Fernando Iglesias

Es simpático, cool, y está bien visto, decir que la causa de la pobreza en la Argentina es la desigualdad; pero no es cierto. Más allá de las parrafadas del buenismo progre, peronista o católico, un simple análisis de los datos demuestra que la principal causa de la pobreza nacional es la bajísima productividad de la economía argentina, lograda mediante décadas de hegemonía del pobrismo nacional, popular y bergogliano.

Ya sé que a esta altura casi todos la vimos y que la mitad de la población ha escrito su propia nota crítica sobre Argentina, 1985. Pero esto no es una crítica cinematográfica. Ojalá que la película gane el Oscar, le hagan una estatua a Darín y los argentinos festejemos en el Obelisco. Cinematográficamente, lo merece. No estaría mal tampoco mostrar al mundo un héroe como Strassera y resaltar una de las pocas cosas de las cuales la Argentina nos ha hecho sentir orgullosos: la condena a los genocidas. Pero siempre hay un pero, y en este caso, es la agobiante parcialidad del argumento.

El Poder Ejecutivo Nacional ha reemplazado su ministro de Economía, pero el país ignora todavía para qué. Era quizá la última bala de que disponía el Gobierno para evitar el colapso y debió haberla usado para lanzar un plan de estabilización con medidas racionales, apoyo del partido en el poder y presencia de la vicepresidenta en el momento de su anuncio.

La historia es eso que pasa mientras la Argentina desperdicia oportunidades. Acaso la mayor fue la que se nos presentó con la Segunda Guerra Mundial, cuando el país estaba entre los diez más ricos del mundo, llevaba medio siglo sin defaults y una década de crecimiento ininterrumpido, Inglaterra nos debía fortunas, los pasillos del Banco Central rebosaban de lingotes de oro, no había inflación, nuestro PBI era el doble que los de Italia y España y superior al de Francia, y las condiciones de vida eran las mejores de Latinoamérica y casi toda Europa; por lo cual recibíamos millones de inmigrantes ansiosos de trabajo y de progreso.

Los dos principales candidatos, Lula y Bolsonaro, estarían de acuerdo en avanzar con el proyecto, que daría a la estabilidad monetaria una perspectiva de largo plazo.

De las muchas experiencias populistas ensayadas en América del Sur, la del peronismo es la más prolongada. Ha habido ciertamente otras cuyos efectos pueden ser considerados, con justicia, más agudos, como es el caso de la Cuba de Castro o la Venezuela chavista. Pero los más de setenta años durante los cuales el peronismo ha sido el movimiento político más influyente en la vida argentina no tienen parangón por duración y por la importancia del país, el tercero de América Latina si se considera la combinación entre superficie, población y producto interno bruto (PIB).

 

Insensibles a los hechos de la historia, hostiles a toda verificación con la experiencia, alumbrados por una aureola de evidencia indemostrable muy parecida a la de la cuarentena eterna, tres viejos mitos resurgen con fuerza en el horizonte republicano: no se puede ganar sin una pata peronista, no se puede cambiar el país sin el apoyo del peronismo y es mejor no hablar mal del peronismo para que los peronistas voten por quienes no lo son.

 

En un país normal, un ex director de contrainteligencia de la SIDE (AFI) estaría explicándole a la Justicia las más de 4.000 llamadas telefónicas efectuadas por servicios de esa agencia la mañana del asesinato de Nisman. En un país decente, un sujeto gangsteril como Rodolfo Tailhade debería estar fundamentando ante un juez su declaración de que “los cuadernos los escribieron Bonadío y Marcos Peña”. Pero en la Argentina que dejaron doce años de uso de los servicios de inteligencia para hostigar y criminalizar a periodistas y opositores, la gente como Tailhade no solo sigue libre, sino que se dedica a denunciar a los demás.

 

Por dos meses, la mayoría de los argentinos vivieron fascinados por el éxito de la gran cuarentena nacional. Se desató un clima de euforia unanimista que muchos asimilaron al de Malvinas. Le presentaremos batalla. Vamos ganando. Que traigan al coronavirus.

 

Reeditar hoy aquí el célebre acuerdo español podría conducir a un intercambio de impunidad por gobernabilidad

 

Desde su origen, el partido fundado por Perón reivindicó como propias las conquistas sociales logradas a partir de mediados del siglo pasado; una mirada atenta y precisa de la realidad desmiente esta lectura

 

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