Miércoles, 06 Abril 2022 10:07

Malvinas: 40 años extrañando el coraje de Alfonsín - Por Marcos Novaro

Escrito por

En 1982, fue de los pocos, con Arturo Frondizi y Álvaro Alsogaray, que se atrevió a cuestionar el consenso malvinero, objetando que la invasión se justificara por los legítimos reclamos sobre las islas. Hoy escasean voces como la suya.

¿Qué fue la guerra de Malvinas? ¿Cómo debería recordarla nuestro país: como una guerra justa mal conducida o como una guerra de agresión, un conflicto que no debimos iniciar? 

Para encarar esa pregunta, hagamos el siguiente experimento

Tomemos un argentino más o menos honesto intelectualmente, medianamente nacionalista, es decir que quiere que a su país le vaya bien, y también más o menos democrático, quiere que su país se gobierne con las reglas de esos regímenes y piensa que a la larga le va a ir bien solo si cumple esa condición, y preguntémosle en reserva, es decir asegurándole que su respuesta no se hará pública, cómo hubiera deseado que terminara la guerra; lo veremos en problemas para dar una respuesta concluyente, porque guiado por el primer criterio desearía claro la victoria, pero guiado por el segundo no puede dejar de reconocer la ventaja evidente e inmediata de la derrota.

¿No nos indica esta paradoja algo interesante sobre la naturaleza de ese conflicto y nuestro papel en él? ¿No sería conveniente que reflexionemos sobre la guerra a partir de la dificultad para responder una pregunta tan elemental? Si esa dificultad es tan evidente, ¿no es llamativo que esté ausente en la mayoría de los rios de tinta dedicados al tema? Y tal vez lo más importante: ¿hay hoy en día alguna figura pública gravitante dispuesta a plantear esta cuestión abiertamente, debatirla y sacar las conclusiones que correspondan?

La respuesta a este último interrogante parece ser que no. Así lo indican al menos las celebraciones por los 40 años de la invasión, que han seguido un libreto acríticamente fundado en la primera perspectiva, la de la guerra justa mal conducida, y desplegado uniformemente en todos los medios y sectores políticos. Lo que lleva a preguntarse si, aunque nuestros problemas se suelen agravar por los desacuerdos que nos dividen, el resultado no sería aún peor si nos dejáramos llevar por algunos de los pocos acuerdos que nos unifican.

Según esa versión ampliamente consensuada, “recuperar” las islas por la fuerza habría sido un acto justo, que estuvo mal conducido e instrumentado. Una visión del asunto que apela a interpretaciones y especulaciones históricas bastante difíciles de sostener, según las cuales todo hubiera salido bien si se hubiera negociado mejor después de la ocupación, o si las tropas se hubieran retirado, si se aceptaba esta o aquella mediación, etc. Y que si no fue así se debió al Con lo que se disipan las responsabilidades, la borrachera del país entero, de infinidad de argentinos de entonces y de ahora, detrás de los pecados de un gobernante a todas luces inoperante y detestable. ¿No es este un recurso demasiado gastado? Parece que no.

¿Refleja ese libreto el sentir de “la sociedad argentina toda”? No hay que exagerar: por debajo de la superficie, como sobre todos los demás asuntos públicos, hay todo tipo de opiniones, y aunque el sentir malvinero está muy difundido, lo está más en los discursos públicos que en las convicciones profundas, y en las elites más que en la gente común. Con todo, se suele señalar como algo muy positivo “que al menos en esto estemos de acuerdo”, como una muestra de que “lo que tenemos en común nos une”, tal la consigna de un cartel celebratorio de “Reconstrucción Argentina”, que se repitió infinidad de veces en los últimos días.

Malvinas y el resto del mundo

Es curioso, sin embargo, que, en el resto del mundo, incluso en la parte del mundo que más o menos simpatiza con los reclamos argentinos, la guerra sea recordada y considerada de muy distinta manera: como una agresión que mereció y sigue mereciendo el rechazo de la comunidad internacional. Esto no es nuevo: desde el mismo momento en que los soldados argentinos entraron al territorio en disputa, la enorme mayoría de los países se pronunció en contra, y así votaron sus representantes en la ONU. Incluso lo hizo la enorme mayoría de los países que habían venido reclamando negociaciones entre la Argentina y Gran Bretaña. Más o menos lo que le pasa a Putin con Ucrania.

Y es también curioso, aún más curioso, que no fuera tampoco esta visión hoy instalada como “consensual”, la que imperó en la sociedad tras la rendición: la que se impuso entonces fue más bien la que propuso Alfonsín.

Alberto Fernández, que se reivindica como el primer y más fiel alfonsinista, debería saberlo: lo que el líder radical planteó fue que el país nunca debió embarcarse ni entusiasmarse con esa aventura violatoria del derecho internacional, no que ella hubiera estado “mal conducida” o “mal negociada”. ¿Cuándo se perdió el hilo de ese argumento, fue con los Kirchner y su restauración nacionalista y antimperialista, con las fantasías de seducción de Menem y Guido Di Tella, cuándo? No estaría de más indagarlo.

Y también preguntarse: ¿por qué lo que comprendió tan bien nuestro mejor representante civil en 1982, y ayudó a definir la elección del año siguiente y el entero sentido de la transición democrática, hoy no se puede siquiera decir en público? Que hace 40 años la dictadura, y el país con ella, se metieron en una trampa de la que no iban a poder salir bien parados. Que Malvinas hizo posible la democracia no por la invasión ni la “gesta”, sino por la derrota a la que ellas condujeron.

Eso fue algo que entendieron bien unos pocos, pero destacados dirigentes políticos, que se opusieron públicamente a la invasión y enfrentaron durante la guerra el repudio de muchos de sus propios correligionarios: además de Alfonsín, lo plantearon Frondizi desde el desarrollismo y Alsogaray desde el liberalismo. Advirtiendo que una agresión militar como la iniciada iba a debilitar los legítimos derechos que la Argentina tenía sobre las islas, y nos enfrentaría no solo a Gran Bretaña sino a las democracias occidentales en pleno y a la comunidad internacional.

Fue en gran medida gracias a esa actitud adoptada en medio del fanatismo colectivo, que Alfonsín sería poco después electo presidente. La ciudadanía supo revisar sus juicios iniciales ante la invasión, y valorar que no todos se hubieran sumado al “unanimismo malvinero”, que soportando el ostracismo alguien les hubiera advertido sobre el tremendo error que estaban cometiendo.

Y fue gracias a ello también que en los años que siguieron se pudo conciliar, al menos precariamente, el nacionalismo y la democracia: pudo exponerse el dilema con que empezamos esta reflexión, admitiendo el problema intrínseco de “la gesta”, si ella salía bien los militares se quedarían por muchos años en el poder, la “guerra limpia” taparía la “guerra sucia”, gente como Alfonsín habría sido paria por siempre y la Argentina lo habría sido por años y años ante las democracias del mundo.

Hacía falta en 1982 que alguien rompiera el consenso. El líder radical fue uno de los pocos con el coraje de hacerlo. Con lo que nos evitó que la vergüenza a la que condujo el “unanimismo malvinero” lograra ser realmente unánime. ¿Hay alguien hoy capaz de cumplir esa función, en alguna de las tradiciones políticas desde las que en los años ochenta se erigieron voces críticas sobre la gesta de Malvinas, el radicalismo, el desarrollismo, el liberalismo, o en el peronismo, que en la década siguiente repensó el rol de las islas en nuestra relación con el mundo? ¿En quién va a poder confiar sino la sociedad, de quién va a poder esperar que, cuando nos entusiasmemos en el error, no nos lo deje pasar, no nos mienta ni nos diga solo lo que queramos escuchar?

Cuarenta años después no estamos mejor que entonces en este terreno, hemos ido más bien para atrás, y lo peor es que no son pocos los que están muy contentos y satisfechos consigo mismos de haber ido en esa dirección.

Marcos Novaro

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…