Miércoles, 20 Noviembre 2019 21:00

Argentina, en la tormenta - Por Luis Tonelli

Escrito por Luis Tonelli

 

Y de repente, todo se complicó. En realidad, todo complicó aún más que antes. El mundo venía mal y está peor. La región, ni que hablar. El país, sigue su decadencia franca. La política, más desordenada que antes.

 

Y, sin embargo, la Argentina sobresale por su “institucionalidad”. Increíble, cuando ríos de tinta de los especialistas destacaron siempre lo contrario. Que el gran problema de la Argentina, respecto a su contracara perfecta, Chile, era la falta de instituciones fuertes.

La contundente y mayestática realidad social argentina aparece y sorprende. Aquí el caos se organiza y se convierte en un renglón presupuestario. Piqueteros y policías. Sindicalistas y Empresarios. Una sociedad conflictiva continuamente, sobre bases imperturbables. El control de la entropía ha resultado, sin embargo, carísimo. Una enorme curva U inversa. Permitió el ascenso social y ha abonado la caída social. Como lo señala Carlos Leyba: en 1979 había 800.000 pobres. Hoy, hay 18 millones.

Dato que vuelve ridícula la hipótesis que el conflicto social se debe al aumento de la pobreza. Si fuera así, la Argentina tendría que estar incendiada hace rato. Y el momento de mayor conflicto lo tuvimos en los 60/70. El Cordobazo se da en las fábricas con los mejores sueldos del país. La sociedad nunca fue tan igualitaria, y nunca estuvo tan cruzada por un conflicto ideológico profundo.

El marxismo berreta de pensar que cuanto más abajo en la escala social, más revolucionario, tuvo su contrastación negativa en Monte Chingolo. Se eligió el copamiento de ese regimiento porque estaba rodeado de barrios pobres que se iban a sumar en teoría a la acción guerrillera. Años después, en La Tablada, el MTP cometió el mismo error de diagnóstico.

Lo que sucede en América Latina tiene que ver con un fenómeno bien conocido de la sociología de la modernización de la década de 1960. Antes que con la desigualdad, tiene que ver con la conciencia de la desigualdad que provoca una rápida modernización que, paradójicamente, nos hace creer que la igualdad es posible. El politólogo Sammy Huntington lo dijo en su clásico de 1968, “El orden político en las sociedades en cambio”, cuando la sociedad cambia tan rápido, las instituciones quedan arrasadas y los actores hacen política como saben “los estudiantes toman las universidades, los obreros hacen paro, los empresarios lock outs, y los militares hacen golpe”.

Cosas que hoy abundan en América Latina y la Argentina ya las vivió con la irrupción del peronismo, que conquistó la vida política y social (tanto como el antiperonismo) y se estabilizó ese ying y yang argentino. Más de prosapias sociales (uno ligado a la dignidad reclamada por los de abajo; otro ligado al merecimiento natural de esa dignidad por estar arriba), que de cualquier otro componente o ideología.

El problema que tiene la modernización rápida tardía es que estuvo basada en el ascenso del precio y demanda de las commodities que empezó a retroceder desde 2012. Y ahí aparece el problema de la Curva J, de la que hablaba Ted Robert Gurr (¡también a fines de los 60!). La “deprivación relativa”: la gente no sale a la calle cuando es pobre. Sino cuando, al empezar a dejar de serlo, se da un bajón que amenaza sus sueños y expectativas.

Le pasó a los peruanos cuando gracias a la dictadura “progresista” de Velazco Alvarado, pueblos hundids y periféricos comenzaron su “modernización”, interrumpida ya por el siguiente autoritarismo “ortodoxo” de Bermúdez. Resultado, el surgimiento de una intelligentzia alucinada en Sam Marcos de Huamanga de cuyo seno emergió el grupo maoista Sendero Luminoso.

Después de una época de ilusiones y cambios, como fue la década pasada, hoy la crisis se enseñorea de América Latina. Y es en ese turbión regional de hojas enloquecidas Alberto Fernández deberá desplegar su presidencia. En medio de demandas ilusionadas, con una coalición variopinta y contradictoria, con enormes contradicciones, y con la lucha desembozada de las potencias que mercantilizan el mundo.

Ojalá que la cara estabilidad caótica argentina se convierta, paradójicamente, en un valor apreciado. Ante tanta confusión, ante tanto ruido y furia. Y tantos cuentos idiotas.

Luis Tonelli

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