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Jueves, 10 Junio 2021 09:29

¿La Sputnik llegó a cambio de un alineamiento internacional? - Por Daniel Santa Cruz

Escrito por Daniel Santa Cruz

El acuerdo para recibir la vacuna rusa podría encubrir un compromiso para apoyar a Putin

La amistad con Vladimir Putin que dijo tener el Presidente la semana pasada, es una demostración afectiva de una relación política que impuso Cristina Kirchner, profundizada por la elección de la vacuna Sputnik V como salida para justificar la pésima decisión de no adoptar vacunas de laboratorios americanos.

Mucho se habla de escándalo Pfizer, pero tampoco tenemos acuerdos con Jansen y/o Moderna, otras vacunas por las que ni siquiera el gobierno argentino pareció mostrar interés y poco se dice del retraso de la entrega del acuerdo, con pago adelantado, de las vacunas AstraZeneca del empresario amigo, Hugo Sigman. Este fracaso se intentó solucionar acordando contrato con el Fondo de Inversión Ruso, que tampoco cumplió ni en los tiempos de entrega, ni en la complementación del ciclo por la falta del componente dos. Pero fue el único que a partir de diciembre comenzó a entregarnos dosis y le evitó al gobierno el escarnio de pasar el verano sin una sola vacuna en el país.

Adoptando la Sputnik V, la Argentina le dio un espaldarazo a las pretensiones de proyección geopolítica que tiene la Rusia de Putin, tan criticada por las democracias occidentales, asumiendo un riesgo para el país. Porque ni en diciembre, cuando se firmó el contrato, ni aún hoy, cuando la vacuna rusa comienza a demostrar su eficiencia, recibió aprobación de la Agencia Médica Europea (EMA), ni de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ni la FDA americana, ni siquiera por la ANVISA del Brasil. Todas decisiones adoptadas bajo un criterio de desconfianza a la escasa y retaceada información publicada por Rusia.

Ya lejos del cuento de los recursos naturales como garantía, una ridiculez argumental que lo hacía poco creíble, algunas voces del oficialismo comenzaron a acusar a Pfizer de exigir inmunidad, algo que, según el gobierno, hizo imposible otorgales un marco jurídico aceptable como lo hicieron otros 116 países del mundo. Por esa razón, no solo perdimos 13,2 millones de vacunas de ese laboratorio, que hubiesen permitido duplicar el plan de vacunación actual, sino que ahora corremos serios riesgos de quedar afuera de la parte que nos toque por la donación que realizará el gobierno de los EEUU de 500 millones de vacunas Pfizer al mundo. Ninguna vacuna de ese laboratorio sería aplicada en el país, sea por compra o donación, si no se corrige la ley que impidió un acuerdo.

“Ya no las necesitamos, nos sobran vacunas”, dicen los voceros del gobierno, que parecen no darse cuenta de que se perdió casi un semestre vacunando a cuentagotas y que no alcanzó a impedir el crecimiento de contagios con un rebrote gigante que elevó las muertes que ya superan las 82.000.

Son duros y minuciosos para justificar el desacuerdo con Pfizer, pero no son tan rigurosos con otras opciones, por eso no se preguntan si para obtener la Sputnik V existe la exigencia que indica que debemos mostrarnos amigos, alineados y defensores de gobiernos que hoy se encuentran observados por las democracias de occidente por su falta de respeto a la libertad y por los abusos del Estado hacia la población.

Según Amnistía Internacional, en lo que va del año el régimen de Putin “detuvo a más de 11.000 personas, una cifra sin precedentes incluso en Rusia, donde la disidencia es silenciada sistemáticamente”. Todas las detenciones se realizaron durante las protestas contra el arresto del líder opositor Aleksei Navalny, recluido arbitrariamente, a quien se le niega acceso a atención médica independiente.

Como detalle que agrava el cuadro, en la nueva constitución rusa se otorga un “borrón y cuenta nueva” para los mandatos presidenciales, lo que permitiría a Putin buscar dos períodos más de seis años cuando su gestión actual concluya en 2024. También la reforma esconde un avance sobre el control de la justicia, introduce una referencia a la ancestral “fe en Dios” de Rusia y la prohibición del matrimonio igualitario.

La imposición que establece el matrimonio como “únicamente una unión entre un hombre y una mujer” fue justificada por Vladimir Putin: “Mientras yo sea presidente, no habrá progenitor uno y progenitor dos, habrá mamá y papá”, señaló terminante el mandatario ruso en febrero.

Al autodenominado progresista adherente al gobierno ¿no le hace ruido un amigo así?

Otro de los países de la región que adoptó la Sputnik es Venezuela, la dictadura donde según el presidente Fernández “el problema de los derechos humanos fue desapareciendo”. No fue otro yerro de locuacidad. Había que justificar la decisión adoptada el 25 de marzo, un día después de que Argentina se retirara del Grupo de Lima, cuando el gobierno nacional retiró su apoyo a la demanda por delitos de lesa humanidad que el mismo Grupo de Lima interpuso contra el gobierno de Nicolás Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI).

Esa demanda en La Haya contra la dictadura de Maduro incluye la investigación de 131 asesinatos en manifestaciones, 8292 ejecuciones extrajudiciales, más de 12.000 prisiones arbitrarias, 289 casos de tortura, 192 casos de violación y 6 desapariciones. Hay muchos más, como los testimonios de jóvenes estudiantes que una vez detenidos son obligados a recostarse desnudos en el piso mientras los policías chavistas le tiran maíz en el cuerpo y le sueltan gallinas para que coman sobre ellos, entre otros relatos escalofriantes.

Pero solo basta fijarse en los cinco millones de venezolanos que emigraron con lo puesto para escapar de un país donde lo que van desapareciendo son las víctimas, los opositores, la prensa libre, la independencia de poderes y no “el problema de los derechos humanos”.

Otro país que contrató la vacuna Sputnik V es la Nicaragua de Daniel Ortega, un satélite venezolano conducido por un nuevo dictador centroamericano, según el Departamento de Estado, que esta semana detuvo arbitrariamente a los opositores Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro y Arturo Cruz. Argentina ni siquiera consultó por tal situación.

Quizás el ejemplo más incompresible se dio cuando Argentina votó en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU junto a Rusia, Venezuela y Cuba, entre otros países, donde salvo México, es un grupo compuesto por modelos de gobierno poco o nada democráticos, a favor de abrir una investigación sobre posibles abusos a los DDHH en Israel y los territorios palestinos. Fue un voto a favor del grupo terrorista Hamas y en contra de la única democracia que, a pesar del hostigamiento constante, se propone serlo en la región.

Es curioso que al gobierno se le pasen por alto no solo los atentados que sufrió el país en la década de los 90, Embajada de Israel y AMIA, sino que, además, hayan intentado leer las 9000 palabras que conformaron la Carta Fundacional de Hamas, publicada el 18 de agosto de 1988. En sus 36 artículos, Hamas marca su fin y sus objetivos que solo apuntan a destruir cualquier vestigio judío en Oriente Medio. Junto a ellos estuvo el voto argentino.

Argentina también está siendo observada por supuestas violaciones a los derechos civiles y humanos sucedidas durante la pandemia. La provincia de Formosa, el “ejemplo a seguir” según el gobierno, mereció severos pronunciamientos de Amnistía Internacional y Human Rights por su accionar para controlar la pandemia violando derechos esenciales. Formosa fue defendida por el oficialismo por el éxito de su política sanitaria cuando todas las denuncias y miradas estaban puesta sobre ella. Bajaron las aguas y Formosa en 15 días informó que más del 3% de la población se contagió Covid. No solo mintieron antes, sino que se demostró que la estrategia autoritaria de Gildo Insfrán fue un rotundo fracaso.

Es muy difícil comprobar que este nuevo alineamiento internacional esté atado a la vacuna rusa, pero preocupa e intriga por qué, a partir del acuerdo, este año existieron cambios de postura en distintos foros internacionales sobre temas que Argentina parecía tener saldados: Venezuela es una dictadura, Hamas una organización terrorista, y la persecución política se condena.

Argentina no es Venezuela ni Rusia, pero preocupa que, de a poco, vaya alejándose de los alineamientos democráticos del mundo moderno y se encolumne detrás de esos regímenes autoritarios. El gobierno debe ser claro con su postura sobre qué país nos está proponiendo, porque lo que comienza a mirar el mundo es que nuestra democracia pierde calidad en el atributo que mejor la define: ser parte de un mundo que defiende la libertad.

Daniel Santa Cruz

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