Imprimir esta página
Jueves, 15 Abril 2021 12:36

La Fase 1 en el horizonte - Por Vicente Massot

Escrito por

 

 

Lógico sería que, en atención a cuanto significa la nueva ola del COVID, el gobierno acreditase un nivel de coherencia tanto en los dichos como en los hechos. Frente a una crisis de tamaña dimensión era razonable pensar que los funcionarios de mayor jerarquía de la administración kirchnerista darían de lado sus riñas y pondrían paños fríos a sus luchas internas.

No por el amor que -está claro- no se profesan, sino por el miedo que hoy recorre los des- pachos de todos ellos, sin distinción de colores. Sin embargo, cualquiera puede darse cuenta de que, pese a las consecuencias catastróficas de la peste, es el disenso y no la uniformidad de criterios lo que caracteriza al oficialismo. La lógica kirchnerista no tiene nada que ver con el sentido común.

El representante del Fondo Monetario Internacional, Alejandro Werner, lo dijo hace pocos días con todas las letras. Al hacer referencia a la reestructuración de la deuda externa argentina, expresó: “Parece que hay diferencias significativas de opinión dentro de la alianza política del presidente Fernández sobre la dirección que deben tomar”. Si bien sus superiores trataron de bajarle el tono a esas declaraciones, el esfuerzo fue inútil. No sólo porque eran verdad sino también porque las incertidumbres y las dudas respecto de qué estrategia adoptar se hallan a la orden del día en el seno de la Casa Rosada y el Instituto Patria.

La tensión que late en las oficinas públicas y se extiende a la coalición gobernante en su totalidad tuvo en los últimos días distintos episodios emblemáticos. Paula Español, la secretaria de Comercio Interior que responde en cuerpo y alma a la Señora, había dicho -suscitando la furia del campo- que no le iba a temblar el pulso para cerrar las exportaciones de carne. La amenaza -producto de no saber cómo detener la tendencia alcista de los precios- puso de manifiesto que la cadena de mandos dentro del gobierno está rota hace rato. Tanto que la vicejefe del gabinete nacional, Cecilia Todesca, economista del riñón presidencial, el lunes cruzó sin demasiada misericordia a su compañera de equipo, desmintiendo que una medida por el estilo estuviese bajo estudio. Como quiera que sea, nadie podría decir cuál de la dos lleva las de ganar. En teoría manda Todesca. En la práctica, Cristina.

Mientras tanto, la comedia de enredos y odios de la cual son actores protagónicos Sabina Frederic y Sergio Berni -responsables, respectivamente, de las carteras de seguridad de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires, nada menos- mantuvo su acostumbrada virulencia. Suelta de cuerpo y segura del respaldo de Alberto Fernández, aquélla dejó en claro que no hace falta coordinar cursos de acción con la provincia. Es más eficiente hacerlo con los intendentes. Más allá del carácter disfuncional de la medida y de quién tenga razón -si es que alguno de los dos está capacitado para enarbolar, frente a su contrario, mejores argumentos-a Axel Kicillof lo dejó pedaleando en el aire.

Pero los desencuentros no terminaron allí. En un tema que nada tiene en común con la seguridad, pero cuyo impacto público es indisimulable -basta leer, con detenimiento, las encuestas cualitativas acerca de cuáles son las principales preocupaciones de la gente en estos días- el interventor en Enargas, Federico Bernal -otro incondicional de la vicepresidente- anunció que, después de un congelamiento de dos años, las tarifas para los hogares en mayo tendrán un incremento de 6 %. La Secretaría de Energía había explicado antes que se requería un aumento de entre 26 % y 35 % para atemperar, al menos en parte, el costo fiscal de los subsidios. Por su parte, el ministro de Economía se inclinaba también por un alza de dos dígitos, desdoblado en el curso del año. No obstante, Bernal pudo más que Martin Guzmán y Darío Martínez juntos.

Por fin, de los muchos tires y aflojes que se dan en el riñón gubernamental hay otro que se las trae. Aunque no haga tanto ruido, tiene a la titular de la cartera de Salud de la Nación, Carla Vizzotti, de un lado, y a sus pares bonaerenses, Daniel Gollán y Nicolas Kreplak, en la vereda opuesta. En tanto la primera trata de ser más cauta en sus anuncios y menos temeraria en sus pronósticos, los bonaerenses han adoptado una postura -ya perceptible durante la primera ola de la pandemia, el pasado año- maximalista. Con la particularidad de que, dada la contigüidad geográfica de la provincia más poblada e importante del país con la ciudad capital, lo que digan los funcionarios de Kicillof en términos de vacunas, restricciones, muertes y contagios lleva tanto peso como las declaraciones de la Vizzotti.

No es en modo alguno exagerado o antojadizo decir que el actual es un oficialismo que en su desenvolvimiento debe cuidarse más del fuego amigo que del fuego enemigo. Algo no tan curioso a poco de reparar en el fenómeno de un presidente que depende de su vice como si fuera la cosa más normal del mundo. A partir de la evidencia de que en no pocas oportunidades las dos más altas autoridades de la Nación disputaron como si fueran una rottweiler y un gatito de Angola, qué razón habría para que -peldaños abajo- sus subordinados no se comportaran de la misma forma y copiaran sus procedimientos.

Lo hasta aquí analizado no constituiría un problema y menos lo sería de bulto si no fuera por el hecho de la pandemia. En una situación normal, sin enemigos de fuste a la vista y sin una hecatombe de carácter planetario de por medio, la falta de coherencia siempre resultaría contraproducente pero nunca al extremo de poner en riesgo la suerte del oficialismo por el mal manejo de la crisis y una eventual derrota en las elecciones venideras. En el único contexto donde la unidad de mando no puede ser sujeto de discusiones es delante del enemigo. En este caso quien tiene enfrente el kirchnerismo no es a otra fuerza política opositora de su mismo volumen -aunque habrá comicios legislativos de singular importancia en pocos meses- como una combinación inédita de entuertos: al rebrote del COVID hay que sumarle la falta de vacuna, la deriva ascendente de la inflación, el aumento de la inseguridad y una economía raquítica.

En semejante escenario, que se peleen entre sí quienes de suyo deberían cinchar para el mismo lado, da la sensación de que el kirchnerismo no puede con su genio y escala su beligerancia no sólo hacia afuera sino también hacia dentro de su núcleo duro. No es que no haya un mando, como que el poder que debe ordenar no cumple en tiempo y forma su cometido. Dicho de otra manera: la autoridad formal -léase Alberto Fernández- carece a esta altura de peso específico para hacerse obedecer.

Eso ha quedado en evidencia -por si faltasen pruebas- en los ejemplos a los que pasamos revista. El poder real, como se halla detrás del trono -léase Cristina Kirchner- y no tiene interés en el manejo diario de las cuestiones atinentes al gobierno, hace valer su peso sólo cuando juzga que se encuentra en juego algo fundamental para sus intereses. Conclusión, uno no puede y el otro canta el presente de tanto en tanto.

La prueba que deberá sobrellevar el gobierno de hoy en más, durante los meses anteriores a las elecciones, es dificilísima en razón de que en buena medida carece de vacunas, sus arcas están semillas vacías, y hay una sociedad cansada de la falta de resultados en la lucha contra la peste y agobiada por una situación económica que no da tregua. Sucedió lo que estaba cantado que pasaría y que podía predecirse con sólo mirar el Hemisferio Norte.

Como nada aprendió y ninguna autocrítica hizo de su desatinado manejo de la pandemia, ahora el oficialismo no tiene más remedio que repetir la fórmula del pasado año, tratando esta vez de no ahogar la producción. Volveremos —salvo un milagro— a la fase 1.

Vicente Massot

Vicente Massot

Latest from Vicente Massot

We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…