Jueves, 12 Diciembre 2019 21:00

Nunca más es nunca más - Por Luis Tonelli

Escrito por Luis Tonelli

 

La Grieta se ha convertido en los anteojos mediante los cuales miramos y comprendemos todo. Pascal decía que lo que “era verdad de un lado de los Pirineos, no lo era del otro lado”. Lo mismo puede decirse respecto a nuestra Grieta. Por eso, es posible que se nos escapen detalles o no le prestemos la atención debida a movimientos que se dan precisamente para superarla.

 

El discurso de asunción del nuevo Presidente argentino Alberto Fernández fue redactado con la intención explicita e implícita de dejar atrás la grieta. Algo totalmente entendible en los secos términos de la política dura: la grieta en el país ya tiene sus dueños, y se llaman Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri. Persistir en esa divisoria de la política argentino es un pasaporte seguro a la fagocitación del nuevo gobierno. Y por eso, Alberto Fernández deskirchnerizó totalmente su presentación en sociedad como Presidente.

En primer lugar, Fernández no hizo mención alguna a los gloriosos setenta y, por el contrario, se presentó como quien venía a cerrar un ciclo de transición iniciado por Raúl Alfonsín en pos de una democracia plena y de consenso. Un discurso ochentista, que podría haber pronunciado el abuelo Antonio de su jefe de gabinete Santiago (Cafiero).

En segundo lugar, no habló del famoso Proyecto, ni anatematizo a la otra parte de la sociedad, tal como reza el manual laclausiano del populismo. Remarcó los errores y la herencia negativa que deja Mauricio Macri, pero también exhibió números de un proceso cuya decadencia comenzó en la segunda presidencia, de quien estaba a su lado, amadrinó su candidatura, y se la pasó tratando de pispear un discurso que a todas luces ni siquiera le había sido adelantado.

En tercer lugar, y esto es lo más importante, Alberto Fernández propuso una reconstrucción institucional del corrupto esquema de poder argentino. De un lado y del otro lado de la Grieta, se consideró tanto un ataque al enjuiciamiento de funcionarios K (entre ellos la propia ex presidenta y su hija), y las derivaciones escandalosas que tiene la causa de los “cuadernos Gloria. La oposición dura y el periodismo de guerra salieron a cruzar a Fernández alertando sobre la posibilidad de un borrón y cuenta nueva que deje sin efecto lo avanzado en las causas contra el kirchnerismo. Por otra parte, el kirchnerismo lo aplaudió como el fin de la persecución “política” que vienen sufriendo la ex presidente y sus ex funcionarios.

Pero lo cierto es que las palabras de Alberto Fernández sonaron muy fuertes en una dirección completamente diferente. Fernández dijo en su discurso “Nunca más a las operaciones políticas sobre la Justicia”. Paradójicamente, se dijo que candidatura había sido posible gracias a la política de buenos oficios que había ejercido con la Corte respecto a Cristina Fernández de Kirchner. O sea, que su nombramiento como primero en la fórmula con la ex presidenta se debía principalmente a haber sido su “operador judicial”, y la reconciliación tuvo como resultado inesperado su candidatura presidencial.

Por otra parte, aquellos especialistas en leer la borra del café político creyeron ver en los desplantes de CFK, en su encendida defensa ante los Jueces una queja ante Alberto Fernández por una comparecencia que no tendría que haber sucedido. De allí que CFK lo involucrara directamente en la causa. ¿En su paranoia persecutoria habrá considerado que Alberto Fernández estaba detrás del esmerilamiento judicial a su figura?

Más allá de si esto es así o no, lo importante es ahora que un Presidente dice “Nunca más... y Nunca más es Nunca más!”. Semejante reafirmación es casi la estrategia de Hernán Cortés para que sus soldados se dieran cuenta que no había marcha atrás en la Conquista de México: o sea, quemar las naves.

Porque, estar en contra de la supuesta operación que el kirchnerismo denuncia es también estar en contra de cualquier operación a futuro para beneficiar a los kirchneristas, entre ellos, la ex Presidenta y a la sazón actual vicepresidenta de la Nación.

En un punto, esa frase casi equivale a mostrar la soga en la casa del ahorcado, y es una promesa pública que toda la oposición ahora esgrimirá siempre ante cualquier sospecha de manipulación de la Justicia, frente a una parte de la ciudadanía muy alerta y movilizada sobre el tema, como lo demostró la marcha en apoyo a Mauricio Macri sobre la 9 de julio.

Todo indica que a los consabidos episodios del “hiper presidencialismo” argentino, le responderán episodios de un exótico “hiper vice presidencialismo”. ¿Será golpe por golpe? ¿Habrá teléfono rojo? ¿será un sistema de mutua contención, como con el que se entusiasma Andrés Malamud? ¿o terminará como en las películas de Quentin Tarantino, donde a una señal malentendida, todos desenfundan y se acribillan?

Esto recién comienza, y por estas horas, todo depende de que Alberto Fernández comience a hacer pie en un pantano muy difícil, y lleno de animales peligrosos. Desde aquí le deseamos la mejor de las suertes.

Luis Tonelli

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