Martes, 19 Noviembre 2019 21:00

La etapa que se abre, entre la esperanza y las dudas - Por Jorge Ossona

Escrito por Jorge Ossona

 

Los optimistas se atreven a imaginar la lenta reconstitución del bipartidismo perdido de los 80 y los 90.

 

Luego de la profundización de una crisis heredada a raíz de una devaluación de más del 100% y de una recesión pertinaz, el gobierno de Mauricio Macri logró remontar la paliza de la PASO y alcanzar más del 40%. No logró “darla vuelta” y forzar un ballotage, pero redujo su distancia respecto del vencedor a la mitad, ubicándose en un lugar estratégico para encabezar la futura oposición al neokirchnerismo.

Solo esta breve reseña produce una sensación vertiginosa. Y que remite a la génesis del proceso que se encamina hacia una nueva etapa: el cataclismo de diciembre de 2001. Una ruptura semejante a la que agobia a los países de la región en estos días. Y que si bien no supuso la fractura institucional de los golpes de Estado inaugurados en 1930, fue lo suficientemente grave como para trazar una divisoria de aguas en todos los órdenes de la vida del país.

A grandes rasgos, el sistema de partidos emergentes de las elecciones de 1983 saltó en pedazos sin que sus piezas volvieran a rearmarse. La UCR fue su víctima propiciatoria; pero un peronismo reducido desde el segundo gobierno de Menem a una liga de partidos provinciales no le fue a la saga.

Así lo demostró la trabajosa sucesión del presidente De la Rúa hasta la curiosa elección de Néstor Kirchner. En cuanto a las terceras fuerzas, que tanta relevancia habían tenido como socias de los partidos históricos, resultaron fulminadas como lo evocan el destino fatal de UCD, Acción por la República y el Frepaso.

Y dos procesos de fondo también irresueltos hasta nuestros días. En primer lugar, el estallido del orden económico que durante los 90 parecía encaminarse hacia un patrón de desarrollo superador del semicerrado inaugurado por la Gran Depresión de 1930 por el incumplimiento de la rigurosa disciplina macroeconómica exigida por el nuevo capitalismo global. Luego, el saldo social de la deconstrucción de aquel orden agotado hacia mediados de los 70 bajo la forma de una pobreza estructural tan novedosa como perturbadora de la novel democracia.

La vertiginosidad de aquella ruptura apenas si nos dio respiro durante las casi dos décadas siguientes. La economía se recuperó merced a un inesperado viento de cola internacional que permitió el despliegue de los saldos del crecimiento sembrado durante los 90. Pero nuestra terca indisciplina macroeconómica, conjugada con la euforia de recuperar por fin el paraíso perdido de nuestro “destino de grandeza”, la llevó a encallar diez años más tarde frustrando la nueva ilusión.

La representación política recuperó buena parte de la legitimidad perdida mediante una fórmula que intentó superar al peronismo y al radicalismo, pero que no alcanzó a plasmarse en una fuerza orgánica de sustitución. Los grandes herederos de la crisis fueron, entonces, el kirchnerismo y la coalición cuya simiente creció en la CABA desde 2007 (Pro) y que culminó en Cambiemos en 2015. Sendas maquinarias electorales definidas -¿signo de los tiempos?- por su inestabilidad constitutiva.

Ambos apostaron a ese viejo dispositivo de los sucesivos regímenes desde mediados del siglo XX: el refundacionalismo. Y en nombre de una mentada “nueva política” cada uno actualizó a las dos vertientes de nuestra cultura política democrática aun no sintetizadas en una convicción compartida.

Del lado kirchnerista, el plebiscitarismo autoritario y su pulsión avasalladora del Estado y de los poderes constitucionales. Del otro, el republicanismo que cimentó la Ley Sáenz Peña en 1912 pero que solo destelló brevemente desde 1983 durante los gobiernos de Alfonsín y De la Rúa. Y que renació en los fragores del conflicto con “el campo” desde 2008 hasta la victoria del “partido del ballotage” en 2015.

Lo demás es epílogo: el gobierno macrista fracasó en disciplinar la diabólica macroeconomía heredada del kirchnerismo. Y éste, logró sobrevivir abortando la renovación de un peronismo al que siempre despreció y que terminó encolumnando detrás de sí. Luego, los enormes interrogantes sobre cómo continuará la saga inaugurada en 2001.

Los optimistas se atreven a imaginar la lenta reconstitución del bipartidismo perdido de los 80 y los 90. Solo posible en tanto “Todos” fragüe en la reunificación del PJ y que “JpC” lo haga en una fuerza que logre organizar la cohabitación entre las vertientes macristas y el radicalismo.

Equilibrio óptimo condicionado, a su vez, por la necesidad resolver nuestra postración económica reactivando un patrón de desarrollo de bases ya asentadas pero que requiere de su afinación macro. Y sobre todo, de nuevos mercados desde el Mercosur para una producción que lo tiene todo para diversificarse superando los dilemas atávicos entre agro exportación e industrialización semicerrada.

Camino necesario, por lo demás, para reintegrar a mediano plazo a nuestra sociedad fracturada. Complicado por un mundo de globalización cuestionada, el avance de nuevos providencialismos, guerras comerciales entre potencias y un contexto regional convulsionado. Difícil, no imposible.

Y dos alternativas subóptimas. Una extrema y temeraria: la pulverización política anómica, un estancamiento que radicalice la puja social y la disputa anárquica de poderes territoriales minimalizados. En el medio, alguna variante de esta peligrosa mediocridad en la cornisa del abismo desde hace una década. ¿Estarán las élites argentinas post 2001 a la altura, al menos de algún punto intermedio entre la esperanza y el escepticismo? Pronto lo sabremos

Jorge Ossona

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