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Jueves, 11 Marzo 2021 13:51

Una situación de empate - Por Vicente Massot

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Pese a sus pifias y desfallecimientos el frente de Juntos por el Cambio no es un rejuntado de perdedores que hace todo lo posible para mantenerse a flote en medio de un tembladeral. El hecho de que haya sido derrotado en los comicios presidenciales de octubre de 2019 no lo convirtió en un actor de reparto de segunda categoría. Aunque debió abandonar la Casa Rosada y regresar al llano, se mantuvo unido, más allá de las inocultables diferencias que laten en su seno.

Si bien pueden apuntarse en su contra numerosos pasos en falso, y ciertas decisiones desafortunadas debidas a algunos de sus dirigentes, lo cierto es que su fallida experiencia gubernamental y el revés sufrido en las urnas no obraron su desaparición. A diferencia de la Alianza, la coalición de macristas y radicales posee intacta su musculatura electoral y se halla en condiciones de dar pelea en octubre.

Por su lado el kirchnerismo, malgrado la imagen de omnipotencia que irradia y el desenfado con el cual expresa a diario su voluntad de aferrarse al poder y sujetarlo a perpetuidad, no es el factor excluyente de la política criolla; ni posee la capacidad de cumplir, a expensas de los enemigos que lo enfrentan, sus sueños hegemónicos. Es la fuerza más poderosa y cuenta a su favor con el manejo indiscriminado de los dineros públicos, una mayoría holgada en las dos cámaras del Congreso Nacional y el dominio de casi la totalidad de las provincias argentinas. Tiene, pues, una serie considerable de ventajas que nadie en su sano juicio desestimaría. Pero si se examina el resultado de las batallas en las cuales se ha batido en distintos frentes, y se hace un resumen y compendio de su derrotero desde el día que asumieron sus funciones Alberto y Cristina Fernández, es fácil darse cuenta de que los reveses cosechados han sido superiores a los triunfos obtenidos.

La debilidad relativa de Juntos por el Cambio estriba en que, desde su posición minoritaria en el recinto parlamentario, sólo está en condiciones de impedir la implementación de determinadas políticas públicas promovidas por el oficialismo. Lo cual a veces resulta intrascendente, aunque, en otras, es de gran importancia. La fortaleza, también relativa, del Frente de Todos reside en el hecho de que, si bien administrativamente puede hacer cuanto le viene en gana, para cumplir con su plan de máxima debe someterse a las Horcas Caudinas de un Poder Judicial que le es esquivo.

La presente relación de fuerzas lo que revela es un equilibrio inestable en donde el oficialismo, sin lugar a dudas más potente que el conjunto de sus opugnadores, de todas formas, no alcanza a consolidar su posición en los espacios que considera estratégicos. Basta poner atención en los fallos de los últimos meses para darse cuenta hasta qué punto las ilusiones forjadas por la vicepresidente, Julio de Vido, Ricardo Jaime y Lázaro Báez, se estrellaron contra una pared de momento infranqueable. Creyeron que podrían llevarse por delante a una Justicia domesticada y se encontraron con unas resistencias impensadas.

El kirchnerismo se imagina hegemónico, pero de la pretensión de serlo a lograrlo media -por ahora- un verdadero abismo. Necesitaría alzarse con seis senadores en los próximos comicios para convertir su aspiración en realidad. No obstante, en caso de substanciarse hoy, estaría más cerca de perder dos o tres escaños en la cámara alta que de ganarlos. En un análisis a mano alzada -y, por lo tanto, provisorio-, parece asegurado su triunfo en las provincias de Tucumán, La Pampa y Catamarca; en Mendoza, en cambio, no cuenta con ninguna posibilidad, y en Chubut, Córdoba, Santa Fe y Corrientes enfrenta problemas serios a los efectos de retener lo que pone en juego.

Las tronitonantes voces de Oscar Parrilli y Graciana Peñafort, levantadas a expensas de los ministros de la Corte Suprema de Justicia; el reemplazo de Marcela Losardo por un incondicional de La Cámpora; las acusaciones de Cristina Kirchner para desprestigiar a unos magistrados a los que se encargó de mencionar con nombre y apellido, y las no menos relevantes quejas y agravios enderezados por el presidente de la Nación contra parte de la judicatura que no comulga con los pareceres y deseos del gobierno, no alcanzan. Mientras tanto, el proyecto de Reforma Judicial como las modificaciones a la ley del Ministerio Público duermen en un cajón del despacho de Sergio Massa. Eduardo Casal resiste todas las embestidas del oficialismo y uno de los hijos de Lázaro Báez se permite enviarle a la vicepresidente un mensaje amenazante.

De todas las declaraciones conocidas en el curso de las últimas semanas, la de Leandro Báez merece atención especial. Demostraría una ingenuidad digna de risa quien creyese que un llamado de esa naturaleza pudo haber sido el exabrupto de una mente calenturienta. Está claro que no fue -ni mucho menos- el resultado de la desesperación. Más bien parece formar parte de un plan estudiado con cuidado por el jefe de la familia y sus abogados. Más allá de si el planteo del hijo del principal socio de Néstor Kirchner resulta el primer paso de una escalada o no, lo cierto es que nadie se animaría a tanto si considerase al oficialismo invencible.

Llegados a este punto, es tan improbable que el arco opositor se imponga en los comicios legislativos que se llevarán a cabo dentro de siete meses -a simple pluralidad de sufragios- como que el Frente de Todos obtenga los senadores que le faltan para llegar a los dos tercios y los diputados necesarios para tener quórum propio. Es tan improbable que Cristina termine presa como impedir que prosperen las causas en su contra. Es tan improbable que la reacción de los opositores de Gildo Insfrán consiga la intervención a Formosa como que el kirchnerismo logre colonizar la Corte Suprema.

Los ejemplos del empate entre las dos partes de la ciudadanía y de la política, que se hallan a uno y otro lado de la grieta que separa a los argentinos, podrían seguir enumerándose sin solución de continuidad. Cuanto transparentan es una situación que no sufrirá cambios de consideración hasta octubre y que -muy posiblemente- seguirá existiendo aun después de las elecciones. La idea de que el kirchnerismo abriga el deseo inconfesable de conducirnos a Venezuela no merece ser considerada por una razón: aun cuando ese fuese su anhelo -lo cual es dudoso- carece del poder suficiente para llevarlo a cabo. Paralelamente, el razonamiento de que, producto de su impericia en el manejo de la cosa pública y del crecimiento de la pobreza, la inflación y el desempleo, el oficialismo obtendrá menos votos que sus contrincantes resulta, apenas, una expresión del deseo.

Da la impresión de que el equilibrio inestable o empate llegó para quedarse a vivir entre nosotros un rato largo.

Vicente Massot

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