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Miércoles, 26 Enero 2022 12:15

Una emergencia no entendida por el kirchnerismo - Por Carlos Berro Madero

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Uno de los logros mundiales más significativos frente a la pandemia del Coronavirus y sus derivaciones, consistió en haber puesto en evidencia algunas virtudes de una nueva productividad en países que trasladaron rápidamente gran parte de las labores remuneradas en la industria y el comercio a la nube digital, en cuanto caso fuese posible, suturando estratégicamente la emergencia.

Esto contribuyó a eliminar –entre otras cosas y por dar un solo ejemplo virtuoso-, las distracciones provocadas por los “small talks” (pequeñas tertulias “distractivas”) propios del trabajo en lugares “físicos”, como así también los costos en desplazamientos de trabajadores y el consiguiente ahorro en consumo de energía y combustibles, favoreciendo el mantenimiento de diversas actividades que fueron derivadas con éxito hacia el “home office”. 

En nuestro caso, por el contrario, se encararon programas públicos con el desorden que caracterizó siempre al kirchnerismo, mezclando conceptos enfermos de ideología sobre igualdad y universalidad, disponiendo severos confinamientos que estimularon el ocio y la falta de “aplicación” de los trabajadores a sus tareas habituales. Los pretextos y las excepciones estuvieron así a la orden del día, acentuando aún más el bajo nivel cultural de la sociedad, que ya venía en franco descenso.

Esto era previsible, además, por la enorme cantidad de actividades que se realizan “en negro” y por tanto carecen de asistencia por parte del Estado en una crisis de estas características.

Asimismo, los paupérrimos niveles educativos sostenidos durante años en que se privilegiaron los abusos de todo tipo del gremio docente quedaron a la vista: la mayoría de los niños y jóvenes que no consiguen hoy interpretar textos ni fórmulas elementales de la matemática, sumaron un problema adicional: quedar “a la intemperie” por falta de clases presenciales, ya que la falta de universalización tecnológica necesaria para el trabajo “a distancia” es casi absoluto. Sobre todo, en los hogares más pobres.

La poca sensatez y equilibrio en el abordaje de la situación por parte del gobierno -que continúan hasta hoy-, evidenciaron cuán débiles y poco imaginativos resultaron ser sus intentos para morigerar el daño pandémico y sus efectos, al apegarse a dogmas ideológicos anquilosados e incomprensibles.

El escenario actual, casi dos años después, sirve para comprobar que estuvieron muy lejos de estimular una armonía imprescindible entre el aspecto sanitario y el económico de la crisis, para terminar, sumiéndonos a todos en un estado de desasosiego y confusión colectiva, que ha empujado a la miseria a nuevos hogares desplazados por el “sistema”.

Otros países comprendieron durante el mismo tiempo, que se debía entrar al hecho imprevisto con decisión y sin prejuicios antediluvianos, reordenando adecuadamente el tejido productivo y operando los cambios sin apelar al “sálvese quien pueda” que caracterizó siempre a los gobiernos burocráticos kirchneristas.

El pésimo ejemplo del llamado “vacunatorio VIP”, seguido por las franquicias arbitrarias otorgadas a muchos empleados de plantillas gubernamentales y municipales, pusieron en evidencia el derrape de “los Fernández”, que inflamados por su épica discursiva habitual, rechazaron por capricho ideológico soluciones que tenían a la mano para mejorar su performance política (como el ofrecimiento del Laboratorio Pfizer para proveer vacunas en cantidades suficientes para capear el temporal), sometiéndonos a los efectos de un desbarajuste económico y sanitario fenomenal.

La pandemia ha significado una catástrofe para nuestro país y multiplicará con el tiempo los efectos de las malas decisiones de una planificación que desnudó argumentos conceptuales ausentes de toda lógica, sin PRESERVAR LA ACTIVIDAD ECONÓMICA Y SANITARIA SIMULTÁNEAMENTE, DEJANDO DE LADO PRECONCEPTOS CON OLOR A NAFTALINA.

Porque como señalaba Góngora: “el tiempo, ni vuelve, ni tropieza”.

Hoy, la nueva ola de contagios impide que los Fernández puedan tomar medidas extremas, quizá necesarias: la ciudadanía no las cumplirá por hartazgo y falta de confianza en el gobierno. A pesar de lo cual, siguen llenando el aire con sus consabidas paparruchas “sabihondas”, pensando que quienes les oímos somos un hato de ignorantes.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

Carlos Berro Madero

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