Miércoles, 14 Julio 2021 08:33

Fernández no ve lo que no quiere ver - Por Ricardo Roa

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Si ve tantas cosas en otros países, ¿cómo no ve el presidente lo que está pasando en Cuba?

Fernández supo qué pasaba en Chile, Colombia, Perú y hasta en Suecia. Pero dice no saber bien lo que está pasando en Cuba. ¿Qué quiere decir que no sabe bien? ¿No vió por tevé o por las redes las protestas populares y la represión? Es obvio que sabe bien lo que pasa y que hace la vista gorda porque teme quedar pegado con cualquier cosa que diga.

Pero el silencio es tan complaciente con el régimen cubano como haber reclamado que “terminen los bloqueos”. Como siempre, Cuba culpa a Estados Unidos por lo que le pasa y también ahora por las protestas, calificadas de subversivas por el presidente Miguel Díaz-Canel, sucesor de los hermanos Castro.

Curiosa regresión progresista: subversivo era lo que aplicaban los militares de los 60 y los 70 para explicarlo y justificarlo todo. El general Saint Jean, ministro de Galtieri, defendió la violenta represión a la marcha de la CGT del 30 de marzo del 82 con el mismo argumento: había sido “gimnasia subversiva”. Cualquier cosa podía ser subversiva.

Hay una larga lista de cosas bien actuales que explican mejor las protestas y movilizaciones en Cuba. Una es que desde inicios de año empezaron a subir contagiados y muertos por el Covid y desde mediados de junio de crecer pasaron a dispararse. El Gobierno aplicó una receta a lo Gildo Insfrán: armó centros de aislamiento, con pésimas condiciones de salubridad y alimentación, donde envían a quienes dan positivo en los testeos y a sus contactos estrechos, aunque den negativo.

Otra: Cuba apostó por sus propias vacunas. Prefirió no sumarse al sistema Covax de la OMS y tampoco recibe ni la rusa ni las chinas. Tienen dos, de dudosa eficacia: Soberana y Abdala, que la ministra Vizzotti fue a negociar y alabar en mayo.

El proceso de vacunación ha sido caótico y encima la peste arruinó el turismo, principal fuente de divisas. Cerraron fronteras y los abundantes norteamericanos de ascendencia cubana que asisten a sus familias dejaron de aportar en vivo y en directo.

En medio de la pandemia y por la crisis, el Gobierno lanzó una unificación monetaria a la que llamó “tarea de reordenamiento” y que en realidad no fue otra cosa que una gran devaluación.

El dólar pasó de reinar a ser proscripto, antigüedad que nunca arregló nada, se sabe en qué termina y al final es otro cepo. La destrucción de la moneda disparó el precio de la canasta básica. El salario mínimo ronda los 800 a 900 pesos. Una jubilación mínima, 1.500. Un médico gana 6.700. Pero un dólar son 60 pesos. Medio kilo de cerdo, como el asado para los cubanos, cuesta unos $ 150.

Para cerrar el círculo, se agudizaron los apagones, que irritan, pero no tanto como las imágenes de enfermos que se transmiten por las redes para reclamar la apertura de un cordón sanitario desde Estados Unidos para proveer medicamentos. Eso no pasó ni tras la caída de la URSS y de los dólares que mandaba.

Cuba es una reliquia de la Guerra Fría, con una economía y un pueblo empobrecidos, sin libertades y bajo una represión sistemática de toda forma de disidencia que provocó la mayor cantidad de exiliados del continente, cifra hoy superada por la tragedia de Venezuela.

Es una dictadura de 60 años que sobrevive con una estructura de burócratas y continúa influenciando y mucho a gobiernos y organizaciones políticas y culturales de izquierdas, que a veces prefieren ser llamadas progresistas. Paradoja que en política nunca es tal: es un progresismo que atrasa décadas. El que lo quiere ver, lo ve. No necesita ayuda. 

Ricardo Roa

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