Martes, 17 Diciembre 2019 21:00

Un kirchnerismo atrapado en su propia esencia - Por Carlos Berro Madero

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Sin aparentes deseos por tratar los asuntos de gobierno con la debida mesura, la mayoría de los funcionarios del Frente para “Todes” no parecen haberse apercibido que la idoneidad de un buen gobierno no consiste solamente en recitar una larga lista de carencias sociales para terminar asfixiando a la actividad privada.

 

¿Logrará Alberto F. constituirse en una excepción al respecto? Por lo sucedido hasta hoy, lo vemos aún muy embelesado por los besamanos de su triunfo electoral y tratando de “zafar” de las eventuales contradicciones del gobierno bifronte que comparte con CFK.

Vemos pues con preocupación la eficacia relativa de las prédicas de “los que saben”, frente al dilema que plantean masas populares que han apoyado con entusiasmo el regreso de la vocera del “más de lo mismo”, con su fe intacta en distintas alquimias estrafalarias que lograsen sacarnos, supuestamente, de la decadencia social en la que vivimos.

Sin aceptar –y esto es lo más decepcionante-, el efecto nefasto de malas apuestas políticas que muchos de ellos aplaudieron rabiosamente en el pasado, con los resultados negativos que ya se conocen.

Sería bueno que los “retornados” hicieran caso a las palabras de Ortega y Gasset en relación con asuntos de esta índole: “Si Ud. quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización” (que provee los medios idóneos para progresar ordenadamente), “pero no se preocupa Ud. de sostener la misma, SE HA FASTIDIADO UD. En un dos por tres se queda Ud. sin civilización. ¡Un descuido y cuando mira Ud. en derredor, todo se ha volatilizado y reaparece prístina la selva primitiva!”.

Habiendo observado con atención los acontecimientos ocurridos en los primeros días del nuevo gobierno, advertimos una profusión de eufemismos e imposiciones unilaterales, de quienes parecen empujarse atropelladamente entre sí para hallar una fórmula (¿mágica?) que les permita lograr los objetivos anunciados y prometidos en su campaña electoral, “cuanto antes” (sic).

El campo -por dar un ejemplo de errores al azar-, no fue ni siquiera consultado sobre las características de las nuevas retenciones agropecuarias. ¿Será porque Alberto debe mantener un delicado equilibrio en relación con las “fobias” tradicionales de Cristina?

¿Por cuánto tiempo logrará apaciguar el espíritu indómito de la Vicepresidente respecto de ciertas franjas sociales a las que desea “castigar” y que la detestan por este motivo con mucha razón?

El dilema que se les plantea a ambos es conseguir argumentos sólidos para que sus partidarios insatisfechos comprendan que habrá que “barajar y dar de nuevo”, ya que el problema no es el meneado “lawfare” utilizado en clave elitista, sino el alcance del “welfare” (beneficencia ilimitada).

¿Intentarán lograrlo apretando el acelerador a destiempo? ¿O en su apuro el pie se les aplastará sobre el pedal del freno cercano provocando un trompo del vehículo en el que se transportan?

En el escenario actual ¿qué utilidad pueden proporcionar –por dar otro ejemplo al azar-, los “funcionarios militantes” (sic) que desea imponer Axel Kicillof en su gobierno? ¿No son los mismos que cayeron siempre, como solía decir Ortega, “en la simplicidad de entablar un pugilato con tal o cual porción del pasado, EN VEZ DE PROCEDER A SU DIGESTIÓN”?

¿Será un movimiento que preanuncia la cabecera de playa que pretende establecer Cristina Kirchner a todo evento en la desventurada Provincia de Buenos Aires?

Porque es en el conurbano bonaerense donde están agazapadas las turbamultas que se hallan prestas para avanzar sobre la civilización que predicaba Ortega. Es decir, sobre los que aún confiamos y creemos en la república.

Una lucha que los ha atrapado en su machacona condena a un neoliberalismo que entre nosotros nunca fue tal, en pos de la instauración de un socialismo progresista “de salón”, convirtiéndolos finalmente en individuos errantes y despistados.

De eso está constituida la esencia de un kirchnerismo con pretensiones fundacionales, fomentadas por sus ideólogos trashumantes mediante una obsolescencia discursiva que intenta justificar la transformación del Estado en un maxiquiosko de expendio de buenaventura.

En cualquier caso, parecería estar sonando el teléfono privado de Alberto Fernández. ¿Oirá éste la campanilla o quedará atrapado entre los sones de su guitarra, los ladridos de su perro Dylan y las arengas destempladas de Cristina?

A buen entendedor pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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