Luis Tonelli

 

“Ama la incertidumbre y serás democrático” decía Adam Przerwoski a principio de los 80, con las dictaduras militares todavía asolando a Sudamérica. Los gobiernos autoritarios ejercen un control tanto ex ante como ex post de la política (censura, desapariciones forzadas, represiones. De todos modos, las dictaduras no personalistas siempre han tenido el problema de la incertidumbre hacía adentro de no tener nunca resuelto el problema de la sucesión. Conflicto que, finalmente, terminaba involucrando a la sociedad toda.

 

 

La Argentina es un país donde TODO puede pasar, pero finalmente, TODO sigue igual. Deberíamos decir que es un “país donde todo puede pasar, incluso NADA”. Y finalmente, como pasa de todo, no pasa nada. Seguimos en nuestra deriva, que da como resultado un vector siempre descendente.

 

 

Es posible que en las elecciones venideras de renovación del Congreso Nacional (aparte del resto de las elecciones propias del federalismo electoral argentino) produzcan tantas cifras, tantos argumentos, tantas post verdades, tantas chicanas, y tantos memes que, en realidad, ni siquiera el triunfo en los medios será de alguien único. Todos se proclamarán ganador, como la Grieta lo demanda, y como la confusa realidad política argentina lo permite.

 

 

Y finalmente Mauricio Macri aprendió que la política no es siempre pérdida de tiempo y pérdida de plata, como siempre pensó, echándole la culpa de todos los males argentinos (como se suele hacer desde los medios, desde los countries y en los bares donde se juntan los padres de clase media alta a charlar después de llevar a los chicos a la escuela).

 

 


A los argentinos nos gusta la naturaleza. Por eso naturalizamos en su momento la violencia política, luego el terrorismo de Estado, la corrupción, la pobreza y la desigualdad galopante. Y ahora, hemos naturalizado a la víctima del COVID. No tenemos vacunas, las cuarentenas fueron siempre imposibles, y volvimos a darnos besos babosos. Aunque todos tengamos un pariente muy cercano o un amigo que se lo llevó la pandemia, muchísimos conocidos contagiados y que se están contagiando

 

 

La cuestión del asalto al Estado por parte de los grupos privados siempre estuvo centrada especialmente en el lobby corporativo empresario. Incluso hubo ingeniosas teorías marxistas que sostenían porqué los Estados capitalistas combatían de algún modo esa intrusión; dado que pese a ser el Estado burgués “la oficina que representa los intereses capitalistas” había una racionalidad colectiva que le era propia para actuar en contra de los capitalistas privados para que capitalismo en general no entrara en crisis. De allí la idea de “autonomía relativa del Estado”.

 

La vacunación viene a todo vapor, y es una gran noticia para todos los que vivimos en estas playas. La experiencia en la vacunación masiva se hace notar y estos reservorios de capacidades profesionales que tiene el país siempre nos permiten abrigar esperanzas de poder salir de este des-desarrollo que viene de décadas.

 

 

La pandemia lo complica todo. La pandemia sirve de excusa para todo. Así vive la situación actual el Gobierno de Alberto Fernández, cuya producción de justificaciones -válidas y de las otras- ha sido siempre su gran activo desde que llegó a la Casa Rosada. Capacidad que contrasta con la módica gestión de su Gobierno y que dado que se trata de mujeres y hombres fogueados en la experiencia de gobierno solo se explica por el carácter invertebrado de la coalición oficialista y la falta de conducción y visión estratégica. Para decirlo sintéticamente, el Frente de Todos ha sido una maquinaria electoral exitosa y un fracaso como coalición de gobierno, produciendo esto graves problemas en la gestión del gobierno.

 


“Los medios tienen una agenda paralela, que no es la de la gente, que está de fiesta cuando consigue vacunarse”,
se dice desde la Casa Rosada. Y tienen razón. Incluso mejora la opinión hacía el Gobierno en los vacunados, marcan las encuestas.

 


Hace ya muchos años (1972) que Humberto Eco publicó “La Nueva Edad Media” en donde avizoraba un mundo desorganizado a partir del debilitamiento de la autoridad estatal que alentaba la privatización del espacio público por parte de corporaciones varias. Algo no muy diferente a lo que diría el famoso informe de la Trilateral firmado por Huntington, Crozier y Watanuki y que popularizó el concepto de ingobernabilidad que hoy usa hasta mi tía Nacha de Quilmes.

 

 

La sociedad es posible gracias a que todos cumplimos infinitas rutinas diarias que no las problematizamos, y si lo hacemos, en términos casi oníricos. Es lo que consideramos normal hacer.

 

La aparición de los piqueteros en el paisaje político argentino vino de la mano de un gran cambio en nuestra sociedad: el fin del pleno empleo, disfrutado por décadas, y clave para el poder casi único en América Latina del que gozaron los sindicatos argentinos.

 

Rene Girard escribió alguna vez que el verdadero motor de la historia no era ni la lucha de clases como lo decía Marx, ni la acción de los grandes héroes como lo decía Toynbee, sino el rol que cumplían los chivos expiatorios. Desde tiempos ancestrales, el rito de quemarlos en la hoguera pública ha servido para expiar las culpas propias, aglutinar a las sociedades y permitir un nuevo comienzo.

 

Que la palabra publica este completamente devaluada queda fácilmente demostrado por el hecho que todavía se le factura a Raúl Alfonsín el mítico “Felices Pascuas. La Casa está en Orden” cuando a Alberto Fernández ya ni se le escuchan sus contradicciones que dentro de poco tendrán lugar en la misma oración que enuncia. (Encima, esa frase de Alfonsín nunca existió así, la hace aparecer cínica. Comenzó su discurso con el “Felices Pascuas”, pero mucho después, lo finalizó con un “La casa está en orden y no corre sangre en la Argentina”).

 

 

En casi todos los países la pandemia del COVID 19 ha causado estragos y los sigue causando. Graves problemas en el presente y gravísimos problemas a futuro que ni siquiera imaginamos. Consecuencias tremendamente negativas humanas, sociales, económicas y políticas.

 

La primera ola de la pandemia en el país presentó el peor desenlace posible; récord de muertes y caída de diez puntos del PBI. Dos acotaciones de este penoso resultado: La primera es que, en general, el sistema hospitalario no colapsó, pero ni la cuarentena eterna ni las medidas restrictivas sociales sirvieron para bajar a cero el nivel de contagios. Ellos se amesetaron con su consecuente número de muertes, lo que llevó a tener las mismas víctimas que los países que nunca enclaustraron a la población.

 

El Gobierno nunca tuvo un Plan B para enfrentar la pandemia. Todo el año 2020 estuvo cruzado por hacer el aguante en la espera de la vacuna que llegaría sin falta a fines de años. Todos vacunados y todos a salvo, entonces de la ya temida segunda ola que castigaba invernalmente a los habitantes del hemisferio norte.

 

Como se sabía, o sea, sin ninguna sorpresa, la segunda ola de la epidemia de COVID 19 está llegando y golpeando a la Argentina. Pero a pesar de que estábamos muy advertidos -especialmente por la información proveniente del invierno en el hemisferio norte, el Gobierno Nacional exhibe el mismo nivel de confusión, improvisación y arbitrariedad que el que demostró el año pasado. Claro está, sin siquiera las magras capacidades con las que contó en los primeros meses del 2020, luego de implementada la cuarentena.

 

Entre las crisis catastróficas y la sobreexcitación que producen las burbujas económicas ahora sabemos que no existe solo la ansiada y nunca alcanzada “normalidad”. También puede darse un período de atonía, de crisis en cómodas cuotas, de decadencia lenta pero tremendamente dañina. Todavía pensando que un estallido como el 2001 es brutal y que debemos evitarlo a toda costa.

 

 

A poco de conocerse la sorpresiva y sorprendente fórmula electoral del Frente de Todos en la que Alberto Fernández aparecía como el candidato a Presidente, y Cristina Fernández de Kirchner como su vicepresidente, aparecieron dos tipos de manifestaciones. La que consideraba que Alberto podía ser un Presidente con autonomía e independencia manifiesta de Cristina, y la de los que entendíamos que tarde o temprano, el poder real de la vicepresidenta se haría valer, especialmente en temas claves de gobierno.

 

 

Hasta hace pocas horas, Alberto Fernández podía ufanarse de ser un Presidente Pequeño, Pequeño, pero Presidente al fin. El discurso de apertura de las elecciones legislativas había sido una aburrida elegía a las posiciones políticas de su vicepresidenta, pero sabemos que el lema del Presidente es “a las palabras se las lleva el viento” (aunque no la cloud de internet). El discurso contenía asimismo la confesión explicita de que, más que quejarse airadamente, no iba a ser mucho más para cumplir con la tarea para lo cual Cristina Fernández lo designó en el primer lugar de la fórmula presidencial: el resolver su situación judicial, la de sus seres queridos y la de sus seres no tan queridos.

 

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

 

 

“No importa que el gato sea blanco o negro. Lo que importa es que atrape ratones” decía el General, que si de algo estuvo siempre preocupado fue de generar “estaticidad” (demasiada, a mi gusto). Nos llegan noticias del muy neoliberal vecino trasandino con su muy neoliberal presidente y su módico estado neoliberal. En un solo día, han vacunado todo lo que en un viaje charter a Rusia Aerolíneas Argentina trae para vacunar en la Argentina.

 

 

Así como decimos es una exageración afirmar que en la Argentina no rigen las instituciones -ya que como vimos en el artículo de 7 Miradas “Nuestra Constitución Republicana-Populista”, proveen incentivos para que gobernadores e intendentes busquen más bien el apoyo de la Casa Rosada que buscar inversiones, también escuchamos continuamente que las ideologías no existen, o que al menos, el electorado no es ideológico.

 

Los mitos no son la realidad que no son. Pero si esa realidad que crean, a partir de que se los cree. Toda nación es una construcción mítica, aunque en la Argentina también sufrimos una destrucción de la nación que no tiene nada de mítica. Y, para redundar en las redundancias, en un país llenos de mitos, existen algunos muy perniciosos ya que, al desvirtuar la realidad, escamotean diagnósticos más acertados y propuestas eficientes para resolver nuestros problemas

 

 

La Argentina es un país donde proliferan los “ismos”. Tenemos una manía de que a cada fenómeno político emergente le adosamos ese sufijo. Así tenemos republicanismo y populismo. También peronismo y alfonsinismo (como antes hubo rosismo, mitrismo y roquismo). Y tuvimos “menemismo” y hasta “delaruismo” y “chachismo”. Y “kirchnerismo”, aun en su momento inicial, cuando todos sus integrantes entraban cómodos en una combi de esas que unen Ezpeleta con el Correo Central.

 

Se termina 2020. Un año de privaciones y de incertidumbres. Un año de ausencias, ocasionales y permanentes. Un año de miedo y de urgencias. En síntesis, un año del que muchos dicen que hay que olvidar.

 

 

Si para algo se han creado los gobiernos, es para reducir la incertidumbre. En primer lugar, la llamada “incertidumbre hobesiana”, en donde la que está en juego es la vida misma dada la violencia de todos contra todos, cuando el “hombre se transforma en lobo del hombre”. Hoy, los gobiernos en el mundo intentan proporcionar certidumbres “contextuales”, bajo un contexto en donde todas nuestras certezas -incluso las científicas- se mostraron lábiles, pequeñas y frágiles frente al despliegue de la epidemia del COVID-19.

 

 

 

La nueva epístola de Cristina Fernández a los Conurbanensis (y resto de la feligresía K) dirigiendo un feroz ataque a los miembros de la Corte Suprema de Justicia ha sido criticada correctamente por la oposición, que visualiza en ella un adelanto de la reforma judicial que el oficialismo está pergeñando. Reforma destinada a terminar con el sistema de división de poderes, tal como lo conocemos, y su reemplazo por una politización franca del sistema político en su conjunto, cuyo vértice de conducción lleva a la vicepresidencia.

 

 

 

Es difícil realizar una evaluación de este primer año de los Fernández (Alberto y Cristina) rigiendo formalmente los destinos de este país bajo una situación tan extraordinaria en la que tuvo que desempeñarse un gobierno cuya performance ha sido extraordinariamente mala.

 

 

Está en la esencia del populismo repartir, y fundamentalmente, pasarse de roska repartiendo. El regreso del peronismo al poder, con el kirchnerismo como el sector político más dinámico de la coalición se ha dado, como en otras ocasiones, en un contexto de crisis, habiéndolo hecho antes después de la hiperinflación del 89, y el colapso de la convertibilidad en el 2001.

 

 

La pandemia y la cuarentena lo taparon todo. Por un tiempo. Típicamente, las crisis generan miedo, y el miedo nos colocamos a disposición de ese artefacto diseñado para poner fin al miedo, generándolo: el Estado.

 

 

Tres “relatos” han jalonado estos intensos meses de Alberto Fernández como Presidente. El primero fue su auspicioso discurso ante la Asamblea Legislativa al asumir la Presidencia, en donde se comprometió a restaurar el Consenso del 83 -discurso del cual quedaron sombras nada más, al retomarse muy rápidamente la dinámica de la Grieta-.

 

 

En la Argentina siempre señalamos hechos de los que decimos que “hay un antes y un después” de ellos. El problema es que a las pocas horas sucede otro hecho del que también decimos que “hay un antes y un después”. Tal el ciclotrón de la política criolla, que acelera las partículas de tal manera que las dinámicas y trayectorias nunca se cumplen. Así todo queda igual, pero para peor.

 

 

Vivimos una época de realidades duras y símbolos fuertes. Símbolos que expresan realidades. Símbolos que refuerzan y hasta recrean realidades.

 

 

Que la política este hecha de palabras -o como todo producto social, de comunicación- no quiere decir que con declamarse algo, esto se realice como por arte de magia. Maquiavelo decía que “gobernar es hacer creer”.

 

 

“Todo se desmorona. El centro colapsa… Los mejores carecen de convicción. Y los peores están llenos de una apasionada intensidad”.

 

 

Al estar en medio de la peor crisis de la historia argentina, hay algo peor que tomar una decisión equivocada: el no tomar ninguna decisión.

 

 

Una de las “grandes” contribuciones de la ciencia política al habla cotidiana de los argentinos -y me permito decir al sentido común global- ha sido el concepto de “gobernabilidad”, hoy utilizado por todos. A tal punto que acabo de cortar una conversación telefónica con mi Tía Nacha que me preguntó si el Presidente Fernández no estaba enfrentando la amenaza de ingobernabilidad.

 

Es difícil encontrar un gobierno que a menos de un año de asumir se encuentre en una crisis de confianza tan profunda como la que enfrenta el Presidente Alberto Fernández. Como es de rigor, esa incertidumbre se plasma en la presión sobre la demanda de dólares, pero se manifiesta en cualquier medición de expectativas presentes y a futuro.

 

Todos los gobiernos, en algún momento, pierden el sentido de la realidad. Pero en la Presidencia de Alberto Fernández, por el contrario, tenemos que preguntarnos si en algún momento se va a recuperar el sentido de la realidad.

 

Mi nieta Irenita de 5 años durante la cuarentena me dio clases por zoom sobre dinosaurios, ya que en sus palabras “yo sé mucho de ellos” (y la verdad que sabe mucho más que yo, que no sabía nada). En su última clase, con ojos muy abiertos, empezó diciendo “resulta que había caído un “arolito”, que levanto mucho, mucho polvo y eso tapó a los dinosaurios”. Luego de un rato pensativa me preguntó… ¿Nos va a tapar el polvo ahora a nosotros si cae un “arolito” de nuevo?

 

 

¡Fumata bianca! ¡Habemus reestructuración de la deuda! Finalmente, el Ministro de Economía Martín Guzmán revalidó en la práctica su conocimiento teórico sobre el tema de la deuda. No estoy en condiciones técnicas de afirmar si era posible cerrar este acuerdo más temprano o pagando menos. Si, la incertidumbre disparó el dólar blue, que ahora con el acuerdo estaba a la baja. Veremos por cuánto.

 

 

Un manojo de eventos auspiciosos ha tenido lugar en las últimas horas. El Presidente ha convocado a una primera reunión con las autoridades legislativas de la oposición en el Congreso. También, ha realizado declaraciones reconociendo su error de cálculo respecto a la expropiación de la empresa Vicentin. Y, en la misma línea, ha reafirmado su vocación por el diálogo a raíz de las críticas que inmediatamente arreciaron desde los sectores más ultras del Frente de Todos.

 

 

 

La lucha contra el coronavirus recién empieza en el AMBA. Si, tras la séptima renovación de la cuarentena, cuya primera edición comenzó allá por marzo, todo está como al principio.

 

 

Tiene razón el Presidente Alberto Fernández. No hay diferencias en la performance de la economía entre aquellos países en los que la pandemia no fue atacada tempranamente con la cuarentena, y han tenido miles de muertos -caso Brasil-, con los que la implementaron antes y no han sufrido afortunadamente un saldo tan luctuoso -caso la Argentina-Naturalmente, las muertes multiplicándose generan un terror que lo paraliza todo.

 

La cuarentena ha muerto. Larga vida a la cuarentena. El comandante Berni, en otro ataque de sincericidio, lo ha admitido: necesitamos una cuarentena estricta de 15 días, porque la cuarentena como se hizo en estos 100 días estuvo mal hecha. El punto es qué cuando esto lo decía la oposición le aplicaban el (in) famoso discurso de la “infectadura”: Cuarentena o Muerte.

 

 

¿Cuál es la imagen que describe hoy de mejor manera al Gobierno Nacional? ¿La de un conflicto que apenas puede ser disimulada entre un Presidente moderado y moderador, y una Vicepresidente desesperada por zafar de sus causas judiciales? ¿O la de un Águila de dos cabezas, en la que un Presidente en el Gobierno y una Vicepresidenta en el Poder convergen en sus intereses y trabajan finalmente como un único equipo?

 

 

“Cash y expectativas”. Así definió su método político el fundador del “peronismo variante K”. Proceder que, por definición, demanda que, si hay un plan, este se guarde con siete llaves.

 

 

Será por la prosapia militar de su fundador, será por su cultura política (repleta de palabras como “conducción”, “verticalismo”, “orga”, “cuadro”) lo cierto es que el hábitat natural del peronismo son las crisis.

 

Página 1 de 2

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…