Domingo, 11 Octubre 2020 09:58

Cristina Kirchner, hacete cargo - Por Marcos Novaro

Escrito por

Queriéndolo o no, vacía el poder del Presidente. Se vio en el enredo venezolano y se ve en la economía. Es hora de que deje de reinar desde el Olimpo y meta los pies en el barrio. Este lío lo armó ella, que lo arregle.

Cristina Kirchner inventó una fórmula para ganar las elecciones de 2019 que ha demostrado ser muy mala para gobernar, y que se volvió por completo inviable desde que la crisis económica y sanitaria se agravó.

En esa fórmula, ella reina, pero no gobierna. Se ocupa exclusivamente de lo que le interesa, que son sus juicios, y ni siquiera interviene para avalar lo que su gobierno hace en todo lo que le interesa al resto de los argentinos, la economía, la pandemia y demás asuntos mundanos. Como una diosa desde el Olimpo, contempla el drama humano entre aburrida e indiferente. Eventualmente interviene para favorecer a unos u otros, sin meter los pies en el barrio. No vaya a ser que se le ensucien.

Ante todo, lo hace porque en esos asuntos no tiene mucho para ganar, todo pinta mal. Pero al actuar de esa manera pinta cada vez peor, porque sus seguidores se sienten autorizados a cuestionar permanentemente al presidente, y todos los demás desconfían. Descreen cada vez más de la capacidad de Alberto de imponer una política más sensata, aun cuando quisiera hacerlo, y temen lo que resultaría que los cristinistas se salgan con la suya y nadie los contenga. En síntesis, se ha armado un combo perfecto para promover la ingobernabilidad.

Uno que trae a la memoria, curiosamente, a los que en varias ocasiones del pasado el peronismo usó para enloquecer a sus rivales ocasionalmente en el poder: sus sectores radicalizados le muerden los talones a las autoridades de turno con demandas y planteos casi siempre imposibles de satisfacer, hasta que unos y otros se convencen de que solo un jefe peronista puede disciplinar a esa gente y poner orden; así, éste se vuelve la solución para el problema que él mismo ha generado.

Esto es lo que hace hoy Cristina: voluntaria o involuntariamente, como se quiera verlo, es la máxima promotora del desgaste de Alberto, y se va volviendo la única solución disponible para los problemas que él no puede resolver. Meses atrás se esperaba que él se independizara, marcara su propio camino, pero ese sueño quedó ya en el olvido, ahora la cuestión es cuándo, si no será demasiado tarde, y con qué intenciones, ella se dignará bajar del Olimpo a poner orden en el conventillo en que se ha convertido el gobierno que se ejerce en su nombre.

Mientras eso no suceda, como en la fábula del escorpión y la rana, los K no pueden resistirse a seguir horadando la autoridad del presidente. Quien lidia con sus propios reflejos suicidas, y comete errores que lo debilitan más y más. El enredo de la semana, las idas y vueltas sobre la cuestión venezolana, ilustran lo dañino que ese juego resulta para la gestión, y los ruidos que generan la simultánea presencia y ausencia de Cristina en la toma de decisiones. Ofrece así útiles lecciones sobre los problemas de la fórmula de gobierno de los Fernández, y la urgencia de cambiarla.

Convengamos que era difícil hacer las cosas tan mal, ni queriendo. Alberto sabe, desde que los funcionarios norteamericanos se lo comunicaron sin medias tintas antes de que asumiera, que con el tema Venezuela no había chance de hacerse el loco, y un giro drástico respecto a lo que había venido haciendo Macri al respecto iba a ser considerado en EEUU un gesto de enemistad intolerable. Debía saber por lo tanto que no iba a pasar desapercibido lo que dijeran sus diplomáticos sobre el informe Bachelet. Haber dejado que Carlos Raimundi, su representante ante la OEA, lo rechazara, encima con un planteo puerilmente antiimperialista, fue de una enorme torpeza. Obligado a corregir ese error, no tenía margen para abstenerse en la votación en la ONU, como haría México. Pero podría haber dispuesto el despido de Raimundi, diciendo que él no había consultado al Canciller, fuera o no cierto, y acordado con Cristina que lo ayudara a contener a su gente cuando se plegara a la posición de Washington. En vez de eso disculpó a Raimundi y salió a atajarse de las quejas y portazos de quienes aprovecharon para hacer profesión de fe chavista, en particular la ex azafata, ex amiga de Chávez y ex aspirante a hacerse amiga de Putin, la entusiasta Alicia Castro.

Primera lección: la distribución fragmentada de los cargos del Estado entre todas las facciones del Frente de Todos fue una pésima idea, para todas las áreas de gestión trae enormes problemas, pero ellos se vuelven inmanejables en aquellas, como las relaciones exteriores, en que el Estado argentino tiene que tener una sola posición, no ocho.

Que un presidente llame a alguien que acaba de tirarle en la cara su renuncia ya es un gesto grave de debilidad, en que nadie en su sano juicio incurre sin pensarlo dos veces. Pero si encima quien cuenta el episodio (inventándolo o exagerándolo, para el caso no importa) es la renunciante, y lo hace para evidenciar que le importa nada la autoridad del jefe de Estado, desconociéndole todo liderazgo sobre ella y sobre quienes piensan como ella, se vuelve un verdadero escándalo, que ninguna persona con mínima dignidad soportaría calladamente. Solo en un ambiente ya muy contaminado por gestos y resoluciones que debilitan la autoridad presidencial puede parecer normal y pasar de largo una situación como la descripta. Pero claro, la situación de nuestro actual gobierno dista cada vez más de la normalidad: empezó mal desde su origen, cuando Alberto aceptó ser candidato, se alejó más todavía de la sensatez cuando él pobló su administración de gente que consulta a otros antes de hacerle caso, y salió del todo de cauce desde que un grupo de uniformados bonaerenses rodeó la residencia presidencial y levantó el bloqueo recién cuando se satisficieron todos sus reclamos.

Segunda lección: para el kirchnerismo no es suficiente que Alberto se esmere en mostrarse leal a Cristina, seguidor devoto de Néstor y garante de la impunidad de todos los crímenes que ellos y sus amigos hayan cometido; siempre va a considerarlo un extraño poco confiable; así fue con Scioli, y así sucede con gobernadores y sindicalistas que no son del palo; que Alberto espere otra cosa es un síntoma de su desubique y un pase directo a protagonizar situaciones bochornosas.

De todos modos, él aún podía aclarar las cosas sentando una posición razonable sobre el tema en discusión, las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, y al menos rescatar su idea de una “diplomacia en equilibrio”. Pero si lo intentó fue poco claro, y el resultado volvió a ser penoso: en vez de convencer a unos y otros de que al menos a Argentina se le puede reconocer que le importan los derechos humanos hasta cuando los violan gobiernos con los que el suyo simpatiza, dejó que circulara el rumor de que iba a “llamar a Maduro para darle explicaciones”, y lo único que dejó en claro fue que ni los chavistas del Grupo de Puebla pueden confiar en él, ni pueden hacerlo tampoco los integrantes del Grupo de Lima. “Más solo que Alberto en la OEA” se va a volver de aquí en adelante una expresión de uso coloquial en los corrillos diplomáticos.

Tercera lección: hay muchas cuestiones, de política externa e interna, que no tiene sentido intentar resolver con ambigüedades, porque se vuelven fácilmente ni chicha ni limonada, dejan insatisfechos a tirios y troyanos, así que es preferible fijar un rumbo y bancarse las peleas, para lo cual ante todo hay que decidir el rumbo, y que él sea mínimamente viable.

Esta última es la cuestión fundamental, la que más problemas está generando en un equipo de gobierno en que no hay rumbo ni líderes. Empezando por el presidente, siguiendo por el jefe de gabinete, y terminando por los principales ministerios, que no cuentan con lo mínimo necesario para hacer una gestión razonable, mucho menos en una situación tan difícil como la que se enfrenta. Es lo que está quedando plenamente a la vista en materia económica, donde las consecuencias negativas de ir a los tumbos son más inmediatas y potencialmente más destructivas que en política exterior.

Los desmanejos con el dólar, justo cuando se empieza a negociar con el Fondo, la última oportunidad que tiene el gobierno de hacerse de apoyos externos para contener el desmadre, a menos que se siga soñando con al opción china, no auguran nada bueno. Bastaron un par de días para que quedara en claro a las autoridades locales que la misión técnica del organismo no va a enredarse en discusiones instrumentales sobre baja del gasto o suba de impuestos, va a reclamar sí que se fije un horizonte para estabilizar la economía. “Háganlo como quieran, pero háganlo”, esa es más o menos la idea. Con lo cual al gobierno le va a resultar difícil decir que está “resistiendo el ajuste” o más todavía, que el ajuste que en efecto se está ejecutando, con aumentos de salarios y jubilaciones muy por debajo de la inflación, “es lo mínimo que podemos hacer porque el Fondo reclama algo mucho peor”. Esa lección al menos los burócratas del organismo la han aprendido, no es tan fácil como en el pasado usarlos para descargar responsabilidades.

Con lo cual, además, el Ejecutivo va a tener que dejar de jugar a las escondidas con el problema de cómo se va a ir cerrando el enorme agujero fiscal, y la consecuente destrucción de la ya desde antes menguada confianza en el peso. Ya asumió que no le conviene demorar las cosas, como hizo con los acreedores privados, una receta de Guzmán que solo le sirve a él para seguir en el cargo, al país le resulta carísima. Pronto va a entender también que le conviene pedir esos dólares que rechazó al asumir, los pendientes del programa que firmó Macri, porque de otro modo ni subiendo todos los impuestos imaginables va a poder evitar un mayor ajuste del gasto.

¿Y entonces, cómo lo va a justificar frente a los K? ¿Soportará amargamente más cuchillazos por la espalda y portazos en la nariz como los que recibió de Raimundi y Castro? ¿Y si el resultado es el mismo que con la condena a Maduro, y aunque se llegue a un acuerdo más provechoso financieramente con el Fondo, los efectos esperados en términos de confianza y gobernabilidad económica se le escurren de las manos? ¿No vivieron ya esa frustración con la renegociación de la deuda privada, como para no tener que pagar de nuevo los costos frente a tirios y troyanos, encima volver al punto de partida habiendo desperdiciado las oportunidades de recomponer un mínimo control sobre la economía?

Si acordaran con el Fondo en las mismas condiciones que lo hicieron con la mayoría en la ONU, o con la mayoría de los bonistas, el resultado va a ser el mismo, y el descontrol subsecuente de la situación económica podría ser ya irreparable. Así que ya no queda mucho tiempo para resolver la precondición para que cualquier medida puntual funcione: cambiar la fórmula de gobierno. Lo que implica, ante todo, que cambie la actitud y la función de Cristina. Que ella no solo frene a la jauría de mastines que le responde, y que se pasa todo el día mordiéndole los tobillos al presidente. Sino que se digne bajar de su puesto de observación indiferente en el Olimpo, para respaldar una política económica, cualquiera sea, en lo posible un plan de estabilización. Va a ser por su bien, porque de otro modo el barco se hunde, y ella también está a bordo.

En síntesis, la abstinencia de la jefa en los temas fundamentales de la gestión de gobierno se ha vuelto el más grave problema institucional, de todos los graves problemas institucionales que enfrentamos. Quienes pensaban que la solución era que Alberto la mantuviera alejada de los asuntos más críticos de su gestión, por empezar de los económicos, porque la desconfianza que su influencia generaba era el principal problema a resolver, van a tener que aceptar que ella sea al menos “parte de la solución”. Y si ella no quiere tener que pedirle a Alberto que renuncie dentro de unos meses, va a tener que consumir algo o mucho de su capital político en mantenerlo vivo. Ella lo puso, de ella depende salvarlo. No hay otra.

Marcos Novaro

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…