Imprimir esta página
Lunes, 07 Marzo 2022 11:29

Los Vladimir Putin y Kirchner de este mundo se nutren del escepticismo de los demócratas - Por Marcos Novaro

Escrito por

 

Tras la invasión rusa a Ucrania hay quienes consideran que el presidente de Rusia se va a salir con la suya porque, del otro lado, Joe Biden, Emmanuel Macron y Boris Johnson no hacen, según ellos, más que meter la pata.

¡Qué bien nos vendría un Churchill o un Roosevelt que se plante frente a Putin y Xi! A escala local y regional, frente a los Kirchner, los Maduro. ¿Las democracias ya no son capaces de generar los liderazgos que necesitan? Pero, ¿no devaluamos así a los líderes de cuyo éxito depende la sobrevivencia de nuestras libertades? 

No está de moda valorar a los políticos. Más bien al contrario, la norma es hablar pestes de ellos. Sobre todo, de los demócratas liberales. En cambio, en los autócratas se suelen descubrir, incluso lo hacen quienes para nada simpatizan con ellos, no pocas virtudes. Se los considera más eficaces, más decididos y hasta más confiables.

A raíz de la invasión rusa a Ucrania esto, en un principio, empeoró. No debo ser el único que vivió una situación incómoda, al tener que discutir con expertos en temas internacionales, o gente que pretende serlo, y que detestan a Putin y sus políticas, pero consideran que se va a salir con la suya porque, del otro lado, Biden, Macron y Johnson no hacen, según ellos, más que meter la pata.

Es que los círculos liberales y democráticos se han ido volviendo, en prácticamente todos lados, un criadero de nostálgicos: se añora allí a Churchill, a Roosevelt y al compararlos con los que gobiernan en la actualidad hasta en las democracias más sólidas, se concluye matemáticamente en que enfrentamos la decadencia tal vez irreversible de estos sistemas políticos. Esos gobiernos ya no logran generar entusiasmo, siquiera una mínima confianza, y no hay que dar por seguro que puedan defenderse de las crisis que los azotan, así que habría que prepararse para el ocaso del liberalismo político, tal vez para su fin.

En ocasiones se llega a niveles absurdos en este cultivo liberal de la desconfianza y el criticismo. Va un ejemplo. En su discurso ante el Congreso, Joe Biden cometió un error, confundió en un momento a los ucranianos con los iraníes, y muchos no se lo perdonaron; nuestra estrella en ascenso Javier Milei concluyó de ese pifie que “Biden no está en condiciones de ser presidente, menos de enfrentar a los demonios rojos”, asociando su impotencia con su supuesta condición de “socialdemócrata”.

Imposible saber qué haría Milei en caso de tener que lidiar con la tarea de gobernar, menos que menos con algo parecido a esta fenomenal crisis internacional. Ante la cual, ¿no cabe reconocer acaso que Biden viene acertando en pronósticos y estrategia? Tildarlo de senil e inútil es lo que hacen justamente los que quieren que las democracias fracasen, no sus partidarios. Ante esta coyuntura, le convendría a Milei revisar más bien sus propias apuestas externas, porque que se sepa entre los pocos que apoyan a Putin, el demonio rojo, están sus ídolos Trump y Bolsonaro. ¿Quién es Milei entonces para autoproponerse como juez implacable de los presidentes y las instituciones de las democracias más sólidas del planeta, y andar dando cátedra?

Más en general, ¿quién puede saber lo que necesitan, y lo que va a suceder con las democracias liberales? Que están en aprietos, no cabe duda. Pero tal vez llegó la hora de poner en suspenso la nostalgia hipercrítica y la desvalorización excesiva de su actual funcionamiento, porque son esta parte de sus problemas, no de la solución. Y lo único seguro es que estas democracias siguen siendo, para el control del uso de las armas y el recurso a la violencia, la protección de derechos de las minorías y de las disidencias, la lucha contra la pobreza, la preservación del medio ambiente y de un mínimo orden internacional, así como para muchos otros asuntos de primerísima importancia, por lejos nuestra mejor opción.

La invasión rusa a Ucrania está volviéndose una excelente ocasión para demostrarlo. Porque está probando que la supuesta eficacia de los autoritarismos, que rusos y chinos han querido imponer como consenso de la época en el concierto mundial, tal vez no sea tal, y las democracias puede que no sean tan impotentes como a veces parecieron, ni están necesariamente mal gobernadas.

El desborde megalómano que llevó a Vladimir Putin a atacar Ucrania, justo cuando Biden estaba necesitado de una ocasión para superar el papelón de la retirada de Afganistán, y probar que podía reconstruir las alianzas atlánticas debilitadas por su predecesor, reveló lo útil que es tener alternancia en el poder, organismos internacionales de mutua protección y sociedades políticamente críticas y activas.

Se generó así un contexto radicalmente distinto al que existió durante la presidencia de Trump, y que probablemente hubiera permitido que Putin se saliera con la suya sin mayores obstáculos. En este nuevo escenario, las democracias se comportan de formas realmente distintas a las autocracias. Hasta Boris Johnson puede alcanzar, si se lo propone, aires de estadista. Y un supuestamente senil Biden sacarle varios cuerpos al hasta hace poco omnipotente Xi, cuya estrategia para horadar las instituciones occidentales desde adentro y con paciencia oriental, no con la brutalidad de los zares y los stalinistas, también parece haber tocado un techo.

Al comenzar el conflicto, recordemos, se hacían apuestas sobre cuántas horas les insumiría a las tropas rusas acabar con la resistencia ucraniana, liquidar a Zelensky y controlar el país. Y muchos hablaban de la inminencia de un ataque similar sobre Taiwán, que las fuerzas armadas norteamericanas, tildadas “las más caras y las más inútiles del mundo” después del chasco de Afganistán, no podrían evitar.

Pero con el paso de los días la situación cambió completamente. Zelensky se ha vuelto un auténtico héroe global. Capaz de reprender a la OTAN por su tibieza y convocar a las sociedades de todo el planeta a movilizarse por la libertad de los débiles frente a los poderosos. Un “populista liberal” de esos que escasean hace décadas.

Europa se ha movilizado como nunca antes, en bloque, detrás de esa resistencia ucraniana. Y encontró nuevamente la razón de ser de la OTAN, y de su expansión hacia el este: de no haber sido por ella hace tiempo que, de los países bálticos a los Balcanes, estaría medio continente sometido al patoterismo armado de Putin. Es que el caso de Ucrania prueba lo opuesto a lo que pretendían quienes vienen promoviendo una Europa desarmada. Punto a favor para los líderes democráticos que desoyeron esos cantos de sirena sobre la conveniencia de “tranquilizar a Putin”.

Biden tampoco ha resultado ser un senil decadente como muchos lo tildaban. Haber impulsado esa movilización europea, castigado duramente las finanzas rusas, inmovilizando la mayor parte de sus reservas internacionales, puesto a esa economía ante el abismo sin disparar un solo tiro, y logrado que centenares de empresas resignen negocios para dar una lección desde hace décadas necesaria respecto a los vínculos intrínsecos existentes entre el capitalismo y la democracia, no es poco mérito. Menos que menos es haber hecho todo eso en pocos días.

Pase lo que pase en Ucrania a partir de ahora le va a ser mucho más difícil en adelante no solo a los rusos, sino también a los chinos y a los autócratas en general, identificar el futuro con sus ideas y sus políticas. De pronto se vuelve visible algo que nunca debió dejar de tenerse en cuenta: lo que China está haciendo en Hong Kong, y pretende hacer a continuación en Taiwán, no es el curso inevitable de las cosas, al que tarde o temprano todos deberemos adaptarnos, es arrastrar al pasado a sociedades que hace décadas superaron el autoritarismo, y merecen y pueden evitar caer de nuevo en él.

Los beneficios de estas novedades para la política de nuestra región son enormes. La claridad con que han quedado expuestos los problemas asociados a mantener relaciones demasiado estrechas con Rusia y China apenas si empezó a impactar en la forma en que los latinoamericanos nos ubicamos frente al mundo, y ya significó cambios notables.

Ante todo, se ha producido un quiebre en las izquierdas, entre tres campos, que difícilmente se puedan ya conciliar entre sí: el de quienes decididamente apuestan al autoritarismo contra la democracia y lo dicen sin disimulo, porque su antiliberalismo ha ido demasiado lejos como para que se contengan; quienes han vuelto a descubrir “los males de los imperialismos de todos los signos” y se refugian en una neutralidad bastante inconducente; y los más moderados, que buscan la forma de reafirmar su afinidad con las ideas liberal democráticas, balbuceando un lenguaje que en muchos casos habían olvidado, o venían subestimando.

En Argentina, donde estas distintas tradiciones se vieron subsumidas sin distingos por una ola de populismo radicalizado que absorbió a casi toda la progresía local, el shock va a ser especialmente intenso. Y afectará seguramente la cohesión del propio populismo. Las chances de que, en este contexto, siga en pie una composición tan estrafalaria como el Frente de Todos, donde conviven las tres posiciones recién mencionadas más variantes de todo tipo hacia la derecha, si ya eran escasas tras dos años de pésima gestión de gobierno, ahora ya son casi nulas.

Y el impacto será también notable en la propia sociedad, en el modo en que los distintos grupos sociales se conciben dentro del conjunto, y en la forma de pensar su relación con la política y el aparato estatal. La sociedad argentina ha venido experimentando a paso lento un proceso de polarización social, desclasamiento y subordinación al estado que en Venezuela se practicó de forma mucho más brutal, acelerada y profunda, y que no es muy distinto al que, por la vía militar, Putin quiere aplicar en pocos días a Ucrania, destruyendo su identidad nacional y desplazando a los millones de ucranianos que no se adapten.

En un país donde la enorme mayoría sigue autopercibiéndose como “clase media”, pero cada vez menos gente logra realmente serlo, y donde la idea misma de un destino colectivo hace tiempo que está devaluada, se ha llegado a un punto crítico, también “sin disparar un solo tiro”, aunque para mal. Una coyuntura ésta sobre la que también los ucranianos pueden brindarnos algunas lecciones: llega un momento en que las sociedades no pueden seguir estirando las cosas, se ven forzadas a elegir, si van a seguir existiendo, si la única opción es huir o adaptarse a lo que se les impone, o si pueden aún hallar un programa común y alguien que lo encarne. Y si van a usar las instituciones democráticas, finalmente, para lo que ellas deben servir.

Marcos Novaro

Marcos Novaro

Latest from Marcos Novaro

We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…