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Jueves, 19 Agosto 2021 13:07

La decisión de un torpe - Por Vicente Massot

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Los ángulos desde los cuales es pertinente analizar y juzgar el escándalo estallado a instancias de la decisión presidencial conocida hace pocos días de festejar -hace un año, en plena cuarentena- el cumpleaños de Fabiola Yáñez son varios, como lo demuestran los cientos de artículos y comentarios conocidos desde el momento en que se hicieron públicos los hechos.

 

Sin agotar las variantes, cabe clavar los puntales de la crítica en la incompetencia del sistema de seguridad montado en la Quinta de Olivos; apuntar a la catadura moral de Alberto Fernández, mentiroso serial y falto de hombría de bien y de caballerosidad al mismo tiempo; adelantar una teoría conspirativa y tratar de precisar quién hizo circular la hoy famosa fotografía que disparó la crisis; poner la lente en el doble standard de conducta de los concurrentes a la fiesta inolvidable de la primera dama, o bien ponderar el grado de torpeza del hombre a quien la viuda de Kirchner eligió a dedo para que sucediera a Mauricio Macri. Esta última forma de abordaje a la cuestión -de tanto calado como las otras mencionadas más arriba- ha sido la menos trajinada y por eso merece nuestra atención. 

Una anécdota -que habla por sí sola- nos permitirá introducirnos sin dificultad en el tema. Corría el año 1999 y las elecciones en las que se enfrentaban Fernando De la Rúa y Eduardo Duhalde como contrincantes principales se hallaban a la vuelta de la esquina. Los dos equipos de campaña desarrollaban sus respectivas estrategias y trataban de asegurarse la financiación necesaria para llegar al día en que se substanciarían los comicios sin mayores inconvenientes. Alberto Fernández se presentó en las oficinas del gerente de relaciones públicas de una de las grandes multinacionales que habían desembarcado en la Argentina con motivo del proceso de privatizaciones desenvuelto por la administración menemista. Su propósito era recibir de esa empresa una colaboración pecuniaria. Nada que fuese desdoroso, en atención a lo que se estila desde hace décadas entre nosotros. Todos los partidos, a la hora de pagar sus campañas, van a golpear las mismas puertas y, en general, son bien recibidos siempre. Hay -eso sí- una obligación: cuidar las formas.

Por lo visto el joven fundraiser era un improvisado en la materia. Hizo su pedido y parece no haber tenido en cuenta que nadie le iba a extender un cheque a un candidato con nombre y apellido. Se requería alguna forma de maquillaje que dejase a todos contentos. Se le pidió entonces al joven Fernández que pensase en alguna fundación o centro de estudios. Escuchó en silencio y quedó en volver cuando tuviera una respuesta. A los pocos días regresó y -ante la sorpresa de su interlocutor- le presentó la solución en la que había pensado. Le solicitó que la asignación le fuera hecha a la fundación Eduardo Duhalde Presidente. Hay otra reunión que no tiene desperdicio, mantenida en Madrid, de la que participaron sólo cuatro personas -entre ellas, Alberto Fernández en su condición de jefe de gabinete de Néstor Kirchner- y en la que se discutió una operación estratégica del máximo nivel. Es imposible ahora dar más detalles, pero baste señalar que un ex–jefe del gobierno español, ante las muestras de incompetencia del hoy presidente argentino, le confesó a uno de los asistentes que le parecía inconcebible que un hombre de tan bajo nivel tuviera tan alta responsabilidad.

Lo que ponen de manifiesto estos relatos es algo que, por respeto a la investidura, por ser políticamente correctos o por negarnos a ver la realidad, de ordinario no es materia de análisis: los puntos intelectuales que calzan los funcionarios públicos. O -en este caso particular- la inteligencia práctica del primer magistrado. Hay sobrados motivos para pensar que Alberto Fernández es uno del montón y, por momentos, un mediocre en términos del manejo de la cosa pública. Mientras mantuvo un perfil bajo y abrió poco la boca, pasó desapercibido. Pero bastó que accediese al primer plano y tuviese que representar un papel protagónico para que sus pifias monumentales quedarán a la vista de todos.

Más allá de si los controles de Olivos fallaron, de si hubo un entregador, o lo que fuese, cuanto no puede pasarse por alto es la torpeza infinita del dueño de casa. Demos por sentado el grado de impunidad del personaje, que al par de invitar a diez personas a la quinta presidencial se permitía, con el dedo en alto, amenazar a cualquiera que violase la cuarentena. Esto en todo caso habla de su bajeza moral. Supongamos que haya razonado ‘Total, no se va a enterar nadie’. Cosa que seguramente pensó. Lo que resulta inconcebible- salvo que tenga la inteligencia de un elefante en un bazar- es que no se haya percatado de los riesgos de permitir que se sacaran fotos en plena celebración. Sólo a un inconsciente, o a un incompetente por naturaleza, le pudo pasar desapercibido ese pequeño detalle.

La decisión de un mediocre forjó las condiciones para que luego, el carácter frívolo de alguno de los invitados hiciese el resto. Si bien se mira, éste es el último de los errores groseros del presidente, con la particularidad de que -si los anteriores lo habían convertido en el hazmerreír del país- ahora, a resultas de una foto, ha estallado una crisis política de magnitud. Si lo suyo hubiese sido un furcio más o uno de los disparates habituales a los que nos tiene acostumbrados el personaje -que tanto se parece al maestro de Siruela, que no sabe y pone escuela- la cosa no hubiera pasado a mayores. Alberto Fernández no mató a nadie y no le robó a nadie, eso está claro. Sólo le mintió descaradamente a toda una población y -para colmo de males- aceptó su responsabilidad cuando lo descubrieron. La diferencia no es menor.

La imagen que se recorta en el horizonte es la de la quema del cajón efectuado por Herminio Iglesias durante el cierre de la campaña presidencial de Ítalo Luder en el Obelisco, en marzo de l983. Durante años se consideró que ese exabrupto -que el país vio en directo, por televisión- le costó al peronismo la elección. En realidad, semanas antes el principal encuestador de ese partido, Julio Aurelio, le había hecho saber a su plana mayor que los números no le daban bien y que la probabilidad de que ganara Raúl Alfonsín era alta. El barbarazo del entonces candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires -vencido luego por Alejandro Armendáriz- no decidió el resultado de los comicios pero ciertamente ayudó a consagrar como ganador al radical en razón del efecto que causó entre los cientos de miles de indecisos. Algo parecido puede estar a punto de repetirse.

Corre la versión de que en la Casa Rosada dan por seguro que, por efecto del traspié presidencial, no perderán un solo voto de su núcleo duro. Si esa resultase la especulación de los jefes de la campaña del Frente de Todos, llevarían razón. Si acaso lo considerasen un pecado, los incondicionales del kirchnerismo lo reputarían de intrascendente. Sin embargo, la crisis que se ha desatado no tiene que ver con una posible renuncia presidencial o una fuga masiva de los votantes hacia las posiciones de Juntos por el Cambio. Pensar solamente en una de estas dos posibilidades sería disparatado. En cambio, tiene que ver con la repercusión que una actitud tan poco decorosa pueda tener en quienes aún no han decidido a quién respaldar en el cuarto oscuro.

Con más de cien mil muertos a cuestas, haber mentido de manera tan descarada, negado la existencia de la foto en cuestión, y no haber pedido disculpas como hubiera correspondido, son hechos que todo hace pensar que jugarán en contra del oficialismo en los comicios de septiembre. Sería imposible suponer que no tendrán efecto ninguno sobre la intención de voto de tantas personas que se sienten defraudadas por un presidente cuya palabra ha pasado a no valer nada. La crisis que vivimos es de confianza, y en el corto y mediano plazo la confianza perdida no se recupera así nomás.

Vicente Massot

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