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Viernes, 14 Enero 2022 14:51

La inflación y el populismo, socios inseparables - Por Manuel Adorni

Escrito por Manuel Adorni

 

A pesar de haber vivido períodos sin aumento de precios (como el de los pasados años 90) la política argentina hace todos los intentos por evitar recuerdos que puedan explicar la verdad del origen de la inflación

La Argentina enfrenta problemas estructurales que parecen no tener solución, al menos en las manos de quienes nos gobiernan. Uno de ellos es claramente el flagelo inflacionario: si bien el mundo (excepto un pequeño puñado de países con serios conflictos internos) ha aprendido a resolver la inflación ya hace medio siglo atrás, por este rincón del planeta aún seguimos debatiendo sus causas. A pesar de haber vivido períodos sin aumento de precios (como el de los pasados años 90) la política argentina hace todos los intentos por evitar recuerdos que puedan explicar la verdad del origen de la inflación. Incluso intentan explicarnos que aquella estabilización de precios (que supo traer crecimiento e inversiones durante una década) trajo como consecuencia ineludible los tristes episodios que se sucedieron a finales del año 2001, entre corralitos, muertes y desesperación. Para muchos combatir la inflación parece ser sinónimo de estallido social: gran excusa para seguir jugando al populismo. 

Lo cierto es que la inflación en la Argentina no es un tema que nos pueda resultar novedoso. Desde 1935 hasta aquí la inflación acumulada se debe citar en trillones por ciento (o sea, en millones de billones por ciento) y la inflación promedio anual (en casi nueve décadas de existencia del Banco Central de la República Argentina) se ubica por encima del 50%. Acabamos de conocer la inflación oficial del año 2021 y como era previsible, no logramos alejarnos de nuestro triste y penoso promedio histórico.

En esta última etapa de inflación crónica (que data desde la salida de la Ley de Convertibilidad allá por el año 2002) la inflación acumulada supera el 10.000%. Con los pesos que en aquellos años nos comprábamos un automóvil cero kilómetro, hoy nos compramos seis kilos de queso de dudosa calidad. Con lo que nos comprábamos un televisor, hoy nos compramos una de las pilas del control remoto. Con lo que nos comprábamos una computadora, hoy nos compramos un kilo de yerba mate. Con lo que nos comprábamos un departamento de dos ambientes, hoy nos compramos 200 dólares en el mercado paralelo. Esta degradación monetaria ha sido posible solo gracias a la desidia, a la negligencia, al fanatismo ideológico y al populismo extremo que nos han atravesado durante las últimas dos décadas y que lejos haberle dado una lección a la política, solo han profundizado el accionar de los funcionarios de turno en contra de toda lógica y sentido común. A pesar de nuestra abultada experiencia acumulada en materia de incrementos de precios, el gobierno todavía le echa la culpa de todos los males inflacionarios a los empresarios, a los “grupos concentrados”, a las grandes cadenas de supermercados y a los especuladores. Interesante acusación resulta cuando uno recuerda que todos estos “responsables” también existían durante los años 90 y sin embargo no generaban por aquellos años la inflación que parecen generar despiadadamente en la actualidad. Es evidente que el problema no pasa por allí. El único responsable de la inflación es siempre y en todo lugar el gobierno de turno: la búsqueda permanente de un enemigo al que se lo pueda acusar del aumento de precios es la mejor garantía de que el problema por ahora seguirá acompañándonos.

Además de las distorsiones que ocasiona, la dificultad lógica para sellar contratos a mediano y largo plazo y la falta de previsibilidad que generan el aumento sostenido de precios, también resulta ser siempre el impuesto más injusto: lo sufren todos, sobre todo aquellos que menos tienen. Cuando un gobierno transita sus días en un contexto inflacionario, siempre está ajustando a los más pobres, ya que son éstos los que cuentan con menor información y tienen menos herramientas para protegerse del aumento de precios y de la desvalorización de la moneda.

No hay mejor socio de los gobiernos populistas que la inflación: la máquina de hacer billetes en poder del Estado genera la ilusión de poderlo todo siendo el arma populista más dañina: intentan hacerle creer a su gente que pueden tener hoy (sin esfuerzo y sin sobresaltos) lo que sin la mágica billetera infinita sería absolutamente imposible.

El daño que genera la inflación es incalculable. Desde el descontrol monetario acarreado desde la propia existencia del BCRA, pasamos de ser un país con los habitantes más ricos del mundo a un país con los habitantes más pobres del planeta. Sin embargo, se sigue insistiendo en que la culpa es del otro, ese otro que trata de sobrevivir en una Argentina cada vez más inentendible.

Manuel Adorni

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