Sábado, 18 Julio 2020 21:00

El Presidente, esmerilado - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por

En apenas siete meses afloran las contradicciones de Cristina y Alberto. El mandatario se sostiene con la pandemia. Pero va cediendo parte del capital político.

 

La política suele tener infinidad de pliegues y extravagancias. La Argentina, en ese aspecto, es casi una botica. Más allá de interpretaciones y voluntarismos se impone siempre cierta lógica. El poder navega en las aguas del dirigente que tiene los votos. Cualquier liderazgo demanda esa condición.

Cristina Fernández y sus satélites empezaron a instalar aquel debate de fondo a los siete meses de gobierno. Sucede por los cuestionamientos públicos que sufre Alberto Fernández al haberse apartado quizás de la hoja de ruta que prefiere el kirchnerismo. Es una controversia demasiado precoz en una nación que enfrenta un futuro horroroso. Es la consecuencia de una audaz maniobra electoral que alteró el sentido común de la política. No es la primera vez en la historia que el peronismo lo altera.

Ese juego político abierto puede podría tener tres desemboques. Un equilibrio permanente entre el Presidente y su vicepresidenta. Difícil en una coalición donde ella pesa más. La prevalencia definitiva de Cristina. Acentuaría el desencanto peronista en el Frente. O la imposición de Alberto, a partir de las ofertas que le hace el PJ y sectores de la oposición, de ampliar la base política de la coalición. Ensayo hoy traumático y rupturista.

El Procurador del Tesoro, Carlos Zannini, atesora en su manual una definición atendible en estos tiempos. Repite que las coaliciones –aquí y en el mundo— sostienen pero no lideran. El axioma pierde fuerza, tal vez, en los modelos parlamentarios. Se potencia en los presidencialistas. De allí, la necesidad de un líder nítido.

La definición aplicaría en la Argentina tanto al Frente de Todos como a Cambiemos. Son ensayos novatos que reemplazan el reinado tradicional del bipartidismo. Explica además por qué razón, habiendo reunido en las últimas elecciones casi el 90% de los votos, nunca alcanzan a consolidar su representación. Las masivas protestas callejeras –dos en siete meses—sin un eje en las demandas reflejan aquel déficit. Habrá que aguardar otras cuando la cuarentena se corra y descubra las ruinas económica- sociales.

Aquella definición de Zannini podría encerrar una contradicción. ¿No ejerce Cristina acaso un liderazgo? Lo ejerce, pero en un tercio de la población. Con un efecto extremadamente reactivo en el otro 70%. Un volumen que podría resultar propicio para cualquier oposición. Pero Cambiemos, más cohesionado que el Frente de Todos, tampoco ofrece una jefatura indiscutida. Mauricio Macri no la representa. Sus espasmos públicos no lo ayudan. El viaje inexplicable a Paraguay en medio de la pandemia produjo más escozores que aprobaciones en su coalición. Pretende erigirse en un émulo civilizado de Jair Bolsonaro. La reivindicación de las libertades y la economía, en medio de la ahora escalonada cuarentena del Gobierno.

También emerge inexplicable –menos en la Argentina—que Alberto resulte desafiado en una instancia tan delicada. La presión social lo obligó, junto a Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, a morigerar la cuarentena justo en el momento crítico de la curva de contagios. Pone en juego el éxito de su política sanitaria. No tiene otro margen. Por los números de la catástrofe económica y los recursos del Estado que se agotan. Solo en los últimos dos meses, la emisión para sostener el encierro significó el 67% de la recaudación. Insostenible.

Suceden otras cosas. El pejotismo, que puso sus expectativas iniciales en el Presidente, permanece inactivo. Algo similar pasa con una legión de intendentes del conurbano que reniegan de Kicillof y desearían mantener lejos a Cristina. Se trata de un déficit político del cual Alberto debe hacerse cargo.

Esa desprotección tornó evidente la controversia alrededor de algunas decisiones. Vale la pena una cronología. Alberto recibió los primeros días de mayo y junio a empresarios y sindicalistas. A los pocos días de la segunda reunión Cristina promovió la intervención y expropiación de la agro-industrial Vicentin. Generó un enorme revuelo social y político, que ahora parece aplacarse con una solución consensuada entre la Justicia, los dueños de la empresa y los acreedores. El 9 de Julio repitió la práctica con el llamado Grupo de los 6. La vicepresidenta volvió a desacreditarlo y habilitó la irreverente ofensiva de Hebe de Bonafini.

En ese decurso, el Presidente asomó errático y concesivo. La semana pasada confesó que se había equivocado con Vicentin. Creyó, dijo, que la gente se iba a poner contenta con la medida de intervenir. Explicación increíble, salvo para ahuyentar la idea que esa propuesta nació en el Instituto Patria. Luego mostró una condescendencia llamativa con Hebe. La llamó para decirle que le respondería por carta. Lo hizo cuatro horas después con lenguaje sumiso. No dijo, en cambio, una palabra sobre los empresarios a quienes la titular de Madres de Plaza de Mayo calificó de “saqueadores” y “secuestradores de nuestros hijos”.

En ese momento de destemplanza el Presidente recibió un auxilio. Sergio Massa promovió una teleconferencia con la oposición. Costó ordenarla y hasta tuvo la injerencia de Cristina que designó como fiscales a su hijo, el diputado Máximo Kirchner y a los senadores José Mayans y Anabel Fernández Sagasti. Pero sirvió, al margen de una agenda vaga, para que Alberto no asomara en soledad en una instancia tan difícil.

Habría que reparar, a propósito, en el papel del jefe del Frente Renovador. Sobre todo por el tándem activo que ha establecido con Máximo. El titular de la Cámara de Diputados, entre varios motivos, lo desea como aliado para atemperar el recelo que le dispensa Cristina. El mismo día que la vicepresidenta cargó contra Alberto con un tuit, lo hizo también contra Massa. El primero por su ruido tapó al segundo. Se burló de los ataques a los silobolsas que, ante la inacción oficial, viene denunciando el campo. Días antes Massa había presentado un proyecto para castigar hasta con 10 años de prisión a los boicoteadores.

Aquel tándem de Massa-Máximo posee una tercera pata. Es Eduardo “Wado” de Pedro. El ministro del Interior sería el hombre de La Cámpora más proclive a apaciguar los ánimos. Consciente de la gravedad del momento que, a diferencia de otros militantes, lo induce a desideologizar conversaciones. Los tres tomaron parte de esa cena con empresarios (Jorge Brito, Marcos Bulgheroni, Marcelo Mindlin, Miguel Acevedo y Hugo Dragonetti) que demasiada expectativa provocó. El interés radicó en desentrañar el pensamiento del hijo de Cristina.

El diputado se mostró como experto de la pandemia. Revoleó números, curvas de contagio y comparaciones. Es un tema que sigue de verdad. En un desarrollo más acotado se preocupó también por disipar las grandes dudas empresarias acerca de su visión de la economía. Reiteró con énfasis que es un defensor del capitalismo. Casi una obviedad. ¿Cuál podría ser la alternativa a esta altura de la historia? El interrogante circuló entre el grupo de anfitriones.

Alrededor de Máximo se empiezan a tejer composiciones. Antes por tanteos que por certezas. Se le atribuye un pragmatismo del que carecería Cristina. También un interés por las cifras del ordenamiento macro económico. Allí alumbraría la similitud imaginaria con su padre, Néstor Kirchner. El ex presidente cuidó los equilibrios entre 2003-2007. Pudo hacerlo por un contexto internacional altamente favorable. Nadie sabe si esa similitud sería aplicable también a la matriz capitalista que insinuó su padre y perfeccionó su madre. La del supuesto desarrollo nacional con los empresarios amigos.

Los recuerdos de Lázaro Báez o Cristóbal López no son ahora propicios. Ambos arrastran juicios por enriquecimiento y fraude. Aunque el peronismo, en sus innúmeras vertientes, suele demostrar tal inclinación. También ocurrió durante el menemismo con Alfredo Yabrán, que se terminó suicidando luego del asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas.

El enigma todavía indescifrable para todos es el papel y la envergadura de la participación del Estado para recuperar la economía y re-edificar un capitalismo competitivo. Tampoco Máximo echa luz en ese terreno. Cristina promueve al Estado como eje indispensable e insustituible. Aún quebrado como está. El Presidente oscila. La llegada al poder acentuó su visión estatista que no tenía en sus años en el llano. Se le nota cuando aborda la pandemia e, incluso, en los paliativos para la crisis social. Las ideas tienen una sola dirección. Por caso, convertir el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) que tiene dificultades para pagar en una próxima asignación universal. La usina es siempre el Estado. ¿Con qué recursos? ¿Con mayor presión tributaria? Sería la soga en la casa del degollado.

Alberto no ignora, por formación, que ningún repunte será posible sin el motor de la actividad privada. Por ese motivo, sus idas y vueltas con empresarios que internamente le cuestan dolores de cabeza. También la admonición a Hugo Moyano, a quien supo calificar de “ejemplar”, por el bloqueo prepotente a las plantas de Mercado Libre. Una verdadera insensatez en medio de la cuarentena.

La Argentina asoma envuelta en aquellas turbulencias cuando debe enfrentar el derrumbe económico-social. Alberto, a veces, colabora degradando la palabra. Resultó inaudita su defensa del pacto con Irán, del cual fue severo y lúcido crítico. Fue incomprensible su justificación ante un periodista por la postura ilegible que el Gobierno sostiene sobre Venezuela.

La palabra pública es también indispensable para generar confianza. La confianza suele ser nutriente vital del poder.


Eduardo van der Kooy

Visto 763 veces

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…