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Jueves, 19 Diciembre 2019 21:00

Palpitando el escolazo - Por Rogelio Alaniz

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Un gobierno con legitimidad de origen se acaba de hacer cargo del poder y de aquí en más lo que se debatirá será su legitimidad de ejercicio. Y digo legitimidad y no legalidad porque la legitimidad alude precisamente a la capacidad de una gestión para ganar consenso.

 

Entre legalidad y legitimidad es necesario y deseable que haya correspondencia e importa advertir que en los sistemas democráticos en particular la legalidad, es decir, el estado de derecho, debe respetarse, aunque a nadie se le escapa que cuando un gobierno pierde legitimidad las dificultades para sostener la legalidad crecen, motivo por el cual las propias constituciones republicanas establecieron disposiciones para resolver en el marco de la ley las posibles contradicciones que la gestión del poder y el devenir de la política suscitan.

Todo gobierno que recién se inicia se supone que dispone de un “período de gracia” de cien días, período establecido no por las leyes escritas sino por los usos y costumbres. Ese período de gracia no lo dispuso Mauricio Macri, a quien literalmente le declararon la guerra antes de que asuma el poder. Algunas de las escaramuzas de esa “guerra” aún las recordamos, en particular la que desataron en diciembre de 2017 para oponerse a una ley previsional que dos años después se revelará -comparada con lo que pretende el flamante gobierno- como progresista o, por lo menos, con intenciones efectivas de reconocer los derechos de los viejos, entre los que me incluyo.

Para los frágiles de memoria, les recuerdo que en aquella jornada peronistas y troskistas arrojaron -bajo la consigna “con nuestros abuelos no”- toneladas de piedras contra las fuerzas del orden y el Congreso. Y en el camino, los “fascio” criollos apalearon periodistas y camarógrafos. La ley “maldita”, la que pretendía, según dijeron, iniciar un genocidio contra los viejos, algo así como una versión macabra de “Diario de la guerra del cerdo”, establecía una fórmula de actualización salarial que el flamante gobierno nacional y popular ahora desconoce o, peor aún, deja librados los aumentos a la voluntad del presidente, algo así como un contrato “de palabra” con el señor “hay que ponerle plata a la gente en el bolsillo”.

Siempre en homenaje a la memoria, no está de más recordar cuando un anciano de más de noventa años se suicidó en Mar del Plata y los gremios convocaron a un paro general para impedir que Macri continúe promoviendo el suicidio de los pobres viejos. Después se supo que el hombre padecía un cuadro depresivo y que, además, percibía una jubilación que entonces ascendía a los dos mil dólares mensuales. Por supuesto, de esos “detalles” los huelguistas “solidarios” no dijeron una palabra, porque lo que importaba contra toda evidencia era probar que bajo el gobierno de Macri los viejos acorralados por la desesperación y el hambre se suicidaban ante la mirada indiferente y en algunos casos golosa de Macri y su pandilla.

Este paradigma populista se sostiene en la actualidad. Sin ir más lejos, el flamante ministro de Economía, Martín Guzmán, en una de sus primeras conferencias de prensa dijo con su voz suave y modales adquiridos en los campus yanquis, que Macri decidió sancionar una ley de jubilación para excluir deliberadamente a los jubilados de los beneficios del leve crecimiento de la economía que se dio durante los meses del año 2017. Macri, según esta frase inocente y dicha al pasar por parte de Guzmán, ya no se conformaba con joder a los jubilados con leyes de la ortodoxia económica neoliberal, sino que además, para su regodeo espiritual, incorporaba su subjetividad, en este caso su deseo obsesivo y morboso de perjudicar a los jubilados simplemente por el gusto de solazarse con el sufrimiento de los viejos.

Raymond Aron decía que a los gobiernos autoritarios se los conoce enseguida por su pretensión de gobernar con facultades especiales o extraordinarias, bajo el pretexto de que la nación vive en una emergencia. Todas las experiencias autoritarias y totalitarias que conocemos en el siglo veinte invocaron la excepcionalidad o la emergencia para concentrar el poder. Y todas estas experiencias luego gobernaron en nombre de la emergencia permanente. En las condiciones históricas y políticas posibles en la Argentina, el populismo cada vez que es gobierno reclama poderes especiales para el presidente y reduce al Congreso a una escribanía. Esto es justamente lo que intenta hacer el presidente Alberto Fernández. Como dijera Patricia Bullrich; “De la república a la monarquía”. A la monarquía absoluta, con reina madre incluida.

El populismo ha logrado hazañas políticas singulares, como, por ejemplo, sostener que “la grieta” no es responsabilidad del ejercicio abusivo y autoritario del poder sumado a una discursividad agresiva y resentida por parte de Cristina, sino que la culpa proviene de los contumaces opositores al proyecto nacional y popular. La proeza incluye que muchos no peronistas en la actualidad consideren que está prohibido criticar al nuevo gobierno so pena de profundizar la grieta. El crimen perfecto puesto en marcha. Los opositores no deben criticar al gobierno, pero los voceros del kirchnerismo a través de sus medios de prensa repiten machaconamente que todo opositor es por definición un vendepatria, un cipayo y el responsable del hambre del pueblo, mientras que ellos, por supuesto, son los abanderados de la justicia social y en nombre de esa causa se sienten habilitados a hacer lo que se les da la gana.

Dejo librado al saber de los economistas debatir si esta bien o mal sancionar un “dólar turista”. Como ciudadano atento a lo que pasa a mi alrededor sospecho que se trata de una nueva devaluación, aunque esta vez encubierta. Es probable que algún límite haya que poner al dólar, esa moneda que los argentinos de hecho hemos nacionalizado. Pero lo que me molesta es que a esa clase media -la que viaja al extranjero, a veces a pasear, a veces a estudiar- se la sobrecargue con culpas y remordimientos, mientras la Señora Jefa se pasea por las cuevas, los pasillos y los escenarios del poder con diez procesos y varios pedidos de prisión preventiva, sin demostrar la más mínima señal de culpa o remordimiento, por el contrario, jactándose de que la historia la absolvió y, por lo tanto, no solo que no debe rendir cuentas sino que, además, queda habilitada hacia el futuro para volver a hacer lo mismo, es decir continuar con su singular método de acumulación económica, propio de una abogada exitosa del Calafate.

Tal como se despliegan los hechos, está visto que el ajuste que se perfila lo pagará la case media. Alguna vez un sociólogo dijo que para conocer calidad de vida de un país hacen falta dos cosas: observar el tamaño y las condiciones de vida de su clase media, porque todo capitalismo que funcione se expresa creando una amplia y próspera clase media; y prestar atención al trato económico y cultural que el poder dispensa a la clase media. La opción por los pobres por supuesto que es justa, siempre y cuando el objetivo sea bregar para que los pobres dejen de serlo, es decir abandonen su condición de pobreza o indigencia liberándose de las manipulaciones de los punteros laicos y religiosos que se valen de ellos para asegurar dóciles clientelas electorales o para lavar culpas reales o imaginarias y ganarse un lugar en el cielo.

La compasión, la caridad, la solidaridad o la fraternidad, en definitiva, son sentimientos dignos e incluso necesarios en toda sociedad. Pero a los excluidos, a los derrotados en sociedades a veces impiadosas, se los debe integrar no con limosnas sino desarrollando en cada persona su autoestima, reconociéndoles su derecho y su deber a ser creativos, emprendedores y no sometidos cuyo exclusivo consuelo es el servilismo, la alienación religiosa o la picaresca, a veces simpática, a veces siniestra. Se trata en definitiva de desarrollar en cada persona su exclusiva individualidad, esa individualidad que rechazan fascistas, autoritarios y fanáticos religiosos, porque la individualidad es un acto creativo y es el fundamento de la libertad y una sociedad de hombres libres es un canto fúnebre para los populistas laicos y religiosos que adoran al líder, a la jefa o al patrón.

Rogelio Alaniz

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