Domingo, 31 Julio 2016 06:56

Mientras se desactiva la bomba

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Las primeras espadas del gobierno insisten a rajatabla con un par de conceptos básicos de la estrategia para salir del mal momento del primer semestre y empezar a ver el horizonte, más cerca del año que viene que de la segunda mitad de 2016.

 

 

Aseguran que en los próximos meses comenzará a verse el resultado de la reactivación de la economía, y que la firme decisión del presidente de regresar al mundo permitirá completar el giro. Y comenzar a desactivar efectivamente la bomba con la mecha encendida que le dejó Cristina Fernández, programada para que le explotase en sus manos. O en las de Daniel Scioli, qué duda cabe, si le hubiese tocado ganar.

 

Es cierto que el ministro Alfonso Prat Gay dijo que hay anuncios de empresarios locales sobre planes de inversiones que, en el mejor de los casos, alcanzarían los 30.000 millones de dólares, que por ahora son expresiones de deseo y señales de que aquel "esperar y ver" que los hombres de negocios le habían expresado al propio ministro hace un par de meses, podría estar empezando a virar de rumbo.

 

El otro componente tiene ejemplos muy puntuales en lo que ha ocurrido en los últimos tiempos en materia de reconexión con el mundo que tanto persigue Macri. Su reunión a solas del jueves con el flamante presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczyinski; el encuentro de ese día por la noche en Olivos con el poderoso Emir de Qatar, y el relanzamiento a todo terreno del vínculo con México que abrochó el viernes con el presidente Enrique Peña Nieto, son fuertes signos.

 

Que se suman a las sólidas expectativas que generó su paso de hace un par de semanas por la cumbre mundial de tecnología de Idaho, luego de retomar firmes lazos con la Alemania de Angela Merkel y un par de días antes con el premier francés François Hollande. En aquellos tres casos, además, ratifica en el plano de los hechos la decisión sin retorno del presidente de buscar una vía comercial de ida y vuelta con el mundo a través de la Alianza del Pacífico.

 

Ese entusiasmo de los funcionarios podría no ser condescendiente con la realidad interna. Aunque ellos tendrán siempre a la mano indicadores y números en los que se asientan para reconocer que desactivar la bomba heredada iba a provocar que se disparasen algunas esquirlas, pero que el rumbo es claro y que la sociedad así pareciera entenderlo.

 

Es, en todo caso, una impresión que se arraiga en el gobierno y que se asienta en datos buenos y malos. Papeles en mano, muestran que el presidente Macri sigue teniendo una muy buena imagen en la sociedad, y que la gestión propiamente dicha del gobierno recibe la aprobación de seis de cada diez consultados.

 

Esto pese a que el primer semestre no ha sido bueno para la gente, en especial la franja de la clase media y baja. Por el ajuste y la devaluación, los fuertes aumentos en las tarifas de los servicios públicos, la imposibilidad de doblegar al menos hasta ahora el potro de la inflación, y un plan económico que no termina de arrancar.

 

Cabría agregar datos que se conocieron esta semana y que son oficiales: las caídas en la actividad industrial y en la construcción, la pérdida de unos 52.000 puestos de trabajo en medición interanual, aunque casi la mitad se produjeron en el primer semestre de 2016.

 

Podrían añadirse algunos gestos de clara mala prensa, más allá de la sinceridad de los funcionarios, como la utilización de datos de la Anses para "una mejor comunicación" con el ciudadano, o el innecesario batifondo que provocó la audiencia que Macri le concedió a Tinelli.

 

Es cierto que en medio de esa menesunda de cosas buenas y otras no tantas, Macri debería estar siempre agradecido por cada rutilante reaparición en escena de Cristina Fernández. La última, casi proclamándose “reina”, durante un homenaje a Hugo Chávez. Cuesta entender, aunque en el gobierno se regodean, el sentido de la oportunidad de la exmandataria. El tributo coincidió -casi como mecanismo de relojería- con el momento en que las peores corruptelas que supieron abrochar el gobierno del bolivariano y la aduana paralela que comandaba Julio De Vido, comienzan a ventilarse en los tribunales, con pronóstico incierto sobre el futuro del extodopoderoso arquitecto.

 

Cabría sumarle las falacias expresadas por la doctora durante la única conferencia grupal de su historia que brindó a corresponsales extranjeros en El Calafate. O las siempre oportunas clases de economía que ofrece como aporte gratuito el inefable Axel Kicillof. Sumado a la interminable cadena de la felicidad de la corrupción del gobierno anterior que cada día entrega nuevos capítulos.

 

Hay en todo eso un análisis generalizado que intenta explicar aquella persistencia de la imagen positiva de Macri: el ciudadano de a pie se espanta ante la posibilidad de un regreso al pasado reciente.

 

Es el mismo que además reconoce su enojo por los males del bolsillo que lo aquejan, pero que expresa esperanza respecto del futuro. "La gente nos dice que no le gusta el primer semestre pero es la misma gente que nos dice que tiene confianza en que las cosas van a mejorar y que vamos por el buen camino", redondean en despachos del ministerio del Interior.

 

“Seguimos en el 30/70”, se entusiasma otro confidente. Y lo explican: hay un 30 % del electorado que es kirchnerismo puro y duro, que nunca los quiso ni los querrá, que quiere que Macri se vaya antes y si es posible en helicóptero, y que sueña con el regreso de Cristina.

 

El 70 %, en tanto, cobija a los votantes de Macri, a los que se consideran independientes, y probablemente a quienes votaron por Scioli y en la primea vuelta por Sergio Massa. A todos los contendría el mismo consuelo: la herencia recibida y fríamente calculada de la que no había más remedio que hacerse cargo, no sin dolores.

 

En los despachos oficiales se entusiasman con los meses por venir pese al escenario que intentan pintar desde el kirchnerismo duro. “Acá no hay ninguna guerra, la única guerra es la que figura en la cabeza de Cristina y los suyos, la gente ya entendió y está acompañando”.  

 

Eugenio Paillet

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