Domingo, 03 Octubre 2021 07:38

Presión impositiva récord: la insostenible sociedad del Gobierno y la inflación - Por Alcadio Oña

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La recaudación alcanza registros que pasan de largo a la inflación, apuntalada precisamente por la inflación. Así, nuevamente en aumento la presión fiscal sólo es superada por Brasil en América latina.

El kirchnerismo ha ingresado nuevamente en zona de presión impositiva récord, tal cual es su costumbre y anticipa el Presupuesto de 2022 en la versión del Ministerio de Economía aún sin retocar. Según el proyecto, el año próximo la carga fiscal llegará al 25,9% del PBI o superará el 25,9% si, como se descuenta, la inflación desborda el 33% anual que estima el Gobierno.

En paralelo, una planilla de la Subsecretaría de Ingresos Públicos informa que desde 2004 sólo en cinco años, sobre dieciocho, la presión impositiva estuvo por arriba del 25% del Producto. Ninguna novedad: cuatro de ellos, de 2011 a 2015, correspondieron a gobiernos de Cristina Kirchner y el último anotó un 26,2% que fue el registro más alto de la serie. La marca que falta es de 2016, toca a Mauricio Macri y señala un 25,5%.

El peso digamos formal del Fisco argentino en la economía pasa de largo, en muchos casos bien de largo, a los que existen, por ejemplo, en Chile, México, Bolivia, Paraguay, Perú y Ecuador. Contrasta con el 21% promedio de América latina y en la región sólo pierde frente al 33% de Brasil.

Y aunque la carga es superada y notoriamente superada por la de unos cuantos países desarrollados, allí juega una diferencia importante, harto conocida, que ancla en los servicios y la calidad de de los servicios que prestan los Estados y en la necesidad de pagar por los sustitutos. Otra, también ostensible, aparece en el modo desigual en que se reparten los costos entre los sectores de menores y mayores ingresos. Y una diferencia más y dominante, los salarios.

Un dato adicional de una especie parecida revela que la estructura tributaria se sostiene en tres impuestos, que concentran nada menos que el 72% de la presión total: el IVA, Ganancias y los aportes al sistema previsional. Peor todavía: el IVA y Ganancias, que corren acoplados a la evolución de la actividad económica interna, representan casi el 50% de la recaudación total.

Ya surge clara ahí la hiper dependencia de apenas dos impuestos y clarísimo, por todas partes, que al menos en un punto la inflación resulta funcional a las necesidades del Gobierno. Podría agregarse, hasta socia del Gobierno a la hora de medir los recursos lo cual se explica, justamente, por esa correlación tan aceitada que existe entre presión fiscal, precios y finalmente recaudación.

Contra 2021, los números tomados de un cuadro del Presupuesto de 2022 dicen: subas del 49,4% para Ganancias; del 42,6% en IVA; 41,2% en Combustibles y 56,7% en Bienes Personales. Todo por encima o muy por encima de un índice de precios calculado en 33% que, si resulta mayor, mayores serán los ingresos fiscales.

En tren de comparar ahora informaciones disponibles y de achicar el foco a las dos variables más potentes, algo similar cantan los datos de enero-agosto de este año contra los del mismo período de 2020.

Para el IVA-DGI, un 58,9% y 73% con el IVA-Aduana incluido y 62% en Ganancias. Respecto del 51,4% que arroja el índice de precios saltan diferencias que, entre puntas, van de 7,5 a casi 22 puntos porcentuales. La recaudación completa registra 16 puntos redondos e igual de significativos.

Solamente por si no fue advertido, la trepada de los precios empuja fuerte a la recaudación, pero en la carrera gana la recaudación.

Varios factores adicionales juegan este año. Entre ellos, que fueron aumentadas las retenciones a las exportaciones agropecuarias, que se creó el llamado Impuesto País, con una tasa del 30% para operaciones cambiarias y compras con tarjetas de crédito en el exterior, y que se reajustaron los gravámenes a los bienes personales y al cheque.

Total: presión tributaria pura al amparo de la Emergencia Pública, acompañada de un rebote de la actividad económica que pese al discurso oficial no alcanza para recuperar los magros niveles de 2019.

Lo que sigue cuenta que con el crecimiento de la recaudación de IVA y de Ganancias también cosecharon en cantidad las provincias, bajo la sombrilla de la coparticipación impositiva. El resultado global da que en todos los ingresos de esa fuente aumentaron 65% respecto del año pasado, salvo en una: la Ciudad de Buenos Aires quedó al margen de cualquier beneficio, con cifras negativas y afectada por el guadañazo kirchnerista de enero de 2020 que se dirime en la Corte Suprema.

Ultima o penúltima versión del combo precios por las nubes-recursos tributarios robustos, el Impuesto a los Ingresos Brutos, una variante del impuesto a las ventas, está que explota. Siempre por lejos la principal fuente de ingresos propios de las provincias, en Córdoba rinde 70% más que en 2020; un 71% en Buenos Aires; 80% en Santa Fe y un impresionante 91% en Santa Cruz.

Claro que hablar de IVA y de Ingresos Brutos equivale a hablar de dos variedades de las consideradas cuanto menos regresivas, porque de una manera o de otra caen a pleno sobre los consumidores finales, indiscriminadamente. Y pegan, encima, sobre bienes y servicios esenciales, si no insustituibles.

Según la regla simple y rendidora de a todos por igual, sin distinguir ingresos bajos de ingresos altos, sólo el 22% de Uruguay supera a nuestro IVA del 21% en América latina. El promedio dice 15,3%. También juzgado un impuesto distorsivo, Ingresos Brutos debía desaparecer y ser reemplazado por otro similar en 2022, pero la crisis que nunca termina y la plata que garantiza lo mantienen vivo y coleando en cada etapa de los procesos productivos provinciales.

La inflación puede ser, como es, un instrumento que aporta recursos en grande por un lado y opera igual a un ajustador fiscal, por el otro. El problema está en que es eso y muchísimo más que eso cuando vuela al 40 o al 50%, empezando por los saques que les pega a los salarios-ingresos y las distorsiones económicas y sociales que desparrama en toda la línea.

Bien fresca, ahí tenemos la información del INDEC que reporta 18,5 millones de pobres y, de ellos, 4,9 millones de indigentes. ¿Y qué hay detrás de semejante desastre?: hay que el costo de la canasta básica total, que fija la línea de pobreza, se incrementó un 50,3% en los últimos doce meses y un 55,4% el de la canasta alimentaria que mide la indigencia. Inalcanzables para quienes además han perdido horas de trabajo si no el propio trabajo o andan penando por unas changas. Hablar de estas cosas es hablar, también, del estado de la clase media proveedora de empleo.

Y como la inflación a la argentina devino en una máquina de triturar el valor del peso, se entiende por qué nunca se termina de bajar la fiebre del dólar y sigue clavada la necesidad de hallar refugios para los ahorros que se puedan conseguir o adelantarse a lo que pueda ocurrir. Puesto en tiempo presente, sólo en septiembre al Banco Central se le fueron reservas de las cada vez más escasas por cerca de US$ 1.300 millones. Evidente, la casa nunca estuvo en orden.

Un par de cifras sobre la enorme desvalorización del peso, tomadas del Presupuesto 2022: el gasto público alcanzará históricos $ 13,3 billones y los ingresos, 10,2 billones también históricos. Estamos de lleno en la era del súper billón.

Otra, de la lucha contra la inflación: ya suman 18 los programas apuntados a controlar los precios y la inflación sigue sin darse por enterada.

Finalmente, dos datos sobre desconfianzas e incertidumbres diversas: el 72% de la deuda del Tesoro Nacional está indexada por la inflación y un 12%, atada a la evolución del dólar oficial. Clarito: el Gobierno debe comprometer garantías ciertamente riesgosas para conseguir financiamiento.

Alcadio Oña

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