Lunes, 31 Mayo 2021 09:15

Un Gobierno sin una política exterior - Por Walter Schmidt

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No hay estrategia. Por un lado, la Casa Rosada se alinea con el chavismo y por otro, pide ayuda a Estados Unidos y a los países de Europa.

“La política exterior es la herramienta que debe permitir aprovechar al máximo las posibilidades que brinda el mundo para que todos los sectores de la sociedad argentina puedan extraer los mayores beneficios de la inserción internacional. Esta vinculación exterior, al impactar en el país en su conjunto, requiere sin la menor duda de un importante contenido de políticas de Estado, de consensos”. La definición pertenece a un embajador argentino, actualmente en funciones en un país del primer mundo. Sin embargo, la gestión actual del Gobierno, como los hechos acontecidos indican, carece del diseño de una política exterior y no ha propuesto hasta ahora –salvo al principio de la pandemia- ninguna política de Estado.

El español Rafael Calduch, en su libro “Dinámica de la Sociedad Internacional”, sostiene que la política exterior implica definir los objetivos que aspira alcanzar un país y los medios más adecuados para su logro. “Si el país carece de una determinación de sus objetivos, el Estado simplemente actuará en el contexto internacional reaccionando a los acontecimientos coyunturales, sin que pueda hablarse de una política exterior”, afirma. Es lo más parecido a la descripción de lo que ocurre en Argentina.

Planteado de otra manera. ¿Cuál es la política exterior de Alberto Fernández y del canciller Felipe Solá? No es clara. Como tampoco lo es la política económica, el comercio exterior, la seguridad, la educación, la lucha contra el narcotráfico.

Como prueba de la inexistencia de una política exterior, durante la apertura de las sesiones ordinarias en marzo pasado, Fernández se refirió muy brevemente a ella, cuando en realidad es un área clave para un país con una crisis estructural, con semejante pobreza, necesitado de dólares, de inversiones y de generación de empleo. Y lo hizo de una manera confusa, como si se tratara mas de una chicana hacia la oposición.

“Dejamos atrás la política de sumisión y fotos (en alusión al gobierno de Mauricio Macri). Consolidamos un idealismo realista y un pragmatismo que no olvida los valores”, lanzó. “Sumisión y fotos”, algo similar a lo que pareció mostrar Fernández en su reciente gira europea, como presidente de un pequeño país pidiendo postergar el pago de su deuda al Club de París o la ayuda del Papa. Por otra parte, hablar de “realismo idealista” parece una contradicción en sí mismo, porque son dos posturas que se contraponen. Y el término pragmatismo, siempre queda bien para evitar decir que no hay plan ni estrategia. El famoso “vamos viendo”.

Días antes de asumir Alberto Fernández la presidencia, y de jurar como ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Solá habló ante el Consejo de las Américas de la necesidad de “desideologizar las relaciones con el mundo”. “No vamos a reinventar nada y mucho menos lo haremos a través de la nostalgia”, aseguró. Nada de ello ocurriría después, cuando en varias oportunidades primó la ideología, a instancias de Cristina Kirchner.

Es difícil encontrar a un miembro del gabinete que respaldé la gestión de Solá en el Palacio San Martín. Algunos sonríen y esbozan un “pobre Felipe, le tocó bailar con las más fea”; otros se sinceran, “él no es para ese lugar”.  Ese tipo de comentarios surge luego de la larga lista de intervenciones poco felices del canciller.

En el caso Venezuela, prometió quedarse en el Grupo de Lima y condenó al régimen de Nicolás Maduro por la violación a los derechos humanos según un informe de la Comisionada de DDHH en la ONU, Michelle Bachelet. Pero luego viró y Argentina se fue del Grupo de Lima por su dura posición contra Caracas. Alberto F. diría que la violación a los derechos humanos en Venezuela está “desapareciendo” y finalmente el Gobierno retiraría su apoyo a la demanda contra Maduro ante la Corte Penal Internacional de La Haya.

La excusa, según hizo trascender la Casa Rosada, es ablandar la relación con Caracas porque Fernández pretende convertirse en una suerte de mediador entre Estados Unidos y el resto del mundo con Venezuela, para intentar encarrilar la democratización del régimen de Maduro. Pero ¿qué entidad tiene la Argentina cuando su gobierno ha interferido en problemas internos de Chile o Colombia, por sobre los gobiernos de Sebastián Piñera e Iván Duque, en las últimas protestas? O se trata de un presidente que se ha peleado públicamente con su par uruguayo, Luis Lacalle Pou, que no hizo más que poner sobre la mesa el fracaso del Mercosur en los últimos años. O que decide no asistir a la asunción del presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, porque no comulga ideológicamente con él, más allá de las excusas.

Respecto a la decisión de condenar a Israel por la escalada en el conflicto en Medio Oriente, más que al grupo terrorista Hamas, denotó la falta de timming de Fernández y de Solá y, otra vez, la ausencia de una política exterior. Si la Argentina considera a Israel un aliado estratégico, ya sea por circunstancias geopolíticas o porque pretende desarrollar aquí la vacuna israelí contra el covid-19, ¿qué sentido tiene cuestionar a Tel-Aviv? Porque entonces cuesta explicar que el primer viaje al exterior que hizo como presidente, Alberto Fernández fue a Israel en enero del 2020. ¿O tal vez no sabía que el primer viaje de un Presidente cuando asume marca los vínculos estratégicos? Néstor Kirchner y Mauricio Macri eligieron Brasil. El primero, con Lula Da Silva, y el segundo con Dilma Rousseff, con quien estaba en las antípodas, pero dejaba en claro que la prioridad era Brasil.

Demás está el análisis internacional que ensayó el canciller Solá sobre el histórico conflicto de Medio Oriente: “Gaza se parece a La Matanza, y los judíos son más inteligentes y tienen más armamentos que los palestinos. Por eso nosotros creemos que los ataques de Israel a Gaza son desproporcionados”.

Atrás habían quedado episodios como el tuit que Solá le envió nada menos que a Joe Biden en el día de su asunción en Washington, donde lo instaba a no cometer los mismos errores que su antecesor, Donald Trump; o cuando reveló que Fernández le había pedido a Biden remover al funcionario de EE.UU. en el FMI Mark Rosen. Más reciente, cuando analizó la situación de España, antes de la reunión del Presidente con su par español, Pedro Sánchez, y dijo que "España está débil".

Tanto Néstor Kirchner como Macri tuvieron una clara política exterior, más allá del rumbo y de los resultados. Kirchner apunto a lograr una cierta autonomía a través de una alianza con China que le permitiera diferenciarse de Estados Unidos. Como cuando hizo caer el ALCA en la Cumbre de las Américas del 2005 en Mar del Plata, ante el propio George W. Bush. Pero más allá de ese hecho político, el vínculo con China produjo el aumento de la exportación de materias primas, pero no una industrialización o desarrollo de sectores manufactureros. Kirchner también creyó que de la mano del Brasil de Lula Da Silva -al que en privado criticaba-, el Mercosur sería una ventana para la Argentina al comercio exterior. Pero terminó dándose cuenta que el único beneficiario de una mayor integración del bloque, en una época de grandes coincidencias políticas, fue Brasil.

Macri, por su parte, apostó a retomar el vínculo con EE.UU. y con los centros de poder, además del Mercosur y con países como China, Rusia y la India. Pero su gobierno sobrestimó los gestos de apertura y de relacionamiento, creyendo que con eso bastaba para que lluevan las inversiones. Sí le sirvió para justificar un monumental endeudamiento y el regreso al FMI, de la mano de su mejor aliado, Trump.

La política exterior actual muestra un nivel muy elemental, similar al del periodo 2011-2015 cuando gobernó Cristina Kirchner, que tuvo como canciller a Jorge Taiana primero, y luego a Héctor Timerman. Tampoco había estrategia ni una visión geopolítica, sí una clara confrontación con Estados Unidos. Hoy parece repetirse el mismo esquema, aunque la confrontación no es con la Casa Blanca sino con Brasil, Chile, Colombia o Uruguay. Y sobre el resto...vamos viendo.

Un país en el que parece que pasa de todo y no pasa nada

Walter Schmidt

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