Lunes, 02 Diciembre 2019 21:00

¿El viento en la cara? - Por Carlos Berro Madero

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¿Es posible que haya quien suponga que habrá una “cohabitación” armónica y virtuosa entre Cristina y Alberto?

 

Creemos que esta idea es una construcción lanzada al mercado por un sector del periodismo desorientado, algunos que comienzan a temblar por su riesgosa elección reciente y analistas políticos bastante audaces, que minimizan los choques que sobrevendrán entre dos personas que solo se han unido para llegar al poder: Cristina, ideológica y muy fanática; y Alberto, un ¿heterodoxo? que ha dado muestras claras que se apresta a vivir la Presidencia de la Nación como el sueño de un pibe de barrio, sin haber pensado que a la vuelta de la esquina puede estar al acecho quien lo asalte (con expresas instrucciones de “más arriba”), para robarle las zapatillas recién estrenadas.

El departamento de la calle Juncal, donde escondía la abogada exitosa los bolsos con los dólares que le llevaban a ella y su marido Néstor los recaudadores de los “retornos” por una obra pública concedida discrecionalmente, se ha constituido en una réplica posmoderna de Puerta de Hierro. La única diferencia es que en lugar de tomar un avión, bastará llegar a ese domicilio en taxi o remise.

Hacía allí partió hace unos días Alberto F. con su carpeta llena de ilusiones y propuestas políticas que fueron abortadas ipso facto por la actual senadora y futura Vicepresidenta que ejercerá la Presidencia de la Nación por “default”.

Los recientes gestos políticos de Cristina confirman, además, que su ideología básica nació bajo la estrella de una contradicción que pretende establecer, aún hoy, el dominio de una clase social sobre otra a través de apotegmas excluyentes, para alejar a la sociedad de una verdadera democracia republicana, negando algunos hechos de una realidad que no le gusta y la apartan de cualquier racionalidad “académica”.

Quienes la siguen quieren convencerse –y convencernos-, que posee el conocimiento de un sistema eficaz para contrarrestar la influencia de cualquier cambio social y económico planetario, fundándose en pruebas empíricas que selecciona “a piacere”, para afirmar sus dudosas verdades proféticas.

El resultado está a la vista: hasta hoy ni ella, ni su esposo fallecido, ni sus destacados prosélitos pudieron poner de pie a la Argentina, ni lanzarla al futuro con alguna dosis de eficacia. Si esto no hubiera sido así, no se explica por qué después de su advenimiento no lograron sacarnos de las postraciones que padecemos, mientras siguen recitando, como falsos moralistas, los principios de una política que los ha mostrado particularmente ineficientes, soberbios y sofocantes.

Alberto Fernández deberá reivindicar este estilo de un discurso que ocupará seguramente un lugar de relieve en las medidas que ha dicho tomará al asumir, embretado por su “socia y amiga” y tratando de poner en marcha la dialéctica de quienes creen que “todo se verá al andar”.

Ambos Fernández han mostrado hasta ahora un furioso dogmatismo en cuestiones que se relacionan con la justicia, los derechos humanos, la igualdad de género y un charlatanismo supuestamente erudito sobre teorías conspirativas, para contener a los desposeídos, a quienes, digámoslo con claridad, han multiplicado durante sus doce años de gobiernos muy recientes.

Que lo hayan hecho con nuestra complicidad colectiva no invalida su característica quizá más irritante: el sostener un sistema “interpretativo” de los supuestos males de una democracia que creen debería apuntar al beneficio excluyente “del pueblo trabajador” (sic). Léase asalariados de la escala más baja.

¿Los demás? Pues, a la cola del kerosén. Sus votos son muy pocos en relación con los de la “masa”.

El fascismo presente en sus ideas pretende borrar todas las diferencias entre ciencia e ideología, porque, según su opinión, no hay un verdadero saber SINO SOLO MANERAS DE SER (¿).

¿Cómo puede despertarse a masas hambrientas que los siguen y padecen el extraño síndrome de lo que hoy ha dado en llamarse la “heladera vacía”, evidenciando que algunos individuos como ellos construyen en su cabeza cualquier teoría, por más absurda que sea, y creen en la misma EN FORMA IRRESTRICTA?

Prevenir a estos incautos es tiempo perdido, y lo más probable es que se den un porrazo fenomenal en la medida que aspiren a que la solución de sus problemas recurrentes consista en votar peronistas, esta vez disfrazados de “progresistas”.

¿Les soplará el viento en contra con la fuerza suficiente como para hacerlos entrar en razón?

Por ahora, lo que ya se sabe es que volverán muchos de los impresentables de siempre a la función pública, aunque a Alberto F. no le guste. ¿De qué se disfrazarán cuando asuman nuevamente? ¿De “vamos por todo”?

“Chi lo sa”, diría Benedetto Croce

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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