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Jueves, 10 Junio 2021 11:29

El humor social. Eso es lo importante – Por Vicente Massot

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Las elecciones legislativas tienen -si se las compara con las presidenciales- diferencias notables. El fenómeno no resulta, ni mucho menos, propio de nuestro país.

Se registra de la misma manera en las geografías más diversas, sin que las ideologías o las tradiciones de cada sociedad puedan modificar este dato estructural de las democracias de masas. Es algo bien distinto meterse en el cuarto oscuro con la intención de votar a un candidato que será el jefe del Estado por espacio de cuatro o seis años -sobre todo en las naciones en que predomina el presidencialismo- que hacerlo por una lista de diputados o de senadores que -no sin suficiencia- se autoproclaman representantes de esa entelequia definida en los manuales de derecho constitucional como pueblo soberano.

Si los partidos que disputan una elección en la que se halla en juego, por ejemplo, el futuro ocupante de la Casa Blanca, ofrecen ante la gente una imagen de desunión y no se cansan sus candidatos de pelearse entre sí, sus chances de ganar seguramente decrecerán. En cambio, las riñas internas en el curso de una campaña en la cual sólo se encuentran en juego cientos de bancas a lo largo y ancho del país, o pasan desapercibidas para el gran público o no son materia de reprobación. Entre otras razones, porque los aspirantes a sentarse en las dos cámaras del Congreso Nacional son legión y -en su gran mayoría- desconocidos. Es desde este ángulo que hay que analizar cuanto sucede de puertas para adentro del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio.

No es novedad que tanto en las tiendas kirchneristas como en las de sus enemigos se desenvuelven pulseadas rabiosas de cara a la confección de las listas que deberán presentarse, ante la Justicia correspondiente, a finales del mes de julio. También es cierto que dentro de uno y otro campo no se desenvuelven esos antagonismos tras bambalinas, sino que son planteados con estridencia y a cara descubierta. A Cambiemos no le habría convenido, a comienzos del 2015, que Mauricio Macri peleará a brazo partido con Elisa Carrió o con Ernesto Sanz con el propósito de convertirse en el candidato a presidente de esa coalición.

Pero a quién puede preocupar que María Eugenia Vidal y Patricia Bullrich crucen hoy declaraciones envenenadas y se enfrenten en las PASO de septiembre, y que otro tanto hagan Diego Santilli y Jorge Macri. En realidad, en la medida que la grieta se ensanche y los odios ganen la escena política, nadie va a dejar de votar por los candidatos antikirchneristas si piensa que Venezuela puede ser nuestro destino. Del mismo modo que ningún partidario de la actual administración abandonaría el barco populista si creyese que una derrota en el mes de noviembre congelaría las posibilidades de cumplir con los objetivos que se ha propuesto Cristina Fernández.

¿Sería mejor si ambas coaliciones marchasen a los comicios en apretado haz, sin disidencias y obedeciendo a sus mandos naturales? -Sin duda, pero eso sólo es posible cuando hay una autoridad indiscutida. Cosa que no ocurre ni en el kirchnerismo ni tampoco en los espacios opositores. La vicepresidente en funciones acredita un poder de fuego como no existe otro, siquiera similar, en el campo peronista. Es una jefa aceptada por la mayoría de sus tribus. No por todas. En vida de su marido no hubiera existido un intendente como el de Esteban Echeverría, Fernando Gray, dispuesto a dirimir supremacías con Máximo Kirchner por la conducción del Partido Justicialista bonaerense.

A su vez, durante la presidencia de Macri, la entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires aceptó callada la decisión de aquel de cerrarle el paso a la idea de adelantar los comicios provinciales. Ahora, inversamente, a Alberto Fernández cualquiera le falta el respeto y las órdenes de Cristina son muchas veces acatadas a regañadientes.

En Juntos por el Cambio las disidencias resultan más acusadas por la sencilla razón de que hay muchos barones y hace falta un rey o -en su defecto- un primus inter pares con amplio consenso. Por eso no terminan de ponerse de acuerdo en la capital federal, en la provincia de Buenos Aires y en Córdoba sus distintos referentes. Puede que, para muchos, ello resulte lamentable. Aunque es enteramente lógico si no hay un poder soberano capaz de zanjar las diferencias con base en un úcase.

La única pregunta que corresponde hacer, en estos casos, no se compadece con la moral sino con la Realpolitik: los cruces y disidencias, ¿son útiles o contraproducentes a los fines que persiguen los partidos con posibilidades de ganar en noviembre?

Nótese que en ninguna de las encuestas que se conocen hasta el momento aparecen, en el marco de las preocupaciones de la ciudadanía, las pujas a las que venimos haciendo referencia. A una mino- ría, insignificante en términos electorales, es probable que esas disputas le desagraden. A las mayorías, escasamente politizadas y con problemas cotidianos de mucha mayor trascendencia, que se tiren de las mechas la Vidal y la Bullrich, o que se crucen acusaciones de grueso calibre Máximo Kirchner y Fernando Gray, las tienen sin cuidado. Están formadas por personas a las cuales la inflación, la recesión, el desempleo, la pandemia, la inseguridad y la falta de horizonte les quita el sueño -o que, lisa y llanamente, de la política y de los políticos no quieren escuchar hablar.

En medio de una crisis de tamaña envergadura, el que personajes conspicuos de un mismo partido se trencen en discusiones de alto voltaje, es asunto que pasa desapercibido y carece de peso a la hora de medir las chances de salir airosos o derrotados en el cuarto oscuro. Distinto sería si fuésemos similares a Finlandia o Japón en términos de la calidad de vida, el desarrollo económico y el respeto a las instituciones. En esas playas la compostura de los gobernantes y de quienes aspiran a serlo siempre es tenida en cuenta y valorada. Inversamente, en un país donde la mitad de la población es pobre y vale el sálvese quien pueda, fijar la atención en riñas de campanario supone perder el tiempo. En la medida que la sangre no llegue al río y se acepten las reglas de juego -esto es, el resultado de las PASO- el enfrentamiento, como si fuesen perros y gatos, en el seno del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio seguirá siendo un aspecto menor de la campaña.

La cuestión por excelencia, en un contexto como el que estamos atravesando, es entender el sentido que lleva el humor social. Tomemos como objeto de análisis a la pandemia y supongamos que uno y otro frente hiciesen, del buen o mal manejo de la misma, el núcleo duro de sus respectivas estrategias. El gobierno con el propósito de convencer a la ciudadanía que el crédito sería enteramente suyo si finalmente lograse -como es su aspiración- vacunar para octubre a 70 % de la población, bajasen de forma sostenida los contagios y hubiese pocas muertes diarias. La oposición poniendo el dedo en la llaga y haciendo hincapié en el número de fallecidos, los vacunatorios VIP y otras desprolijidades por el estilo. Si como sucedió el año pasado, el Covid fuese sin lugar a dudas el desvelo excluyente de los argentinos, o poco menos, la apuesta gubernamental y del arco opositor tendría sentido. Y según resultase el manejo de la peste, en noviembre saldría ganancioso éste o aquél frente político. ¿Pero qué sucedería si la salud -por llamarla de alguna manera- en el mes de los comicios permaneciese en un sexto o séptimo lugar en orden de importancia? Entonces los dos competidores se habrían equivocado; o sea, habrían sido incapaces de entender la dirección del humor social.

Ninguna de estas dos fuerzas pondrá todos los huevos en una misma canasta. Focalizar la atención sólo en el competente o deficiente manejo de la pandemia sería una torpeza que ni el oficialismo ni la oposición cometerían. Por supuesto que es una de las preocupaciones de la gente, aunque a esta altura del año -de creérsele a los relevamientos de opinión más recientes- no figura entre las primeras. La inflación; la pobreza; la desocupación; la inseguridad y la corrupción hoy suscitan en los argentinos mayor desasosiego que el Covid.

Ello explica el énfasis que el kirchnerismo quiere ponerle a la gestión económica de ahora en adelante. Un devaluado Martín Guzmán -que para quedarse en el Palacio de Hacienda se halla dispuesto a venderle el alma al diablo- se ha rendido, junto a Alberto Fernández, de manera incondicional ante el Instituto Patria. La consigna del momento es “poner plata en la calle y en los bolsillos de la gente”, sin importar el costo fiscal.

Es más, la posición de máxima de Axel Kicillof -convertido en la eminencia gris del programa económico electoral- es la de tomar una serie de medidas duras, de acusado corte intervencionista. Se habla de subir las retenciones al agro, incrementar el control de precios, reforzar el cepo cambiario, postergar pagos a los organismos de crédito internacionales y -si lo considerasen necesario- reponer en niveles similares a los de 2020 subsidios como el IFE y el ATP. Que el núcleo duro K lo piensa como el único remedio susceptible de modificar los padecimientos de las tribus sociales que son su base de sustentación en las urnas, no hay duda. Que vaya a ponerlo en práctica dependerá de varios factores, algunos de los cuales escapan por ahora a su voluntad.

Está claro que no es posible conformar a todos los segmentos de la población al mismo tiempo. En términos económicos, porque los recursos con los que cuenta el Tesoro son escasos; y en términos ideológicos, porque la grieta crece sin solución de continuidad. El humor social, tal como lo advierten las encuestas, no es favorable al gobierno. Los niveles de hartazgo y de disconformidad se incrementan mes a mes. Cuanto el macrismo debió soportar a partir del instante en que se volaron los mercados en abril de 2018, hoy lo padece de similar forma el kirchnerismo. Una mayoría de las personas está disconforme con la situación y es pesimista respecto del futuro. Eso ocurre cuando faltan cien días para las PASO y cinco meses para que se substancien las elecciones generales.

Vicente Massot

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