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Miércoles, 03 Noviembre 2021 11:17

Los supuestos de un acuerdo político - Por Rogelio Alaniz

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No hay salida posible sin un entendimiento entre los grandes protagonistas. Fácil decirlo, difícil hacerlo.

 

Predecir resultados electorales es un ejercicio vano, pero, al mismo tiempo, necesario. Vano, porque está visto que, en elecciones legislativas, donde se juegan diversas combinaciones y expectativas, resulta imposible atender todas las modalidades. 

Necesario, porque más allá de nuestras humanas ansiedades, especular acerca de las posibilidades con las que se acomoda y reacomoda el poder, es un imperativo de responsabilidad política.

Acerca del 14 de noviembre, cada uno de los contrincantes puede hacer el pronóstico que más lo satisfaga. Algunos supondrán que se reiterarán los resultados del 12 de septiembre; otros, creerán que esos resultados podrán “darse vuelta”. Después importan los matices que en estos casos pueden llegar a ser decisivos: los cambios de relaciones de fuerza en las cámaras de senadores y diputados.

Como se puede apreciar, todas estas alternativas son imposibles de predecir. ¿Y entonces? Entonces, que, si bien la precisión es imposible, la experiencia histórica enseña que algunas tendencias pueden registrarse acerca de la orientación de lo que por comodidad podríamos denominar “el futuro”.

En el caso de las contiendas electorales hay un rasgo que suele ser decisivo para apreciar quién está en mejores condiciones. Y esto se registra cuando una de las coaliciones empieza a estar minada por sus disensiones internas. “Cuando los de arriba ya no pueden y los de abajo ya no quieren”, proverbio que traducido a este caso quiere decir: cuando la suma de errores al gobierno le hace perder adhesiones electorales y la oposición se transforma en la posibilidad de anticipar una alternativa política superadora.

La otra certeza que parece estar presente es que la situación económica y social de la Argentina está muy comprometida. O sea que más allá de lo que digan las urnas a nadie se le escapa que los desafíos de gobernabilidad son altos.

¿Qué sería lo más deseable: que gane el oficialismo y se sienta avalado en sus errores o que gane la oposición con el compromiso de poner límites a esos errores?

Una advertencia importa: el 14 N no se discute la titularidad del Ejecutivo; el reacomodamiento del poder incluye la representación parlamentaria. ¿Qué podría cambia entonces el 14 N? Podrían cambiar las relaciones de fuerza en el Congreso y podría producirse un cambio en lo que se denomina el “sentido común” de la sociedad.

En todos los casos una elección es apenas un punto de partida. ¿Podrá un oficialismo derrotado controlar las variables económicas y financieras? ¿Podrá una oposición ganadora mantenerse ajena a estos desafíos hasta 2023? ¿Alcanza un resultado electoral para hacer realidad las expectativas en un país en el que todos coinciden en admitir que atraviesa por una de sus crisis más profundas? Admitamos que ganar una elección es un primer paso, importante, pero nada más. ¿Qué va a pasar a partir del 15 de noviembre?, es en este contexto una pregunta cargada de incertidumbres y acechanzas.

Entre los analistas políticos hay un fuerte consenso en admitir que en la actual situación no hay salida posible sin un acuerdo entre los grandes protagonistas. Fácil decirlo, difícil hacerlo.

Es también en el campo de la reflexión política que se admite que un entendimiento nacional de mediano y largo alcance es posible cuando algunos de los protagonistas del pasado que se pretende superar es decididamente derrotado. En 1853, la organización nacional se hizo después de la derrota de Rosas; en 1880, el estado se consolidó luego de la derrota de Buenos Aires; en 1912, la ley Sáenz Peña hizo realidad la ciudadanía política luego de la declinación de Roca; Alfonsín consolida en 1983 la democracia ajustando cuentas con el militarismo.

Pareciera que todo emprendimiento nuevo con alcances históricos debería hacerse sobre la base de la superación de quien para bien o para mal marcó con su presencia al pasado reciente.

Traduciendo estas consideraciones a nuestro presente, habría que decir que el acuerdo político hacia el futuro sería posible sobre la base de la derrota o la superación del kirchnerismo, incluyendo en primer lugar su liderazgo. ¿Qué significa en estos términos la palabra “derrota”?

La derrota se asimila al agotamiento de un tiempo histórico; una manera de concebir la política agota sus posibilidades; un liderazgo alcanza su límite. Dicho con otras palabras: un ciclo histórico llega a su fin y se abren otras posibilidades.

En la Argentina importa saber que una salida política acordada reclama para realizarse de un tiempo más o menos prolongado. Importa recordarle a los opositores que un resultado electoral favorable no produce efectos mágicos. Después del 14 N, la Argentina seguirá siendo con sus luces y sombras el país que conocemos.

En 2015 se supuso que “milagrosamente” lloverían inversiones, fuentes de trabajo y desparecería la inflación y la pobreza. Ese error no se puede volver a cometer.

El futuro debe asimilarse a exigencia y esfuerzo; a reglas de juego acerca de lo que se debe hacer y de lo que ya no podemos darnos el lujo de seguir haciendo. Importa que la sociedad así lo entienda, pero también importa que la clase dirigente sepa estar a la altura de sus responsabilidades históricas.

Rogelio Alaniz

Rogelio Alaniz

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