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Miércoles, 17 Agosto 2022 11:50

Toneladas de evidencias que provocan asombro y repulsión - Por Carlos Berro Madero

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El miedo es parte de un instinto irracional que “sabe” a hoja de cuchillo muy afilada, y suele ser combatido con artificios que no consiguen aplacar sus efectos psicológicos muchas veces devastadores.

El avance implacable del juicio por la obra pública vial “concedida” (así, a secas) a Lázaro Báez, debe estar conmoviendo muy profundamente a Cristina Fernández, quien solo atina a reaccionar frente a la tonelada de evidencias que le caen sobre la cabeza, con planteos de una inconsistencia que los asemeja a los pretextos de un niño que, pescado en falta por sus padres, solo atina a decir: “yo no fui”, o peor: “no me di cuenta”. 

Dichos planteos nos recuerdan una vez más el consejo humorístico que le daría la escritora estadounidense Molly Ivins a la abogada exitosa, si la hubiese conocido: “la primera regla que debes seguir cuando estás sumergida en un pozo profundo, es DEJAR DE PALEAR LA TIERRA PARA NO HUNDIRTE MÁS”.

O rogar, como la Madre Teresa de Calcuta: “Sé que Dios no me enviará pruebas que no pueda soportar; solo le pido que no confíe tanto en mí”.

Fuera de lo expresado, le queda poco margen a la multiprocesada Vicepresidente para evitar una condena en su contra, que parece estar escribiéndose por acumulación de evidencias.

Al asistir puntualmente al alegato de los fiscales Luciani y Molas cualquier mortal, por poco ilustrado que sea, puede advertir que la calidad y cantidad de irregularidades expresadas en toneladas de documentos públicos, son francamente irrebatibles y abrumadores.

Además, han desnudado la desfachatez de los métodos utilizados por los Kirchner para crear una matriz de corrupción quizá inédita en nuestro país.

Existe un principio del derecho que rige desde la antigüedad y que debería ser aplicado en su caso: cuando se sospecha que se ha realizado un crimen por hábito, debe castigarse al criminal con mayor severidad, considerando que dicho hábito es un motivo para rechazar cualquier atenuante. Más aún si el delito que se castiga deriva en un perjuicio claro para toda la sociedad.

Esa es la característica más destacada de las tropelías cometidas por Néstor, Cristina y sus secuaces. No solo delinquieron, sino que acarrearon consecuencias fatales para el equilibrio de fondos públicos que ya no están disponibles para destinarlos a necesidades urgentes de aquellos que hoy se ven golpeados por una miseria que no merecen.

Se trata de una corrupción que derrumbó, además del aspecto inmoral de los actos desencadenados, el principio de la equidad; es decir la manifiesta imposibilidad de control que la ciudadanía perdió POR LA OSCURIDAD EN LA QUE SE TRAMITÓ, DESDE EL PODER CENTRAL, LA EXCEPCIONALIDAD CONCEDIDA A UN SOCIO COMERCIAL FAVORECIDO “A DEDO”.

¡Y de qué manera!

El kirchnerismo, que se llena la boca con sus apelaciones a la igualdad, la redistribución de la riqueza y otras frases a las que rodean de una majestad “hueca”, debería tomar nota que sus líderes “originarios” fueron unos perfectos filibusteros.

La recusación que pide Cristina respecto a los jueces y fiscales del proceso en su contra, deberíamos poder ejercerla nosotros, los hombres de a pie, para desalojarla del Senado y la Vicepresidencia por inmoralidad manifiesta.

Sobre todo, porque su actuación y la de su esposo han exhibido “las virtudes propias del dominador, que se dice a sí mismo: soy lo bastante poderoso para aceptar un perjuicio visible, lo que constituye una prueba de mi poder” (Friedrich Nietzsche).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

Carlos Berro Madero

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