Lunes, 03 Mayo 2021 09:34

Los espejos de Martín Guzmán, la señora de Enrique Sacco y todos miden al peronismo - Por Ignacio Zuleta

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El ministro puede quedar como Lavagna, Chacho Álvarez o hasta Cavallo. Los movimientos para el 2021.

Guzmán, ¿Lavagna o Chacho? La resistencia material y la picazón del segundo año

Se equivoca quien crea que la crisis con Martín Guzmán es causa de futuros males o bienandanzas. Por el contrario, es consecuencia y retrato de un Gobierno invertebrado, al cual el ministro de Economía ya le ve fecha de vencimiento. Menos mal que invertebrado, porque le impide avanzar -como otros gobiernos autoritarios arrinconados por la peste- sobre las libertades públicas. El personaje del maestro Galdós inspira con melancolía: "Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males de la libertad a los del orden... ". También es un error encuadrar la crisis en la narrativa habitual, como las describen los manuales. Le toca la VTV y teme que le salga con observaciones…

Está cerca de cumplir el mismo plazo que lo convirtió a Roberto Lavagna en una estrella, aún brillante en el elenco criollo. ¿Para qué arriesgar más? Más cerca del ex ministro que de Chacho Álvarez, que le vio la fecha de vencimiento a su gobierno ya al primer año de la gestión De la Rúa, Guzmán ha hecho todos los gestos para marcar diferencias con las tribus que integran la trifecta presidencial y que le confiaron el ministerio de Economía. Pero esas tribus son tan débiles que no tienen músculo para levantar el pie y atizarlo.

El rasgo más importante de Guzmán es su bajo costo de renuncia. Pero ahí también está su fortaleza, porque ninguno de sus valedores quiere reconocer esa debilidad, que es la de todos. Ha logrado el acuerdo con los acreedores privados, le dio un mandoble al gasto público, que este trimestre tiende a equilibrarse merced a impuestazos y recortes a las jubilaciones, negoció con la oposición tres leyes clave -emergencias de diciembre de 2019, endeudamiento de 2020 y baja de ganancias de 2021-. Las tres con simpatía, empatía y aun apoyo de la oposición, que quiso cuidar el Gobierno en la transición (duda y emergencias) y darse el gusto que no pudo darse Macri bajando Ganancias sin herir a los gobernadores. Con esto solo, ya tiene músculo para dar las hurras y salirse del escenario. Le tocará aclarar que no ha querido provocar un portazo. También decidir si quiere ser recordado como Lavagna o como Chacho Álvarez.

El modelo Cavallo vence al tiempo

Para entrarle al asunto hay que precisar malentendidos. Uno, que Guzmán es un intelectual sin visión política. Ingresó con ese formato de la mano de un arco de relaciones y contactos, que iban de Sergio Chodos a Alberto Fernández, pasando por largas reuniones con Sergio Massa, Diego Bossio, Mauricio Mazzón. No viene de, ni va al Instituto Patria, que lo prefirió por su perfil de calculín. Pasados los dos años, golpea la mesa y reclama pertenecer a la política, ser un hombre del poder, que tiene capacidad para manejar toda la economía. Lo que ha logrado, claro, lo ha construido como lo que ningún gobierno ha querido tener en los últimos 20 años: un superministro con más fuerza que el presidente.

El modelo Cavallo cauterizó a los políticos. Pero ese mismo modelo invistió de política a contadores sin visión política -así calificó Dromi a Erman ante los diputados en un inolvidable rap- como Amado Boudou, Axel Kicillof, José Alperovich. Y no sólo aquí, porque la misma fiebre lo ganó a Mario Draghi en Italia, y si no los paraban en los tribunales, a Dominique Strauss-Kahn o a Rodrigo Rato, y los tendríamos a todos gobernando.

Quimera: que el Congreso vote el acuerdo con el FMI

Sus años de orare et laborare como académico, le habrán indicado alguna cautela a Guzmán, que tiene gestos de una astucia poco común para un ministro argentino de Economía. Por ejemplo, no ponerle la firma a ninguna de las grandes medidas de su cartera. Su gobierno las toma por DNU -en los cuales firman todos los ministros, en búsqueda de la impunidad de rebaño- o por ley. Forzó las relaciones con la oposición para las grandes leyes y autorizó finísimas negociaciones en proyectos como el presupuesto 2021, el nuevo consenso fiscal, o el proyecto de Ganancias a sociedades –que va por la cuarta versión-. Pero que salga todo por ley. Una manera de que nunca vengan a buscarlo en un patrullero por, digamos como ejemplo, un "dólar futuro", como a Axel.

Esa pasión por el juego de equipo lo ahuyenta de los jueces, destino de todo burócrata criollo. Pero le pone vallas inviables a iniciativas de las que depende su puesto. ¿Cómo se le ocurre pedir que un acuerdo con el FMI salga por ley? ¿Qué legislador va a levantar la mano para aprobar un acuerdo con el FMI? En el peronismo podés pedirle a un diputado o a un senador que ante un proyecto que mencione al Fondo mire para otro lado, se enferme, se cuarentene y se aísle, que se vaya de viaje, que se retire descompuesto, o que hunda su rostro y su prestigio en el entrepecho de una novia, en vivo y en directo. Pero jamás que dé el voto positivo al FMI. Lo sabe el FMI que, además, conoce la intención de este gobierno de no pagar nunca nada. Y cuyos legisladores denunciaron al organismo y a los ex funcionarios del acuerdo con Macri, con una investigación judicial, justo el día antes que Guzmán fuera hablar con ellos de acuerdo.

Campeonatos de deslealtad 

Esta crisis es también oportunidad de probar solidaridades. A los leales del gabinete podría aplicárseles la frase surreal de Macedonio: “Había tan pocos que faltaba uno más y no cabía”. El entuerto es un juego de filtraciones cruzadas del propio oficialismo, que deslizó el pedido y la retractación de la renuncia del Sr. Basualdo. Nadie salió a poner la cara. Ni Alberto, que lo termina poniendo a Guzmán al borde de la renuncia. Le autorizó la noticia de la salida de Basualdo y la retiró cuando vio que era demasié.

Es el mismo gesto con el cual Olivos pedía vacunas a Ginés, y después lo ejecutó por dar vacunas. Tampoco aparecen Cristina ni Máximo, que siguen agazapados detrás de los glaciares -físicos y morales– ni su prensa militante, que habla por ellos; ni Massa, herido quizá por sus duelos encadenados del último año (Brito, Meoni) y sólo consolado por el festejo manso de su cumpleaños –49, el miércoles pasado-.

Creen seguramente que el sueño de Guzmán de ser el superministro los aleja del proyecto, si lo hay. Pero también es un error creer que estamos ante titanes de la política que se manejan con grandes estrategias lúcidas, exitosas, que mueven piezas con efectos dominó o carambolas con objetivos precisos. Esto es mera supervivencia. Agotan, apenas, los límites de la política líquida, que es lo que mejor dominan los gobiernos argentinos para tolerar su debilidad intrínseca. Nadie toma en cuenta ni los dichos ni los hechos por más de cinco minutos. Alberto puede decirle algo a Juan, y a los tres minutos contradecirse ante Pedro y a la noche volver a la contradicción frente a Diego. Nadie castiga a nadie porque en la política líquida las paralelas nunca se juntan, ni en el infinito.

Pichetto-Vidal rehacen su vida

Como su formato tiene más futuro que pasado, a la oposición le cuesta menos ordenar los cajoncitos. Lo hicieron el jueves Miguel Pichetto y María Eugenia Vidal, apadrinados en un encuentro a quattrocchi con Joaquín de la Torre y Cristian Ritondo. El auditor y la ex gobernadora ajustaron cuentas pendientes después de no haberse visto las caras ni cruzar palabra en casi dos años. Desde las elecciones que perdieron en 2019. Pero llegaron a un primer plano de entendimiento. Pichetto avanzó con su condición de ser candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires si es necesario, pero en ese caso, siendo el primero de la lista. También tener control del discurso de campaña.

Mitigó la condición con un brindis: si María Eugenia es la candidata, admite que ella ordene hacia abajo toda la fuerza. Implica que, en todo caso puede ella ir a la cabeza y él secundarla. No tiene interés en ser un diputado más; después de todo ha sido legislador de diversos oficialismos durante casi 20 años, la mayoría con jerarquías de conducción. Ella siguió en silencio sobre candidaturas y juguetea con serlo en la provincia o en la CABA. De su boca sólo sale la idea de que gobernadora de Buenos Aires no quiere volver a ser. Rareza de la democracia popular de mercado en la que ella se anota: todo su discurso se limita a ordenamientos en la góndola electoral, gestos, sonrisas y susurros.

En materia de discurso, no sale de observaciones ocasionales del tipo Don Orione (“Haced siempre el bien, nunca el mal”), como lo prueba en sus intervenciones por los medios, donde ahora acude con su compañero. Se ríe cuando sus adversarios internos la llaman "la Sra. de Sacco". En realidad, es un esmeril a los pininos que el periodista de su vida, Enrique Sacco, ensaya en la conducción de la carrera política de Mariu. Ella llegó a ser gobernadora cuando era la esposa del politólogo Ramiro Tagliaferro, que fuera intendente de Morón y asociado de la consultora Poliarquía. Fue uno de los inspiradores del tramo de la carrera de Vidal que la llevó a la gobernación.

Peronistas por dentro, peronistas por fuera

Para cerrar el encuentro en paz se habían juramentado no hablar del pasado. Pichetto le advirtió, con toda la gentileza de que es capaz, que el ordenamiento de las listas y la estrategia en 2021 no pueden repetir los errores de 2019. El peronismo, dijo, no puede ser maltratado como en aquel momento ni como lo intentan hacer algunos voceros del gorilismo de Juntos por el Cambio. No lo menciona, pero se refiere al diputado Fernando Iglesias, quien sostiene que el peronismo, aun el “republicano” de la marca Pichetto, tiene poco que aportarle a esta oposición.

Pichetto cree que Iglesias no se mueve solo. Y cree que este año la oposición necesita peronismo, y citó lecturas de Torcuato Di Tella sobre su diseño, ideal, de una Argentina en la que confronten dos coaliciones, centro derecha y centro izquierda. "Y en las dos hay peronismo", remata. El reproche al pasado menciona una queja que el ex senador hizo durante la campaña de 2019: el sector vidalista jugó a reglamento en aquella oportunidad porque lo ganó el derrotismo. Él se atribuye haber organizado los actos de las 30 plazas del “Sí, se puede” entre las PASO de agosto y las generales de octubre. De esa campaña salieron los 11 millones de votos que tuvo Cambiemos y sobre los que hoy Vidal dice que hay que construir la campaña.

Otras miradas a este problema afirman que la oposición al peronismo no tiene destino si el peronismo no se divide. Y que es mejor negocio para los republicanos armar alguna tribu alternativa que coseche peronismo disidente por afuera, por lo menos en Buenos Aires, sobre la base de lo fue el voto a Sergio Massa o Florencio Randazzo, y de lo que representa hoy la rebeldía de Fernando Gray ante la conducción maximista del PJ provincial, que cuenta con el respaldo del duhaldismo residual. Esta fuerza, desgajada de Juntos por Cambio, ayudaría más si divide al peronismo de Olivos, y de Cristina, que si se fusiona como cuarta fuerza de Cambiemos. La percepción se basa en sondeos de intención de voto que afirman que este peronismo en disidencia podría llegar a representar un 11% de los votos en octubre próximo.

Macri: avancen sobre los socios

Mauricio Macri también ordenó los cajoncitos que él mismo desbarata, al completar el cuento de su visita a Córdoba. Les indicó a sus entornistas que le preparen un nuevo viaje a esa provincia cuanto antes. Será la primera escala de la gira de presentación de su principal argumento de campaña, el libro "Primer Tiempo". Le entusiasma que le digan que ha vendido ya 150 mil ejemplares, y eso que por la peste suspendió el raid de presentaciones. En Córdoba no existe el populismo, repitió raro, como encendido, ante varios contertulios que escucharon el relato de esa visita. Explicó también el mensaje que les dejó a los seguidores de su partido: cuando yo gobernaba, ordené que el PRO no disputase espacios con los otros partidos de la coalición. Ahora sí hay que hacerlo. Debemos tener varios gobernadores del PRO en las provincias.

La barra que lo escuchaba en la cena de El Potrerillo de Larreta (Alta Gracia) hizo silencio, a la espera de que les indicase algún distrito, que no sea la CABA, en el cual el PRO pueda poner un gobernador. Hay que intentarlo y para eso hay que pelear espacio con radicales, Carrió y el peronismo republicano. Dejó la ficha puesta en Gustavo Santos como candidato a senador nacional y, eventualmente, a gobernador en 2023. Si no es que terminan de convencerlo los macristas de alcoba, que le alimentan el sueño de ser el candidato a suceder a Juan Schiaretti en esa provincia.

Ignacio Zuleta

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