Jorge Fernández Díaz

 

En los intervalos de un congreso de periodistas, Vargas Llosa se escapaba a una playa de un hotel de Cartagena, se refugiaba en unos toldos de beduino y se entregaba febrilmente a la lectura de aquel ensayo recién salido del horno.

 

 

La última travesía de Perón hacia su definitivo mausoleo y hacia su parque temático, que durante aquel significativo Día de la Lealtad del año 2006 –recordarán– derivó en una escaramuza con pistolas y cuchillos entre dos simpáticas gavillas sindicales, nos asalta la memoria cuando los actuales custodios de la quinta de San Vicente abren las puertas y franquean el paso. Un encargado del Museo 17 de Octubre va encendiendo las luces y dejando ver las fotos gigantescas y la iconografía pejotista, y explica por qué razón ha desaparecido de tan ilustre recorrido la señora Isabel Perón.

 

 

No hay comunismo sin riqueza, sostenía en los albores de la revolución; librado por fin del dominio imperial, el cubano sería “el pueblo más rico del mundo”. Típico anticapitalista católico, Fidel Castro suponía que la tierra prometida estaba al alcance de la mano: produciremos más leche que Holanda, más cítricos que Israel, mejor queso que Francia. “Estoy seguro de que en pocos años –profetizó– elevaremos nuestro nivel de vida por encima de los Estados Unidos”.

 

 

En las inmediaciones de Aviñón, durante el siglo XIII, un hombre ejecuta por la espalda al señor feudal, y al ser detenido declara el motivo del crimen: el conde en cuestión se acostaba con su mujer. A punto de ser decapitado, su esposa ingresa en la celda y le pregunta por qué mintió y por qué la llena de vergüenza. El condenado explica que fue una estrategia basada en su propia debilidad: “Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían”.

 

 

El ajedrez boxístico más legendario y sugestivo de la historia está narrado con preciosismo en El combate; allí Norman Mailer lleva, a su vez, la literatura periodística y la crónica deportiva a uno de sus puntos culminantes.

 

 

El poeta, que leía muy temprano los periódicos, se asomó a su balcón del hotel Grand Saint Michel y gritó a los cuatro vientos: “¡Se cayó el hombre!”. Y todos los exiliados que pernoctaban en los alrededores se removieron nerviosos, en la esperanza de que fuese su propio dictador y no otro el que acababa de ser depuesto.

 

 

Hace diez tardes, durante una apasionante tertulia en la Academia Argentina de Letras, un nuevo camarada interpeló a los argentinos.

 

 

Durante cinco días y cinco noches que fueron una sola agonía de oxígeno, fiebres y fantasmas, Flores repechó la neumonía bilateral y la maldición del Covid sin rebajarse ni por un segundo al miedo a la muerte.

 

 

En un estupendo libro de artículos que desdichadamente permanece inédito en la Argentina –Cuando los tontos mandan–, Javier Marías fustiga al filósofo Slavoj Žižek, “al que no he leído y oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo –anota–. Todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud”.

 

 


En una noche cualquiera, que sin embargo Sebreli siempre rememora, aconteció un pequeño pero significativo episodio del género de la picaresca. El legendario autor de Los deseos imaginarios del peronismo acudió a un prestigioso programa de televisión y desplegó allí su colección de fundamentos acerca de cómo el movimiento de Perón, en sus diversas reencarnaciones, pero esencialmente durante los últimos treinta años de primacía total, había conducido a la Argentina hacia este pronunciado cañadón de las desdichas.

 

Sir Robert Chiltern, alto funcionario del gobierno inglés y barón elegante y presuntamente probo se desliza por un fastuoso salón de forma octogonal saludando a sus invitados y oyendo los sones de los instrumentos de cuerda que animan la velada y habilitan el baile. En ese laberinto de canapés y afectación pronto se encontrará con la señorita Cheveley, una mujer alta, de labios finísimos y cabellos de un rojo veneciano, que resulta en sí misma toda una obra de arte.

 

 

En un estupendo ensayo de seiscientas páginas llamado Mis héroes, el filósofo Tomás Abraham relee a Tulio Halperin Donghi y sintetiza astutamente lo que pensaba el gran historiador acerca del peronismo: un autoritarismo plebiscitario que si bien no era fascismo –decía– no dejaba de ser “una tentativa de reforma fascista de la vida argentina”, un régimen basado en la intimidación.

 

Como dice Schopenhauer, cuando uno ha sobrevivido a dos o tres generaciones se siente como si estuviera en un circo viendo a un saltimbanqui realizar, una y otra vez, las mismas acrobacias –apunta Abelardo Castillo–. “Hay ciertas pantomimas que están hechas para sorprender solo una vez; después fatigan y desilusionan”.

 

 

Todo libro contiene dos o tres páginas secretas donde se localiza no el propósito aparente de su autor, sino la razón honda y visceral de su obra. Ese núcleo puede encontrarse en la página 193 de Mi camino, donde María Eugenia Vidal rechaza la condición de halcón y asume definitivamente su vocación de paloma: allí comienza a recitar su catecismo consensual y a describir la grieta como la gran tragedia argentina.

 

 

Su abuela materna, que también portaba un ilustre apellido de avenida, la visitó en la cárcel de Devoto y le regaló una pelota para que jugara al vóley con las otras presas políticas. “¿Por qué mierda no te hiciste radical el día que te llevé al comité? –le soltó– Hoy no estarías acá. Pero no, te hiciste peronista”. La abuela de Patricia Bullrich era radical de corazón y en 1973 le había presentado a Balbín con la intención de afiliarla.

 

Dicen que, durante una conversación apasionante, en una noche indeterminada de los años 30, el autor del libro más enigmático del pensamiento argentino arrojó de pronto ese original al fuego, y Borges se apresuró a rescatarlo de las llamas.

 

Cuenta la leyenda que, unos setenta años antes de Cristo, fue tomado esclavo en Siria y enviado con grilletes a Roma, y que gracias a su lucidez y sus extraños talentos se ganó el corazón de su amo, quien lo liberó y lo educó esmeradamente. Publio Siro era actor, un gran improvisador y un maestro de la pantomima: en un torneo de cómicos y de mimos venció a todos sus rivales y fue premiado por el mismísimo César.

 

El héroe de los pibes acude a una cita clandestina y descubre que se trata de una embocada. Saca su pistola y se desata un tiroteo de película; con varios proyectiles en el cuerpo, sube a un Renault y huye cubierto de sangre. Despista a sus perseguidores y deriva hacia una zona de casas bajas en Parque Patricios. Se apea mirando por encima del hombro, vigilando si la patota militar lo ha alcanzado y toca timbre en un chalet cualquiera.

 

 

Dos pícaros con prontuario se dan a la fuga, cruzan la frontera y se refugian en una pequeña comunidad; uno de ellos arranca una camisa de un tendedero y se la coloca apresuradamente, sin advertir que le ha quedado prendido un broche en la parte trasera del cuello. Los curas de un monasterio local los confunden con dos clérigos eruditos y reformistas que estaban por visitarlos, y ellos fingen ser sacerdotes para esconderse de la policía.

 

 

Borges prefería la sinopsis de una historia a su largo desarrollo literario, la condensación del cuento o el poema a la dilación y el gigantismo de la novela, el breve artículo ensayístico al extenso tratado, y la observación microscópica de los hechos altamente simbólicos a su prolongado abordaje narrativo. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” narra en dos páginas la vida completa de un gaucho matrero, y reduce toda esa existencia al único acto de una noche. En ese cuento figura un párrafo que confirma la filosofía borgeana: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

 


Están los ciegos y están los cínicos, distingue el filósofo Santiago Kovadloff: “Los cínicos saben qué hacer para sostenerse en la cresta de la ola, y los ciegos, para soñar que no sucede lo que pasa, idealizando un pasado que dejó de existir hace mucho”. Alude así a las dos formas clásicas de ser kirchnerista; se podría arriesgar que existe al menos una tercera categoría, donde se combinan esquizofrénicamente esos dos temperamentos antagónicos.

 

 

Una cultura del matonismo y del bullying ha desplazado el acting consensual, se apoderó de todo el discurso kirchnerista y marcó su temperamento agresivo

 

Era un hombre enlutado, parco y diminuto, nada gregario, y concentrado día y noche en su magnífico arte, que consistía en escribir desmesuras sentimentales y truculentas intrigas de folletín para distintas radionovelas populares. Un artista genial, aunque de brocha gorda, que mantenía en vilo a su multitudinaria audiencia con sus ficciones desaforadas. Se llamaba Pedro Camacho y el joven Vargas Llosa lo apodaba "el escribidor".

 

Jacobo Timerman, que con solo 24 años fue confinado por Apold a las listas negras del primer peronismo y que luego consideraba a los montoneros como verdaderos "fascistas de izquierda", que solía acusar recibo en su oficina de sobres anónimos y amenazantes con las credenciales de sus periodistas recién asesinados, que un día recibió por la mañana una condena a muerte de un grupo guerrillero y por la tarde, otra firmada por una organización paraestatal de extrema derecha, consideraba en el transcurso de los ahora romantizados años 70 que el país se debatía directamente entre dos fascismos.

 

Para justificar el oscuro abismo que se abría entre relato y realidad, cautivos de una ficción que ellos habían creado alrededor de la verdadera naturaleza del peronismo, los principales referentes de la “juventud maravillosa” hacían abuso del concepto táctica y estrategia.

 

La literatura histórica y también la mística, los antiguos textos sagrados y la crónica oral y escrita del poder y la política de todos los tiempos suelen estar repletos de profecías y clarividencias, y a veces de sus tragicómicas contracaras: el desenmascaramiento de los más ingeniosos timos; con algunos de ellos, nigromantes y videntes sibilinos persuadieron a cabales estadistas y los condujeron a verdaderas catástrofes.

 

Un fugitivo venezolano llega a una isla asolada por una extraña peste, y al tiempo descubre a un grupo de personas que repiten cíclicamente las mismas escenas. Testigo oculto, el náufrago apunta en su diario el asombro que le provoca esa situación y la belleza de una dama, Faustine, que contempla lánguidamente los crepúsculos.


 

 

Un excompañero del colegio jesuita, tan devoto como Fidel Castro, lo visitó en su hora de gloria: el triunfante revolucionario se alojaba ya en un fastuoso hotel de La Habana, luego expropiado a la cadena Hilton. Su amigo no pudo dejar de observar que Fidel tenía dos libros en su mesita de luz; uno flamante y sin tocar de Carlos Marx, y un ejemplar sobado de tantos estudios y lecturas: los discursos de Juan Perón.

 

 

A mediados de octubre de 1880 una carta publicada en las páginas del diario The Times hizo enarcar las cejas a la opinión pública británica. La misiva llevaba la firma de un capitán inglés retirado que administraba tierras de una familia en Irlanda. Luego se supo que, tras una mala cosecha, ese administrador había impuesto astronómicos precios de alquiler a los pequeños y medianos agricultores que arrendaban los campos, y que estos habían acudido a la Liga Agraria para que negociara una cifra más razonable.

 

 

Coats era un caballero de gestos suaves, pero Mattis sabía que en realidad estaba hecho de acero puro. Revistaba entonces como director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos, y su interlocutor era un general retirado de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines, a cargo ahora de la Secretaría de Defensa.




Para Ortega y Gasset, la diferencia entre argentinos y europeos estaba cifrada en dos verbos enfrentados: ser y hacer. Contrariamente a nuestros cosmopolitas y laboriosos ancestros del Viejo Continente (hacer), los argentinos llevaban una vida ensimismada, revertida sobre sí mismos, en la que vivían eternamente consagrados a la construcción de su propio personaje (ser).


 

Arturo Jauretche, aquel ingenioso articulista del nacionalismo criollo que inventó todo el argumentario descalificador del peronismo y que todavía resulta el Santo Patrono de la militancia kirchnerista, no pudo evitar hacerse amigo de Sebreli.

 

 

Cada día cada cual se lleva a casa su propia cruz. De las vicisitudes del ruidoso desalojo de Guernica, uno de los fiscales se llevó a su hogar y a su insomnio el odio visceral de aquellos ojos.


 

¿Qué significa la manida admonición kirchnerista "el capitalismo está al borde del abismo"? Significa que el capitalismo está parado en el borde del precipicio, mirando hacia abajo, y preguntándose qué corno estamos haciendo. ¿Y cuál es la nación más neutral del mundo? La Argentina: no interviene ni siquiera en sus propios asuntos internos. ¿Y cuáles son los períodos críticos que tiene por delante el cuarto gobierno kirchnerista? Son cuatro: primavera, verano, otoño e invierno.

 

 

Intentando narrar la fantasmagórica historia de Antoine de Tounens, aquel aventurero francés que quiso erigirse en monarca de la Patagonia, un cineasta sufre las penurias de una producción paupérrima y recurre a toda clase de argucias para disimular esa carencia.

 

 

Les recuerda Piglia a sus alumnos, a quienes supone de una izquierda unánime, que Borges resulta un gran problema para todos ellos, puesto que no encaja en el arquetipo de la "derecha aristocrática": es un hombre sobrio y austero (sic).

 

 

La última vez que Perón se encontró con los jefes montoneros en Puerta de Hierro les contó un chiste sin gracia. Al cumplir doce años, el padre de Jacobo le anuncia que dejó su regalo encima del ropero y que necesitará una escalera para alcanzarlo.

 

Participo de una tertulia política y literaria que suele acontecer todos los jueves de la eternidad en un café virtual donde al final se escuchan poemas, cartas y canciones, y donde el filósofo Santiago Kovadloff intenta oponer sus pulidos argumentos a una ola de camelos e insensateces, sarasas oficiales y agravios semánticos.

 

Asevera Dickens que toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma. La familia kirchnerista, que apenas balbucea apotegmas selectivos de Perón y que masculla vetustas oraciones de Jauretche, cuenta sin embargo con su propio fantasma ilustre.

 

En un inspirador documental sobre la vida de uno de los grandes genios del cine -Woody Allen- se revela involuntariamente la esencia del peronismo post mortem.

 

En una ruidosa convención de provincias donde se decide el destino de toda una región y los basamentos de la primera democracia, toma la palabra el mayor Cassius Starbuckle; un militar, jurista y estadista sin par a quien John Carradine dota de una voz bíblica.

 

Cristina Kirchner, eximia actriz y gran diva política, podría decir como Ingrid Bergman: "Para ser dichosa basta con tener buena salud y mala memoria". Ese aforismo irónico pertenece a la antología de las frases de la mala fe. Porque implica hacerle trampas a la verdad, borronear la cronología de los hechos ciertos y romper, por lo tanto, las reglas y los razonamientos según convenga.

 

 

Para explicar el desamparo, Sartre narra la peripecia de un alumno afligido por un dilema. Durante la ocupación nazi, su padre había abandonado a su madre y había confraternizado con los colaboracionistas, pero su hermano mayor había muerto durante la ofensiva alemana, y este muchacho, que era generoso, aunque primitivo, quería vengarlo: partir de inmediato hacia Inglaterra e ingresar en las Fuerzas Francesas Libres.

 

 

Pese a que Borges era completamente alérgico a cualquier efusión chauvinista o patriotera, sugería con orgullo que la amistad era nuestro gran activo: la mejor pasión argentina.

 

 

Aaron Stampler representa la perfecta imagen de una víctima: fue abusado en su infancia, tiene fobia a la oscuridad y es tierno, tímido y tartamudo. El arzobispo de Chicago le brinda por fin refugio, pero tres años después la policía encuentra al joven, amnésico y manchado de sangre, junto al cadáver destrozado de su protector.

 

 

 

"La mayor parte del caviar se guardó para la nomenklatura", decían los revisionistas de la experiencia soviética.

 

 

Conocí al Sérpico patagónico gracias a una infidencia: se había disfrazado de mujer y había capturado a un violador serial que atacaba parejas a orillas del río Limay.

 

 

Baudelaire tomaba opio para curarse, sin saber que el opio era precisamente aquello que lo enfermaba. Para mitigar sus malestares, las sociedades del siglo XXI acuden a las drogas más autodestructivas.

 

 

En una legendaria agencia de publicidad que replicaba los sofisticados ambientes de Mad Men había una ley de hierro: el cliente alemán y el cliente inglés jamás debían cruzarse.

 

 

Cuando Evita entró en la inmortalidad, dos policías se presentaron en la oficina de Borges. El Gobierno había decretado en todo el país un larguísimo duelo compulsivo y la obligación de usar cintas negras y corbatas enlutadas, y los sindicatos y las fuerzas de seguridad vigilaban que nadie desertara de ese mandato.

 

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