Domingo, 24 Enero 2021 09:42

Con leyes de 129 votos, nada te va a durar mucho - Por Ignacio Zuleta

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Limites. Gobernar con ventaja de muy pocos votos genera una democracia de patas cortas. La binarización de los sistemas políticos y la necesidad de destruir al adversario. ¿Quién podría suceder a Rodríguez Larreta?

Gobernar sobre el filo de la mayoría produce una democracia de patas cortas. ¿Cuánto le duró al sistema jubilatorio la fórmula de actualización que propuso el gobierno de Cambiemos en diciembre de 2017? Lo que sobrevivió la leve mayoría que había obtenido en la aprobación en la cámara de diputados: 127 contra 117 negativos. Dos votos menos que los 129 que se necesitan de quórum para arrancar una sesión. ¿Cuánto puede llegar a durar la que aprobó a fines de 2020 la misma cámara, a propuesta de la nueva administración de los Fernández?

Mejor no levantar apuestas, porque obtuvo 132 votos contra 119. Fue una aprobación jugando sobre el fleje, por un gobierno que ganó el poder en 2019 por una amplia mayoría y en primera vuelta. Podía permitirse aplicar otro método, que fuera más allá de una victoria legislativa, de madrugada y fuera de los faroles, que le diera más solidez a un sistema que se gasta la mitad del presupuesto público. Con ese margen de mayoría, no pasará mucho tiempo hasta que otro giro de la ruleta electoral renueve el debate y vuelva a cambiar la fórmula, siempre por un margen mínimo. Una condena a la provisoriedad, negocio de pocos para mal de muchos. Consuela que es consecuencia y no causa de males. Es fruto de la debilidad de la dirigencia, víctima de los fracasos encadenados de todos los gobiernos. Impacienta que nadie haga mucho por remontarlo.

Democracia de patas cortas

¿Dónde está el negocio de promover reformas de fondo sin avanzar en acuerdos que construyan leyes que perduren en el tiempo? Es sencillo imaginar la respuesta: los gobiernos valoran más la gobernabilidad que el servicio al interés público. Ponderan como más eficaz mostrarse con músculo para la foto instantánea, que resignar poder en beneficio de decisiones duraderas. La legislatura que terminó su período en diciembre pasado, consagró en el primer año del gobierno que ése es el método: hacer la revolución con los votos justos. La ley de movilidad salió en Diputados por 132 a 119, pero la de despenalización del aborto, una cuestión que se debatió como pocas en la historia, apenas logró 131 contra 117. Como si no hubiera pasado el tiempo, porque en junio de 2018, ese proyecto había sido aprobado en Diputados por 129 a 125. El mismo método de patas cortas aplicó el oficialismo para recortarle los fondos para el pago de la policía de la CABA a la administración de Juntos por el Cambio: 129 a 115, y eso que la iniciativa tuvo el apoyo de la mayoría de los gobernadores de la Argentina. No les fue mejor con el impuesto a la riqueza, que salió por 133 a 115. El Presupuesto, que siempre es el producto de una negociación con todos los actores de todos los niveles y de todos los partidos, se aprobó por 138 a 15 y con 90 abstenciones.

Una derrota electoral no mata a nadie

Esta pobreza franciscana se agrava con un fenómeno de la política contemporánea en todo el mundo, que es la binarización de los sistemas políticos. Es consecuencia de la polarización y del rol que juega en las decisiones colectivas, el haz de recursos con que cuenta el público para votar e influir en el curso de los hechos. Ese fenómeno que produce sociedades empatadas en cada elección es consecuencia de procesos que no es fácil controlar. Y más cuando los protagonistas buscan abrigo en los beneficios de la polarización.

La última encíclica del papa Francisco señala ese mal: “Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar”. La sociedad tiene por su lado recursos para decidir que nunca estuvieron a su alcance, como el acceso a herramientas de información como los big data y la posibilidad de usarlos en su beneficio. La consecuencia es que las derrotas electorales ya no son condenas a muerte. En el sistema tradicional, en la era pre informática y analógica, una derrota en política podía significar la muerte del perdedor. Hoy quien pierde en una competencia binaria como una elección nacional, puede lograr un seguro de sobrevida.

Casos como el Juntos por Cambio en la Argentina de 2019 o el de Donald Trump en los Estados Unidos son una prueba. En los dos casos el “incumbent” – es como llaman los politólogos al funcionario que arriesga su cargo en una elección – logró un apoyo popular desconocido hasta ahora. La fórmula de Macri-Pichetto logró aumentar los votos de la de Macri-Michetti en 2015. El expresidente lo recordó en ese audio que hoy se viraliza desde sus cuarteles de campaña: “Nunca hubo un espacio político que habiendo perdido una elección esté de pie como estamos nosotros”. Trump en el discurso de despedida de la base Andrews dijo algo que interpreta el mismo fenómeno: “Tuvimos muchos obstáculos y logramos 75 millones de votos, es un récord en la historia de presidentes en el cargo, es un honor”. Los dos avisaron, con ese argumento, que van a volver de “alguna forma” – palabras del Dr. Trump antes de subirse al último avión.

Por eso hay que destruir al que perdió

Este fenómeno es el mismo que explica que Cristina de Kirchner volviera al poder – cierto que algo devaluada porque pasó de ejercer dos mandatos como presidente a uno de vice, no es vida. También explica la inquina de los oficialismos por demoler al que se fue. El peronismo de este ciclo dedicó todos los discursos de apertura y cierre de los debates legislativos a esmerilar la herencia recibida. El esmero en seleccionar los episodios con que podían descalificar la gestión de Cambiemos entre 2015 y 2019 puso a prueba la imaginación – apelaron a ficciones periodísticas como el lawfare, las fake news y la posverdad; pensaron que con la plata del FMI se podía dar vuelta un destino electoral; imaginaron tramas de espías y de mesas judiciales de muy difícil probanza.

El objetivo no es insultar por insultar, sino demoler la posibilidad del “incumbent” para el próximo turno. Por eso tiran a la cabeza de la administración de la CABA, que ejerce el protocandidato a presidente de la actual oposición, Horacio Rodríguez Larreta. Como los demócratas que ganaron con Joe Biden, que quieren porfirizar las chances de Trump de volver con un impeachment fuera de hora. El oficialismo nacional sabe que el proyecto de la oposición depende de que conserve la plaza de la Capital. Sin poder en la Capital no habrá destino para lo que hoy es Juntos por el Cambio. Guerra sin cuartel a sus proyectos y a sus finanzas. Esto convierte a 2023 en el objetivo político, aunque algunos vean esa fecha como un escenario, hoy, de ciencia ficción. Le corre a la oposición la construcción de una buena elección en 2021, mantener la unidad de la fuerza y no enloquecerse en la disputa de liderazgos. Este año implica provincializar las elecciones en los 24 distritos, frente al proyecto del peronismo de nacionalizarla y sin PASO.

Más importante aún es, siempre dentro del capítulo de fantaciencia, construir una sucesión para Larreta, que sostenga con una gran elección en la CABA las chances suyas de competir por la presidencia. Nadie de su alianza en el distrito asoma como ese candidato a sostener su chance presidencial. A menos que en las palabras de Macri sobre el poder que conserva su fuerza después de la derrota de 2019, se encierre el proyecto de competir él mismo de nuevo por la jefatura de gobierno en 2023. Nadie puede descartar hoy la hipótesis de que puede ganar el cargo, y darle una mano a Larreta para llegar a la Rosada, que pocos querrían dársela hoy a él.

Guzmán, candidato, abre sucursales con lactantes

El propio gobierno ensaya otros caminos, que pasan por otros métodos. El viernes parlamentó Martín Guzmán en el Chaco con Jorge Capitanich. El gobernador armó un retablo para la asunción del nuevo superministro de Planificación, Infraestructura y Economía de su gabinete, Santiago Pérez Pons. Este funcionario viene de ser el jefe de gabinete de Raúl Rigo, el secretario de Hacienda de Guzmán. Rigo asumió en el gabinete después de ser, antes de 2015, el segundo de Juan Carlos Pezoa, principal funcionario de Economía de todos los gobiernos del peronismo desde los años '90. Después de 2015, Rigo fue asesor de Esteban Bullrich, que lo llevó en 2017 al senado. Volvió al gobierno nacional con Guzmán por indicación de Pezoa. Pérez Pons tiene 27 años, y Capitanich lo puso en el cargo junto a Guzmán, que se pasea por el mapa como protocandidato de un peronismo que necesita nombres.

Capitanich es escuchado en recintos privilegiados del oficialismo. Promueve nombres como el de este chaqueño Pérez Pons, como hace años lo hizo con Axel Kicillof, a quien le dio su primer empleo profesional y lo promovió como ministro de economía en 2013 cuando asumió la jefatura de gabinete. Lo calificaba, como ahora a Pérez Pons, como “mi ministro lactante”, que es como llamaba Perón, en la intimidad, a Antonio Cafiero – su ministro de Comercio Exterior en 1952, a los 31 años. En el encuentro repasaron las conclusiones de la reunión de los gobernadores del Norte Grande con Alberto Fernández, el miércoles pasado en La Rioja.

Esta semana el gobernador del Chaco tiene comprometida una reunión con Santiago Cafiero para cerrar el paquete de iniciativas que acordó el presidente en esa reunión, con una decena de gobernadores. La más importante es un plan de tres años para bajar las contribuciones patronales, según una escala de 75%, 50% y 25%. Es para crear 65 mil puestos de trabajo. Se entusiasma al sector empresario y le hace fruncir el ceño al Instituto Patria, trinchera del peronismo anti-negocios. También de la reunión de gobernadores surgió la iniciativa de darle cierre antes de fin de mes a dos debates: las PASO y la nueva cúpula del PJ.

Alberto confesó ante los participantes de la cumbre riojana que él querría suspender las primarias pero que le teme al alto costo político. Sin la oposición no se puede hacer. Busquen el consenso, pidió. En cuando a la conducción del partido, reabrió la posibilidad de una reestructuración “federal” del Frente de Todos con el PJ como cabecera.  

Ignacio Zuleta

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