Domingo, 25 Octubre 2020 08:36

Estados alterados (es la desconfianza, estúpido) - Por Ignacio Zuleta

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La propia interna gubernamental genera, entre otros detalles, una suba en los diferentes dólares no oficiales. Las trapisondas de la mayoría derrumbaron cualquier acuerdo por el presupuesto 2021.

La desconfianza del público ante el gobierno no es una peste que venga de alguna comarca exótica. Es generada por el gobierno de adentro hacia afuera. No son confiables porque Alberto, Cristina y Massa no se tienen confianza entre sí, juegan al off side, esperan que al otro le vaya mal, y si a alguno le fuera mal, los otros no lo van a ayudar. Lo advierte el público, que tiene un olfato pampa para prevenirse del poder cuando muestra debilidad, y por eso achica los riesgos apartándose de todo aquello que dependa del gobierno, empezando por la moneda. Esa debilidad genera el cuentapropista del país de los okupas, la justicia por mano propia, la economía informal y los dólares paralelos.

Es simple: en la sociedad contemporánea el público – el mercado por usar una palabra desmejorada – soluciona mejor y por las propias los conflictos que el Estado – por usar otro término devaluado – no puede resolver. El público lee también el rostro de la desconfianza entre los integrantes de la trifecta oficial, que armó un esquema de gobierno que se deja arrastrar por la pelea de poder, para apoderarse del futuro, que no son los cargos actuales sino las posiciones electorales a disputar en 2021. En ese tablero juegan todos; quien domine manejará la estrategia de las presidenciales de 2023.

El cuadro de desconfianza preside los análisis que aportan expertos de todos los signos. Ricardo Arriazu, uno de los economistas más consultados, le da otra vuelta al principal problema del gobierno. No se trata de nombres ni de estrategias. "Están embromados, pero tienen margen. Si no logran la confianza, sí se van a quedar sin instrumentos", dijo en la exposición que dio el jueves a los invitados del fondo Quinquela.

La desconfianza inhibe las ventajas que podrían darle activos desperdiciados. Una es la coincidencia en el debate sobre la deuda, entre Alberto Fernández y Cristina de Kirchner: actuaron sin diferencias en el apoyo a la negociación con bonistas privados. Imposible de lograr si hubieran actuado con la misma ligereza y falta de solidaridad que muestran en otros asuntos. Otro activo es que quienes manejan la política cambiaria - Guzmán, Miguel Pesce o Cecilia Todesca - parecen entender cuál es problema del tipo de cambio. Pero no les alcanza para encontrar una salida, no por error de diagnóstico, sino por las dificultes para lograr que cualquier solución la acepte el público, que desconfía.

El presupuesto no será una "ley Guzmán"

La división del peronismo no empezó ahora; cifró el destino de esa fuerza en los últimos 20 años, la mitad en el ciclo Kirchner, y la superó con el acuerdo que sacó a Cristina del primer lugar de la fórmula. Aunque no la remedian esas extravagancias de ocasión, como el reencuentro de la vicepresidente con los principales detractores que tuvo bajo sus dos presidencias. Los unió un objetivo legítimo: ganar, mantener, y no perder, el poder. Les fue bien, pero los obliga a una puja interna permanente por el control del nuevo proceso, algo que han heredado, no han elegido y no pueden abandonar, so riesgo de perderlo todo en manos de la ambición de los socios. Estas inquinas sostienen la tesis más rancia del peronismo K: quien negocia es un traidor.

Dictamen que cierra el camino a una asociación constructiva con la oposición, que podría ser la base de alguna reconstrucción de la confianza. Ninguno de los tres se anima a avanzar, porque teme comprarse el costo de la soledad en ese trámite, por ejemplo, en un pacto con la oposición. Lo logró Martín Guzmán en dos ocasiones, para aprobar leyes como la de emergencia (diciembre) y la de reestructuración de la deuda (enero). Pidió otra ley con el mismo consenso para ir a ahora a la negociación con el FMI: el presupuesto, que quiere tenga una aprobación unánime, o lo más cercano posible al apoyo masivo de la oposición.

El motivo es impresionar al FMI, como antes a los bonistas privados, con el respaldo opositor, que les asegurará alguna sustentabilidad a interlocutores desconfiados. Lo pide el Fondo cuando pide “consensos amplios”. Los personeros de Hacienda y de la jefatura de gabinete distrajeron al bloque de Juntos por el Cambio durante una semana, con negociaciones sobre un dictamen que conformarse a todos.

Cuando parecía que había una base de acuerdo, el jueves los madrugaron con un nuevo dictamen que parecía ignorar todo lo conversado, con cláusulas impositivas agregadas, que desarrollaban más de 40 artículos nuevos. Ese día Cambiemos se negó discutir, pero el peronismo lo intimó a hacerlo en la reunión del viernes, para que el miércoles próximo vaya al Senado. Con este método, el presupuesto perderá el encanto de ser una “ley Guzmán” porque Juntos por el Cambio -a menos que pase algo nuevo este fin de semana-, se abstendrá en la votación.

Quién paga la factura del internismo

¿Qué motivo hubo para romper esa conversación, que ya todos aceptaban como una manera de asegurar sustentabilidad? Valió más el beneficio de arrear a la oposición, para no mostrarse blandos hacia adentro de la coalición, que el interés público que puede tener un presupuesto aprobado por mayoría casi total.

Es un daño añadido a la inestabilidad general, porque en diputados el oficialismo viene teniendo votaciones que gana, pero con el número justo, como ocurrió en la votación en particular de la ley que les da el fast track a los laboratorios para producir la vacuna contra la peste, en la que ganó con apenas 127, dos por debajo del número de 129 necesario para sesionar.

En cualquier legislatura normal, le hubiera costado la cabeza al jefe del bloque oficialista, o al presidente de la cámara. Esto no pasaba con Pierri, ni con Rafael Pascual, ni Julián Domínguez, ni con Emilio Monzó. ¿Quién paga? Unos dirán que el país, pero esa factura la paga Guzmán, hoy la luz de sus ojos de Alberto, rol que cumplía en trío Peña-Quintana-Lopetegui para Macri, con perdón de la palabra. Estas peleas las blanquea la necesidad: el oficialismo pelea por el poder dentro del palacio, aunque la víctima sea el interés público.

Eso les da inmunidad a Máximo y a Massa, aunque no puedan cumplir el mandato básico de un legislador, que es construir mayorías sustentables, no ganar partidos en tiempo suplementario ni por penales. La gobernabilidad por sobre cualquier programa. Es el drama de los gobiernos débiles.

El aborto, muestra de las desconfianzas entre los socios del gobierno

El entuerto llevó a Massa, que había organizado los encuentros virtuales de toda la semana con los legisladores y los gobernadores de Cambiemos, a la cama. Se acerca fin de año, diría Adolfo, y el cuerpo lo siente. Puede tener destino de bisturí, porque lo tironean otras picardías en la cúpula. Así hay que mencionar la trama del regreso del proyecto de despenalización del aborto.

Logró postergar la reunión que le habían impuesto, a través la prensa, con Cristina y organizaciones de los pañuelos verdes. Se enteró por los diarios de ese encuentro, como le ocurrió a Alberto, valedor del proyecto pero que lo tiene pisado para un mejor momento. Le produjo un fuego en la sala de máquinas, Olivos, donde conviven dos alas: la laica y la libre, la papista y la profana. A esta última pertenece – junto a Santiago Cafiero y Vilma Ibarra- la asesora presidencial Dora Barrancas, que dijo a una radio que Massa estaría este jueves (pasado) con Cristina y una delegación de las verdes para lanzar el proyecto. “No sé si no hago una infidencia”, dijo palabras más, palabras menos.

El ala papista – Béliz, Valdés - corrió a Olivos a pedir cuentas y Alberto dijo haberse enterado también por la radio. Es cautivo de la iniciativa, de la que habla cada vez que puede, pero que cree no le conviene precipitar. Algún asesor publicitario quiso convencerlo de que no estaría mal reemplazar un verde por otro verde, el dólar por el pañuelo. Trapisondas, aunque eso moleste a quienes promueven este proyecto, como Alberto, sobre la base de sus convicciones, glándula disfuncional por lo menos en Massa, que dejaron - como Massa y Cristina - las convicciones, no ya en la puerta, sino que las deben haber perdido en el viaje de regreso al Patria.

Massa a dos puntas: verdes y celestes

A Massa le cayó grueso y postergó la reunión para el próximo miércoles, pero no será sólo con organizaciones “verdes” sino también con los “celestes”. El jefe de los diputados se salvó en 2018 del compromiso de votar el anterior proyecto, porque no era diputado. Pero su mujer Malena es una encendida verde. Los diputados que manejaba en aquel momento, sin embargo, votaron la mayoría contra el proyecto – 9 sobre 11.

También habrá advertido el silencio de Cristina, que preside el Senado y apoyó en 2018 el proyecto, pero se ocupó de que el peronismo aportase un voto clave al No, que ganó y volteó la iniciativa, con el pase de la senadora Silvina García Larraburu de su bloque al de Miguel Pichetto, en donde sostuvo el rechazo al proyecto, junto al principal antiabortista de esa cámara José Mayans, que hoy presidente la bancada cristinista.

Massa quiere horizontalizar el debate, porque entiende la dificultad de que se superponga, si lo mandan ahora, con el debate del presupuesto o la ley contra los recontra ricos. Es un hombre fogueado en bilocaciones: en las últimas elecciones presidenciales de los EE.UU. le levantó la mano a Trump y a Hillary, sin que se le corriese el rimmel. También sabe que en aquella batalla de 2018 Macri lanzó el proyecto para dividir a la oposición – como antes había planteado la misma cuestión, con el mismo objetivo, Carlos Menem durante la convención constituyente de 1994.

Se protegió con que él estaba en contra, pero el proyecto avanzó y dividió más al oficialismo. Tanto fue que pasaron muchos meses para que Mario Negri pudiera reunir al interbloque de Cambiemos, perforado por las heridas que le causó la pelea interna. Fue una herida política al oficialismo de entonces, que agravó la crisis de aquel gobierno, con la economía en picada desde diciembre de 2017. Encima la pelea la ganaron Macri y Bergoglio, dos adversarios del peronismo de entonces.

Las ventajas que da el Senado, aunque faltan aún los votos

Hoy, avanzar en el proyecto del aborto lo indispone al gobierno con el Papa. Además, los sectores celestes han encontrado algo que no tuvieron en 2018: la militancia de los obispos, que desde enero se han pronunciado dos veces contra el aborto. Los sectores jóvenes antiaborto se están reuniendo todos los días para armar campañas que cuentan con el apoyo de las iglesias evangélicas. Ya hay guerra de espacios en el enrejado que protege al palacio del Congreso. Los “verdes” colgaron decenas de pañuelos para promover sus consignas. Duraron poco, porque una banda de “celestes” los arrancó y puso los suyos. Los hashtags #Abortoesestallido, #Abortoesdescarte o #sihayabortoardetodo, han rankeado como trending topics en días pasados.

Los curas villeros, que hoy militan junto al gobierno, están en contra y son otro germen de división con mucho impacto en sectores medios y medio-bajos. Otros librepensadores del oficialismo, como Juan Grabois, tampoco intervienen en el proyecto. “Mis compañeras me llamaron al orden y me dijeron que era un tema de debate de las mujeres. Soy orgánico, se me pidió eso y no me pronuncio más.", dijo el jefe de la CTEP en agosto.

En el gobierno temen que sea otro Vicentin, que además hiera la identificación de muchos del gobierno con Francisco. Para el Papa, Macri fue un frívolo y un oportunista cuando lanzó el tema del aborto. Este gobierno tiene otras deudas con él, como para que le regalen la aprobación del aborto justo cuando el papa es argentino. Massa y Alberto se sienten punto en esta trama. ¿Quién es banca? Y giran los ojos hacia el Instituto Patria, desde donde ella calla, y nunca confirmó la convocatoria que publicitó la asesora Barrancos. Esperable, porque en 2018 tampoco apareció en el debate, salvo el día de la votación.

Entre los sectores que se oponen a la despenalización creen que ese silencio anuncia la estrategia de hacer entrar el proyecto por el Senado, adonde tiene más chances de obtener la aprobación. No tienen hoy lo tantos: un punteo de los celestes están hoy 35 votos arriba, o 36 si reapareciese José Alperovich y votase como en 2018. El Sí verde tiene 32 y hay cuatro indecisos sobre los que se concentrarán las presiones de los dos sectores.

El Senado es, además, la cámara que menos puede retocar el proyecto que, aunque no se le conoce la letra, contendrá cláusulas distintas al de 2018, para ampliar adhesiones: plazos menores para la interrupción, objeción de conciencia de médicos, pero también de instituciones para no realizar la interrupción, etc. Algo parecido al proyecto que intentaron presentar senadores de Córdoba y Omar Perotti para ceder con los celestes a cambio de que saliese.

En el sector celeste se impuso la táctica de Federico Pinedo de no presentar dictamen en disidencia. Si se caía el de mayoría, pasarían a aprobar el de minoría. Propuso algo más eficaz: sin otro dictamen, si lo que venía de Diputados no alcanzaba los votos necesarios, se caía todo, como se cayó. El silencio de Cristina justifica la chanza que circula entre propios y extraños, que afirma que Cristina es como Dios: hace el bien, tampoco el mal, pero lo permite. Deja que los demás se equivoquen y se ocupa de estar bien lejos de las consecuencias. Hasta ahora, según Macri, ella sólo llega a ser Maradona. A Dios le sale todo bien; al 10, un ángel caído, la mayoría de lo que emprende le sale mal. Como le ocurre a ella.

Ignacio Zuleta

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