Martes, 31 Mayo 2022 12:20

Colombia se suma a Chile y Perú en la moda antipolítica: ¿La Argentina será la próxima? - Por Marcos Novaro

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El descrédito de los partidos tradicionales favoreció allí tanto a la “nueva izquierda” como a un líder antipolítico que parece ser la verdadera novedad de la política latinoamericana de la pospandemia.

Gustavo Petro es un exalcalde de Bogotá y actual senador que acaba de cumplir el sueño largamente postergado de la izquierda colombiana: arrebatarle la mayoría electoral a liberales y conservadores, los dos partidos de centroderecha que desde hace décadas se alternan en el poder. 

Con su mensaje a favor de cambios profundos, para combatir la corrupción, la represión estatal y la pobreza creciente, todos fenómenos que se agravaron en los últimos años, en parte como consecuencia de la pandemia y más que todo de la decepcionante gestión de Iván Duque, Petro obtuvo poco más del 40% de los votos en las elecciones presidenciales del pasado domingo.

El problema es que como “candidato del cambio” le acaba de surgir un adversario desafiante: un líder sin partido y sin antecedentes políticos, el ingeniero Rodolfo Hernández, que, con un discurso aún más descalificador de las elites tradicionales, en las que incluye también a Petro y sus aliados, obtuvo el segundo puesto, con casi el 28% de los votos, y entró al balotaje.

Rodolfo Hérnández, el populista radicalizado

Hernández es un populista radicalizado, que en casi todos los asuntos en discusión se ubica bastante a la derecha de Duque, y hasta de su antecesor, el hasta hace poco omnipresente Álvaro Uribe. Por esas posiciones y también por su estilo, a Hernández se lo podría asociar con Trump y Bolsonaro. Solo que, al menos hasta ahora, ha sumado apoyos mucho menos organizados que ellos. Lo que está seguramente entre los atractivos que reúne para sus votantes. Pero a la vez es un obstáculo infranqueable para que, en caso de ganar, su gobierno sea mínimamente viable. ¿Con qué legisladores contaría, quienes serían sus aliados territoriales, en un territorio que ni siquiera conoce?

Puede que los votantes que ya lo respaldaron, y también los que se inclinaron por candidatos de centroderecha que quedaron fuera del balotaje, no se preocupen demasiado por estos problemas, y con tal de evitar que la izquierda llegue al poder lo conviertan en presidente el 19 de junio: las encuestas preliminares al menos le dan tantas chances como a su adversario. No sería la primera vez que llega un outsider a la presidencia en un país de la región, sucedió ya con Alberto Fujimori en Perú, con Fernando Collor de Mello en Brasil, no sería nada nuevo.

Pero recordemos cómo terminaron esas experiencias: los presidentes sin partido son solo una buena idea en los papeles, hasta que empiezan su mandato, después son un calvario, que en ocasiones termina en pesadilla, como fue el caso de Fujimori.

Petro en esto le lleva una buena ventaja a Hernández. Pero tampoco es que cuenta con una coalición sólida, ni que expresa un programa de gobierno consistente: para reunir apoyos desde el centro moderado hasta la izquierda castrista, en rechazo a la frustración que significó la administración de Duque, ha sido lo más ambiguo que pudo en casi todo.

¿Qué tiene en la cabeza Gustavo Petro?

Se está abriendo una nueva oportunidad para la izquierda latinoamericana, sostuvo al asistir a la asunción de Gabriel Boric en Chile. Una oportunidad que, sugirió, se podrá aprovechar mejor que la anterior, la que quedó bajo la batuta de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales y Néstor Kirchner. Sin detenerse a explicar por qué esos gobiernos tuvieron, sobre todo en los casos de Venezuela y la Argentina, resultados tan decepcionantes, ni por qué esta vez sería diferente: no planteó una crítica a sus políticas distributivas sin sustento, ni objetó el estatismo ineficiente, ni tampoco puso peros a sus errores y horrores institucionales. Ni siquiera en el tono mesurado en que lo ha venido haciendo Boric.

Y tal vez le convendría a Petro prestar algo más de atención a lo que ha venido sucediendo, justamente, en Chile, desde que asumió el nuevo gobierno; que repite además lo sucedido tiempo antes con el gobierno de Pedro Castillo en Perú: en los dos casos los presidentes de izquierda llegaron con la promesa de poner fin a un largo ciclo de desánimo y desafección ciudadana, resultante del flaco desempeño de los gobiernos que tuvieron que lidiar con la pandemia; y en los dos el entusiasmo con esa apuesta duró lo que un suspiro, en pocos meses las encuestas dejaron de sonreírles, y sus coaliciones de apoyo, muy frágiles y heterogéneas desde el comienzo, entraron en crisis, así que quedaron expuestos al fracaso de sus proyectos legislativos y al bloqueo. Nada, en suma, que aliente a ser muy optimistas con la “nueva oportunidad que se le ofrece a las izquierdas”.

El rápido declive de estos “nuevos” líderes tiene una explicación bien sencilla: al entrar en funciones de gobierno se volvieron víctimas de la ola antipolítica de la que supieron beneficiarse estando en el llano. Sin plata para repartir, la “nueva ola” de izquierda tiende así a consumirse mucho más rápido que su antecesora, la que Petro dice querer superar.

También él, aunque no plantea “volver”, porque nunca estuvo, quiere “ser mejor”. Pero sin recursos, ni ideas demasiado nuevas, las promesas de mejora que está planteando para ganar adhesiones tienen alta probabilidad de volverse pronto en su contra.

El próximo presidente colombiano tal vez sea Petro o puede que sea Hernández

Para la izquierda y la derecha de ese país, es una disyuntiva importante que se resolverá en tres semanas. Lo que no tiene resolución inmediata, y es mucho más relevante para el presente y el futuro, no solo de Colombia, sino de la región en general, es el debilitamiento de la democracia que resulta de la crisis de confianza en sus partidos, de la que tanto Petro como Hernández se han hasta aquí beneficiado.

Porque el descreimiento en los partidos resulta en problemas de fragmentación y relajamiento de las lealtades políticas, que pueden variar de un país a otro, pero en todos lados complican la formación y sostenimiento de las mayorías. Y como consecuencia, los gobiernos se vuelven más débiles e inestables. Tal vez tengan arranques esperanzadores. Pero su desempeño se vuelve pronto decepcionante. Y eso empuja a una decepción aún mayor de los ciudadanos.

¿Y por estos pagos cómo andamos?

Padecemos, no cabe duda, esos mismos problemas: coaliciones heterogéneas, que tienden a complicarse justo cuando más se precisa más su unidad, y movimientos y líderes antisistema, nutridos de expectativas que no tienen la menor idea de cómo satisfacer.

Nuestra única ventaja es que contamos con algo de tiempo para aprender, tanto de nuestra experiencia como de la experiencia ajena.

Falta un año largo para nuestras elecciones presidenciales, y en el ínterin vamos a poder observar con detenimiento qué hacen y cómo les va a Castillo y Boric, a Petro y Hernández, y sacar algunas conclusiones.

Marcos Novaro

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