Domingo, 07 Agosto 2016 06:47

La maldición de la plata fácil

Escrito por

Los desconcertados por el fracaso económico de naciones dotadas de recursos naturales abundantes, entre ellas la Argentina y Venezuela, suelen suponer que gobernarlas debería ser relativamente sencillo, ya que las autoridades siempre contarán con dinero suficiente para enfrentar problemas que de otro modo resultarían insuperables.

 

 

Por desgracia, quienes piensan así se equivocan. Hay excepciones, pero los países privilegiados por la geología no suelen destacarse por la honestidad de sus líderes políticos. Con frecuencia deprimente, los dirigentes caen en la tentación de apoderarse de las fuentes de riqueza para entonces gastar la plata que generan en esquemas, por lo común clientelistas, destinados a consolidar su propia hegemonía.

 

Cuando la riqueza de una sociedad depende de la productividad industrial y la calidad de los servicios, los gobiernos tienen forzosamente que tomar en cuenta los intereses de miles de sectores distintos, además de convivir con una clase media muy amplia reacia a tolerar la corrupción institucionalizada, pero si no les es necesario prestar mucha atención a las opiniones ajenas pueden limitarse a repartir beneficios entre los dispuestos a apoyarlos y castigar a los demás.

 

Es lo que hacen los emires autocráticos del Golfo Pérsico y sus equivalentes en otras partes del mundo aunque, merced a la difusión explosiva de medios sociales electrónicos, les está resultando cada vez más problemático impedir que quienes no se sienten miembros de la casta gobernante se resignen a vivir de subsidios distribuidos según criterios clientelistas.

 

Hay países, como Australia, Canadá y Noruega, que a pesar de contar con recursos naturales envidiables son relativamente libres de corrupción, pero sus dirigentes se formaron en una cultura política que, hasta hace muy poco, era mucho más exigente que la de América Latina. Con todo, si bien en la Argentina, Chile, Uruguay, Perú y Brasil, la mayoría ya no está dispuesta a dejarse esquilar como si fuera un rebaño de ovejas, muchos políticos aún no se han enterado de que los tiempos han cambiado. En países como Venezuela, los gobiernos siguen aferrándose a las viejas tradiciones feudales aunque, a diferencia de precursores de conducta parecida, justifican el saqueo sistemático afirmándose revolucionarios, lo que les ha permitido gozar del respaldo de progresistas europeos y norteamericanos que, de ser otras las circunstancias, los tratarían con desprecio.

 

Desgraciadamente para los regímenes basados en el reparto discrecional de dinero procedente del petróleo, y para los habitantes de los países que dominan, el valor de mercado del único bien que están en condiciones de vender al resto del mundo se ha desplomado últimamente. Es poco probable que se recupere en los años próximos, ya que de ahora en adelante se verá fijado por los norteamericanos.

 

El país más golpeado por el cambio así supuesto es, cuando no, Venezuela; está sufriendo una catástrofe humanitaria que, tal y como están las cosas, parece destinada a continuar agravándose, con hambrunas masivas, epidemias, violencia generalizada y caos político. A diferencia de Arabia Saudita y los emiratos, Venezuela es un país de raíces occidentales, de suerte que las tribulaciones de la gente nos parecen más aberrantes que las consideradas típicas del Oriente Medio, África y las regiones más atrasadas de Asia.

 

Ya es demasiado tarde para que el eventual reemplazo del presidente Nicolás Maduro por un chavista menos grotesco, o por un dirigente de otro signo político, sirviera para poner fin a la tragedia colectiva que están viviendo millones de venezolanos porque es el resultado no sólo de la insensatez de los gobernantes actuales sino también de la miopía de los anteriores. De no haber sido por la ineptitud crasa de una clase política convencida de que, gracias al petróleo, Venezuela podría seguir importando casi todos los productos básicos que necesitaría, Hugo Chávez nunca hubiera alcanzado el poder.

 

Para que funcionara “el socialismo del siglo XXI”, la versión chavista del ya tradicional modelo venezolano tendría que aumentar continuamente el precio del crudo. Sin embargo, lejos de seguir trepando hasta superar los 200 dólares el barril como algunos habían pronosticado, en junio de 2014 empezó a caer; se prevé que pronto rompa “la barrera” de los 30 dólares, lo que, en comparación con el nivel bajísimo registrado en los años antes del choque del petróleo de 1973, aún sería bastante alto pero que para Venezuela sería calamitoso.

 

Los chavistas atribuyen el hundimiento de su proyecto a las maniobras de Estados Unidos. Están en lo cierto, el derrumbe del precio del crudo fue obra de los norteamericanos que, para consternación de los chavistas, los sauditas y muchos otros, consiguieron aumentar su propia producción hasta tal punto que pronto dejarán de importar crudo de otros países.

 

El que la Argentina no lograra sacar provecho de la oportunidad brindada por la bonanza petrolera ha incidido mucho en la evolución de la política nacional. Al esfumarse hace un par de años el espejismo de Vaca Muerta que, por un rato, encandilaba tanto a Cristina que echó a los españoles que la habían descubierto, las perspectivas frente al país cambiaron de manera radical, lo que impidió que se difundiera entre los integrantes de una clase política de mentalidad facilista la esperanza de que, merced al fracking, pudiera solucionar todos los problemas económicos habidos y por haber sin tener que esforzarse.

 

Puede que andando el tiempo las reservas de petróleo y gas atrapadas en la roca neuquina proporcionen ingresos sustanciales, pero explotarlas requerirá algo más que la firma de contratos dudosos con empresas extranjeras para que se encarguen de virtualmente todo el trabajo duro, permitiendo así que gobiernos populistas recaudaran muchísimos miles de millones de dólares para subsidiar a la militancia y, desde luego, prolongar la vida de un modelo socioeconómico más apropiado para el siglo XIX que para el actual. Mientras tanto, la fuente principal de ingresos comerciales del país seguirá siendo el campo que, como los kirchneristas aprendieron, está más que dispuesto a defender sus propios intereses sectoriales. En vista de las alternativas, es mucho mejor que sea así.

 

El que la Argentina no hubiera logrado sacar provecho de la oportunidad brindada por la bonanza petrolera ha incidido mucho en la evolución de la política nacional.

 

Mientras tanto, la fuente principal de ingresos seguirá siendo el campo que, como el kirchnerismo aprendió, está más que dispuesto a defender sus propios intereses. 

 

James Neilson

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…