Edgardo Moreno

El Frente de Todos propone una disociación con la realidad como última apuesta para superar el fracaso del experimento Alberto Fernández. El mecanismo no sólo afecta a su espacio político, sino al sistema institucional. 

El kirchnerismo quiere derogar las Paso porque está dividido, pero también porque puede fragmentar a la oposición. El tratamiento del Presupuesto fue una muestra de la fragilidad de las coaliciones.

Georgieva expresó que la sociedad argentina espera que el Gobierno “se tome en serio el control de la inflación”. Demanda que podría oírse en cualquier rincón del país. 

Lula hace y dice cosas para recuperar el gobierno que perdió en manos de Bolsonaro. Cristina hace y dice cosas para que no se le escape el gobierno que reconquistó.

Cristina relanzó su ofensiva contra la Justicia. Impulsó un proyecto sin acuerdo para reformar la Corte Suprema. Hizo un alegato político para defenderse. Y acusó a los jueces por el atentado en su contra. 

Todavía no ajustó el déficit fiscal, pero consiguió que el Banco Central pague fortunas por la deuda en pesos. De todos modos, la expectativa que generó al comienzo ya provocó fisuras en la oposición.

Cristina Kirchner quedó expuesta a la crisis. La salida de Guzmán aceleró los problemas que venía incubando. Pero no sólo los mercados están devaluando el liderazgo de la vice. 

La dimisión del ministro de Economía abre un escenario de mayor incertidumbre. El peronismo resignó otra vez ante Cristina el liderazgo de las ideas. Una coalición que no gobierna y profundiza la crisis. 

Son dos velocidades diferentes: mientras Alberto todavía no entiende el triunfo de 2019, Cristina se prepara para la derrota de 2023. 

Tratando de explicar en Europa la realidad argentina, el presidente Alberto Fernández cometió una serie de errores memorables. 

Cristina está sembrando un campo minado en el núcleo restante de la legitimidad presidencial. 

La dificultad para encontrar el centro ideológico, instrumental y discursivo es la que desconcierta a las fuerzas que pretenden mantener a distancia la turbulencia emergente a la derecha, y al mismo tiempo denunciar la fuga impostada de Cristina hacia la izquierda. 

Esta vez la épica cristinista contra la Corte Suprema viene tornasolada con el pánico oficialista por la tobillera electrónica. 

 

Juntos por el Cambio consiguió todos sus objetivos: sostener la gobernabilidad que el oficialismo puso en duda, votar en unidad y consolidar su imagen de conducción alternativa para 2023.

 

La crisis de Gobierno puede ser más grave para la vicepresidenta que su complicación judicial.

 

Para Alberto Fernández la política exterior se restringe al ejercicio del guiño. Adulación de ultramar. Mezcla de mendicidad y canchereo.

“Creo que por ahí nos estaba enseñando algo”, decía pensativo. Máximo Kirchner le habló por primera vez al público nacional en una película filmada en homenaje a su padre. Aparecía recordando tímidamente que, cuando era niño, Néstor Kirchner pasaba rompiendo todo cada vez que lo veía jugar con sus soldaditos. 

El Gobierno celebró su triunfo en el Congreso con una sensación agónica de alivio. Torpeza o conspiración. 

Cristina parece desbordada por la aceleración de la crisis; sabe de la necesidad de acordar con el FMI, pero está sin votos para hacerlo sin costos. 

 

En el mismo año en que condujo al PJ unido a la derrota electoral más contundente de su historia, Cristina obtuvo la mayor cantidad de beneficios en términos de impunidad personal.

 

El Gobierno orienta su campaña a legitimar una nueva cesación de pagos de la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

El punto de quiebre la realidad que demanda acuerdos y el gobierno que ensueña hegemonía, se debe fundamentalmente a las urgencias judiciales de la principal dirigente oficialista.

 

La sociedad argentina que cambió con la pandemia habló por primera vez en las elecciones primarias y el Gobierno nacional respondió desde las vísceras. Cristina Kirchner le impuso a Alberto Fernández tres cosas: un destino de presidencia asintomática; un gabinete que oficie como surtidor de déficit; una campaña descentralizada en los jefes territoriales.

 

Cristina Kirchner se ha replegado para ver si el nuevo experimento funciona para recuperar terreno en las elecciones.

El Gobierno tropezó con sus mentiras y se impuso la realidad.

El electorado eligió transformar la indignación en voto. Una mayoría contundente decidió darle a la política una dosis de legitimidad renovada, para ver si así puede enfrentar la crisis.

 

La apuesta central de Cristina es pasar rápido el trance de las primarias y que luego el clima social mejore.

 

 

Para el mediano plazo, el oficialismo prepara el terreno para el día después de la elección. Cuando deberá hacerse cargo -en la victoria o en la derrota- del ajuste por el sinceramiento de las variables económicas y vencimientos con el FMI.

 

Las elecciones, sin inmunidad colectiva y con la inflación de la vieja normalidad.

Al resucitar las Paso, Juntos por el Cambio sinceró su crisis interna: no logra procesar sus diferencias sin fiscalización estatal.

Ni siquiera aquella cifra de 100.000 muertes, que conmueve por su gravísimo impacto humanitario, provocó un esbozo de autocrítica oficial por el fracaso de la estrategia sanitaria.

La sensatez le aconsejaría a Cristina cesar con los delirios persecutorios, acordar con sus adversarios, diseñar un paraguas de contención sistémica, amortiguar los crujidos de una crisis cuyo agravamiento puede ser irreversible.

La convicción republicana se equivocaría si pretende bascular, indecisa y mezquina, equidistando en el centro imaginario y desertor.

La escasa popularidad del Presidente instala el 2023 en el oficialismo.

Si fuese por el clima social que registran las encuestas, los resultados de noviembre ya estarían definidos. El sondeo de la Universidad de San Andrés reveló que sólo un 11% de los encuestados está conforme con la marcha del país.

Entre contagios e inflación, la vicepresidenta de la Nación avanza sobre la Justicia.

 

Los dos lóbulos de la macrocefalia argentina, en disputa por el futuro de todo el territorio nacional.

 

 

Nunca amaneció el campamento estudiantil y solidario que esperaba el kirchnerismo como resultado de la crisis final del capitalismo. Algo de lo que se convenció a sí mismo cuando el sistema económico global se preguntaba cómo se las arreglaría frente al parate mundial.

 

 

La región se tensiona con elecciones que, sobre todo, expresan la gravedad de la crisis desatada por la pandemia.

El ministro Guzmán volvió con poco de Estados Unidos, pero el kirchnerismo imagina mucho.

La vice impuso su programa; ahora tiene que funcionar.

Impulsa una ley de amnistía en favor de los kirchneristas investigados y la postergación de pagos al Fondo Monetario.

Alberto Fernández, Sergio Massa y Máximo Kirchner ponen a prueba todos los días el umbral de resistencia de la oposición.

El oficialismo teme al momento en que se abran las urnas, por eso intentaría postergar las primarias e incluso las elecciones generales hasta fin de año.

El presidente convalidó el ataque de su vicepresidenta a la Corte. Eso le agrega a la crisis una gravedad institucional inédita.

El país terminará el año con 40 mil muertos de la peste y el penúltimo lugar en el ranking de los que gestionaron de manera más ineficiente la emergencia.

 

Abigail Jiménez es un nombre del estado de excepción. Se sabe: es la niña enferma de cáncer que tuvo que ser cargada en brazos por su padre para traspasar un puesto caminero que estaba a las órdenes del gobernador santiagueño Gerardo Zamora.

 

Todo fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación es como una muñeca rusa: lleva adentro decisiones y argumentos que exceden la carátula. Es su condición. La Corte siempre resuelve sobre un caso para responder a muchos otros. En la decisión que tomó ayer, esa multiplicidad intrínseca se advierte en su máxima expresión.

El 19 de mayo pasado, en la planta que la empresa Volkswagen tiene en General Pacheco, provincia de Buenos Aires, el presidente Alberto Fernández narró el modo fortuito en el que se enteró de la gravedad del coronavirus.

Raúl Alfonsín demostró que era capaz de refutar desde un atril de iglesia la falsedad de un sermón objetable. No hubiese admitido sin queja el relato de una mentira. Vale la advertencia para el recuerdo que sigue: una tarde de 1973, el todavía presidente Héctor Cámpora lo visitó en el departamento que Alfonsín tenía en la avenida Santa Fe, en la Capital Federal. Mientras compartían un café, Cámpora le deslizó un comentario: “Al poder político lo tiene Perón”.

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