Lunes, 15 Febrero 2021 09:29

El peronista olvidado, sobre todo por malos motivos - Por Marcos Novaro

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Su muerte no provocará ni por asomo algo parecido a lo que sucedió con el deceso de otros presidentes o expresidentes peronistas, como las conmociones desatadas en el caso de Juan Perón, o de Néstor Kirchner.

En la historia que el peronismo cuenta de sí, y que una buena parte del país adopta como buena, Menem no ocupa lugar alguno. Ni siquiera es ya el demonio neoliberal y promotor de la corrupción que supuestamente traicionó los principios identitarios del movimiento, tal como los disidentes internos con sus políticas le achacaron durante los años noventa, y se volvió brevemente la versión oficial del partido durante los primeros años de este siglo.

Desde entonces, la corrupción menemista quedó minimizada por la organizada por quienes lo sucedieron en el liderazgo partidario, así que careció de todo sentido que se la siguieran reprochando. Y más todavía convino olvidar que había existido, gracias a un gobierno peronista, una década sin inflación.

Así fue que la estrella de Menem como enemigo público de la tradición populista se fue apagando y su figura mereció solo silencio, cayó en un peculiar vacío. Como senador riojano vitalicio se fue volviendo una figura cada vez más imprecisa, inubicable y anodina, como esos jarrones o muebles antiguos que no se quieren ni pueden desechar, pero van quedando relegados a los rincones más oscuros de la casa. Y él pareció sentirse hasta cierto punto cómodo, hasta a gusto con ese destino, porque al menos le permitió sortear la cárcel.

La diferencia entre el contexto actual, en que Menem finalmente vuelve a ser noticia, y veinte años atrás, cuando él todavía significaba algo, bueno o malo, para el peronismo y en el debate público, reside en que entonces todavía había algo en discusión en el seno de ese partido y en el país.

Al menos, estaban abiertas algunas controversias significativas: sobre el modo en que había que interpretar el legado del primer peronismo, el de los años cuarenta y cincuenta, sobre cuáles habían sido o debían ser sus posteriores aprendizajes, en la convulsionada etapa que va de la proscripción a la última dictadura militar, y muy particularmente el rol que él debía asumir ante la democratización y la larga crisis de la economía argentina, reflejada en la persistente inflación y sus dificultades para atraer inversiones y crecer.

Hay que decir que Carlos Menem supo proponer una visión particular, no fácil de consensuar en la interna partidaria, sobre cada uno de esos temas. Sobre el primero, lanzó aquella famosa admonición contra “los que se habían quedado en el `45”, y duras autocríticas sobre la política económica inicial de Perón, así como una explicación sobre el fracaso posterior en corregirla que ponía en el banquillo a muchos de los propios peronistas. También hizo un balance no muy favorable de la constitución de 1949 y del modo en que Perón se había conducido hacia sus opositores, que en alguna medida justificaba a los más duros de ellos.

Sobre lo segundo, porque además de indultar a represores y guerrilleros en una de sus decisiones entonces y después más resistidas, mínimamente reconoció el rol que al peronismo le había cabido en promover la radicalización y la violencia política entre los años cincuenta y setenta, y siguió exigiendo de los líderes montoneros sobrevivientes (hubiera sido de desear que lo hiciera también con los peronistas que, como se decía entonces, “habían estado del otro lado de la picana”) que reconocieran esa responsabilidad y abandonaran sus sueños evitistas.

Y lo tercero porque en las dos grandes reformas que emprendió siendo presidente, la de la economía y la de la Constitución, puso en juego lo que él entendió eran las lecciones de esa larga historia, las del ´49, el ´52 y el ´73, y gracias a eso alumbró una década que en más de un sentido sigue siendo una excepción, casi la única, para las pautas que ha seguido la historia argentina desde mediados del siglo pasado. Aunque eso no impidió que sus innovaciones cayeran en el descrédito, desde que la recurrente crisis nacional volvió a sacudirnos.

Hoy seguramente el peronismo de nuevo en el poder pretenderá aprovechar su muerte para completar su olvido, que es el de esas discusiones y también el de su obra de gobierno y su complejo legado. Querrá que los méritos de su política de reformas económicas y de sus iniciativas de acuerdo con la oposición, con las democracias del mundo y con el mundo empresario no existieron.

Y sus defectos deberían ser achacados a su condición de traidor, y por tanto a la espalda de sus antagonistas, no en la de quienes entonces lo acompañaron en la gestión, festejaron y compartieron sus más cuestionables decisiones. Para todos los demás, será en cambio una buena ocasión para recordar que el peronismo al menos una vez lo intentó: reconciliarse con el mundo desarrollado, con la democracia pluralista y la economía liberal. Así que, en algún momento, aunque no por ahora, puede que vuelva a intentarlo.

Marcos Novaro

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