho hubiera ocurrido en Caleta Olivia o El Dorado, las cosas no habrían pasado a mayores. Al cabo de veinticuatro horas después de ocurrido nadie se acordaría más del episodio, y al dirigente de Lomas de Zamora no se le hubiese pasado por la cabeza poner punto final a su carrera política.

Claro que, en términos de repercusión, la capital federal no tiene punto de comparación con el resto del país. No en balde Dios atiende en Buenos Aires. El pecado del que es principal responsable González García se ha extendido a todo el territorio nacional. La Cámpora y varios gobernadores podrían dictar cátedra en eso de vacunar a los propios a expensas de los simples mortales, a quienes dicen defender en sus discursos. Es más, días antes de que estallara el escándalo, era vox populi que había hijos y entenados en el proceso de vacunación en distintas localidades del interior. Sin embargo, más allá de algunas críticas del arco opositor, el tema no se transformó -ni mucho menos- en una crisis. Toda la diferencia del caso ha sido producto de que la geografía política es más importante que las instituciones. El Gordo, en cualquier lugar que no fuese la capital federal, podría haber va- cunado por izquierda a medio oficialismo, sin demasiadas consecuencias. En la vidriera de la República, no.

Si las elecciones estuvieran programadas para el mes de abril, la supuesta avivada de Ginés podría haberle resultado fatal al kirchnerismo. Las primeras encuestas que se han dado a conocer muestran, de manera inequívoca, hasta dónde llega el rechazo de la ciudadanía y, al mismo tiempo, ponen en evidencia que esa recusación no se reduce a los votantes de las diferentes variantes opositoras. Parte de los seguidores del actual gobierno también han manifestado su malestar. Pero el cuarto oscuro recién se habilitará para las PASO -supuesto de que ello ocurra- en agosto, y luego en octubre. El dato no es menor y obliga a andarse con cuidado a la hora de ponderar las posibilidades electorales del oficialismo. Hoy está fuera de duda que se ha pegado un tiro en el pie. Dentro de ocho meses, la herida podrá haber cicatrizado.  O no.

Los acontecimientos se suceden unos a otros con semejante velocidad que no sería de extrañar que, en la tercera semana de octubre, pocos se acuerden del estruendo causado por la lista VIP de vacunados a espaldas al popolo grosso. En buena medida, dos factores determinarán el resultado de los comicios por venir. Por un lado, la celeridad y eficiencia con que se logre inyectar la Sputnik -o cualquiera de sus similares conocidas- en los millones de argentinos que la esperan ansiosos. Por otro, la deriva que lleve la inflación. Si acaso la logística del estado nacional probase ser semejante en eficacia y rapidez a la de su vecino trasandino, es probable que Ginés González García sea apenas un recuerdo incómodo para la Casa Rosada cuando llegue el momento de votar. En el caso contrario, si el oficialismo fuese -como hasta el presente- de andar paquidérmico frente al desafío que enfrenta, sus chances de ganar serían remotas. Una porción decisiva del electorado puede hacer la vista gorda delante de la corrupción -algo que demuestran los resultados electorales- pero segura- mente no actuaría de la misma manera si lo que estuviera en riesgo fuera su salud y la de sus seres queridos.

En nada ayudan al Frente de Todos las declaraciones del presidente que, tras recibir la filípica de su par mejicano en el discurso de bienvenida al país azteca, no tuvo mejor idea que desafiar a la justicia pidiéndole que “termine con la payasada”. En su desesperación por tapar el escándalo parece no haber reparado en el hecho de que sus palabras pueden ser consideradas como una justificación de la inmoralidad de Ginés y compañía. No hay, en realidad, bufonería alguna a la cual ponerle fin. Lo que existe es una investigación para conocer los alcances de un acto que, además de inmoral, es corrupto.

Ginés González García se fue a su casa masticando bronca y quienes lo conocen dicen que, si la causa abierta por la justicia escalase a sus expensas, no se quedará cruzado de brazos y callado la boca. Todo hace suponer que, del plan de vacunación para privilegiados, estaban al tanto no sólo el ministro y sus colaboradores de mayor confianza. El argumento de cuánto podía saber del tema Alberto Fernández -en atención a que uno de sus amigos y colaboradores más estrechos, Eduardo Valdés, fue uno de los primeros en ade- lantarse en la cola, sacar ventajas y dar el mal paso- no es capcioso.

Vicente Massot

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