Lunes, 28 Junio 2021 09:46

Un país que convive con los cisnes negros - Por Walter Schmidt

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En modo electoral, Alberto Fernández hizo un planteo a la “sociedad” pero no pidió perdón en nombre del “Gobierno” o de la “clase política” por los muertos que están cerca de los 100 mil.

El investigador y financiero Nassim Nicholas Taleb exploraba aquellas cosas que suceden contra cualquier pronóstico, eventos con tres atributos: inesperados, de gran impacto, y que generan explicaciones posteriores. Y denominó a ese tipo de episodios al igual que su ensayo, “El cisne negro”. Tal vez la dimensión del trabajo de Taleb no contemplaba la existencia de una sociedad, de un país que en verdad no sólo padece esos episodios, sino que convive desde hace mucho tiempo con una bandada de cisnes negros, como la Argentina.

Los cisnes negros resaltan en países como Inglaterra donde un ministro de Salud renuncia por un affaire con una asistente por incumplir el protocolo sanitario; o en Finlandia porque la primera ministra paga los desayunos con fondos públicos.

Pero en la Argentina, los cisnes negros son parte de la vida cotidiana: la titular de un organismo contra la discriminación como Victoria Donda que está denunciada por tener en negro a su empleada doméstica y por ofrecerle cargos en el Estado; un vicepresidente como Amado Boudou y otro ex funcionario K como Juan Pablo Schiavi que consiguieron –vaya uno a saber cómo- hacer varios cursos de oficios en la cárcel destinados a personas sin educación ni herramientas para resocializarse y las usaron para que jueces amigos redujeran sus penas; un gobernador como Axel Kicillof que mira para otro lado cuando funcionarios y militantes se vacunaron en la provincia sin cumplir con los requisitos, dejando a cientos o miles de adultos sin vacunas; una dirigente de la oposición como Elisa Carrió que denuncia al Gobierno por envenenamiento por utilizar una vacuna como la Sputnik V que luego fue reconocida mundialmente; el abogado del Estado Carlos Zannini que se vacuna tempranamente junto a su esposa haciéndose pasar por personal de salud; un funcionario del gobierno del radical Gustavo Valdés en Corrientes que transportaba vacunas en su auto particular. Y la lista sigue…

En el prólogo de la campaña electoral el oficialismo despliega su estrategia. El eje es la vacunación porque el Gobierno no tiene nada más que ofrecer y la situación económica, por la pandemia y por la incapacidad de las políticas, es peor que cuando Mauricio Macri fue eyectado de la Casa Rosada.

Bajo ese esquema se encuadra el acto que encabezó este domingo Alberto Fernández en homenaje de los más de 92 mil muertos por el coronavirus. El Presidente se jactó alguna vez de preferir un 10% más de pobreza que 100 mil muertos. La pobreza durante la gestión actual aumentó casi un 30 % (era de 35.5 en diciembre de 2019 y hoy ronda el 45%). Y la cantidad de fallecidos se cree que llegará a los 100 mil a fines de julio.

La mayoría de los gobernadores le dieron el volumen político al acto que contó con la presencia de Horacio Rodríguez Larreta, un vínculo que Alberto Fernández alimentó en los primeros meses de pandemia y que después rompió, a expensas de Cristina Kirchner. Ese fue uno de los motivos por los que el presidente fue perdiendo la adhesión del centro que hoy pretende recuperar con estos gestos. De hecho, la ausencia de Cristina intenta recrear aquellas épocas donde el mandatario mostraba cierta autonomía de su vice, y la imagen presidencial superaba los 65 puntos. Parece demasiado tarde.

Una vez más, no hubo autocrítica, o un pedido de perdón hacia la sociedad. Ni siquiera un mensaje corporativo. “Lo mejor que podemos hacer como sociedad es que tanto pesar se vuelva fuerza e impulso para construir el futuro de nuestro país, con diversidad y sin divisiones irreconciliables”, aseguró Alberto Fernández. Pero en lugar de decir “como sociedad”, debió haber dicho “como Gobierno”, lo cual hubiera sido demasiado pedir; “como gobernantes”, para incluir al resto de los mandatarios provinciales; o bien “como dirigentes políticos”, para que ese grupo reconozca lo distanciado que está de la sociedad.

¿Qué responsabilidad tiene la sociedad que hoy no estén las 63 millones de vacunas prometidas, que no lleguen las segundas dosis de Sputnik V, que haya funcionarios y militantes que se vacunaron quitándole dosis a los grupos de riesgo, que haya existido el vacunatorio Vip o que nombres como Carlos Zannini y su esposa, Horacio Verbitsky o la familia Moyano se haya vacunado mucho antes que el resto de la ciudadanía?

Fernández también marcó que los casi 100 mil fallecidos en Argentina “nos interpelan en lo más profundo”, lo cual es cierto. El mayor temor en la Casa Rosada es que el único pilar que sostiene a la estrategia de campaña que es la vacunación, también sea interpelado por el electorado en las elecciones de noviembre.

En la vereda de enfrente, el problema de Juntos por el Cambio es otro. A la oposición le sobran nombres para armar las listas. “A diferencia de nosotros, ellos las pueden armar por Facebook y ya está”, asegura un operador peronista. Pero carecen de liderazgo, que es lo que han decidido poner en disputa Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta –también los radicales de la mano de Facundo Manes-, pese a que ese tipo de actitudes en este duro contexto que transita la sociedad genera muchos ruidos.

“Tiene que haber disputa y quien decida, aunque sean los gobernadores de cada distrito, pero no podemos extender esto demasiado porque si no damos la imagen de una bolsa de gatos que sólo se junta contra el kirchnerismo”, admitió un legislador de JxC.

Pero la atención del votante está en otro lado. El país es impactado transversalmente por la incertidumbre, que hoy es más evidente porque la pandemia dejo todo expuesto sobre la mesa. Inseguridad, precariedad en los sistemas de educación y salud, pobreza, una inflación eterna, la incoherencia de la política exterior; la falta de credibilidad en la palabra presidencial, en los partidos políticos, en las leyes, en las instituciones. Todo es incierto, hasta la vida.

En un contexto así, ¿por qué habría de llamar la atención que un importante flujo de argentinos decida emigrar? Se han multiplicado las consultas para mudar las expectativas a otros destinos, en su mayoría, europeos. Respecto de otras olas migratorias como la del 2001, ya no sólo parten los jóvenes, sino que deciden hacerlo los adultos mayores: ya sea porque acompañan a sus hijos o porque se reencuentran con ellos, que residen en el exterior. Ni siquiera la pandemia y la compleja situación económica global los frenó.

Los argentinos que emigraron se han convertido en una suerte de youtubers con miles de seguidores, en cuyos canales cuentan sus experiencias, como es vivir por ejemplo en España; cuánto cuesta, qué documentación se necesita, cuáles son los mejores barrios para vivir, los precios del supermercado o qué oficios tienen mejor salida laboral. Hasta hay un argentino que era propietario de varios restaurantes aquí y cansado de tantas trabas se mudó a Málaga, y no sólo multiplicó sus locales, sino que ahora, a cambio de unos miles de euros, asesora a aquellos argentinos que quieran invertir allá y abrir un local gastronómico en la Costa del Sol. Incluso se los entrega ya listos para funcionar y hasta ofrece el servicio de administrarlos. Crisis y oportunidad.

No se trata de un fenómeno masivo, pero sí de un signo de cansancio con una clase política que no ha hecho nada por recrear expectativas en su gente. Y en lo inmediato no parece que el panorama vaya a cambiar demasiado. Ni siquiera, vía elecciones.

Un homenaje similar al de Angela Merkel antes de viajar a Europa y en el arranque de la campaña

Walter Schmidt

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