Domingo, 18 Julio 2021 08:15

La tragedia de los 100 mil muertos: ¿Macri lo hubiera hecho peor? - Por Eduardo van der Kooy

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El kirchnerismo tempranamente conjeturó una catástrofe si Cambiemos gobernaba en pandemia. ¿Y esto, qué sería? La reacción tardía de Alberto Fernández con las vacunas y las críticas oficiales en el Senado al DNU que liberó la llegada de Pfizer.

El mundo ignora todavía cuándo la pandemia podrá extinguirse. Europa y EE.UU., en tiempo estival, hablan de una cuarta y hasta quinta ola. La prolongación aumenta la incertidumbre sobre el comportamiento de la economía global y los paradigmas que tendrán efecto revulsivo en las sociedades. Detrás de tanta nebulosa, sin embargo, pueden recogerse dos conclusiones. El éxito científico y tecnológico de la emergencia, basado en la cooperación, contrastó con el egoísmo y la ineficacia de la política.

La Argentina, en su escala pequeña, no sería una excepción. El gobierno de los científicos, como lo definió Alberto Fernández al asumir, ha estado lejísimo de dar la talla en el campo específico. También, en los restantes. La herencia del mejor equipo de los últimos 50 años, como supo decir Mauricio Macri acerca de su administración, fue un condicionante. Rápidamente opacado, según lo revelan las encuestas, por la mala praxis kirchnerista. Uniendo aquel par de veredictos podría explicarse la larga decadencia nacional. Jalonada por otros oropeles fraudulentos: la llamada “década ganada” que sucedió, en el imaginario, a la gran crisis del 2001.

El ejercicio de la política demanda una serie de virtudes para poder ser desempeñada. La credibilidad es, con seguridad, una de las más importantes porque la política es un ejercicio de orden público. El Gobierno se encargó de minarla no bien debutó la pandemia. Influyeron mucho la incoherencia y las contradicciones del Presidente. Además, el cerco que desde el primer día tendió sobre él Cristina Fernández. No hay gestión que aguante con un sistema de esas características. Menos aún frente a un desafío desconocido y letal como la pandemia.

Para nuestro país, por desgracia, no es una novedad. El peronismo conoce más que nadie de qué se trata. La pregunta sin respuesta sería indagar en las razones colectivas que impulsan a una repetición compulsiva pese al antecedente de un trágico fracaso. Prólogo del último golpe sangriento de 1976.

El problema mayor radica ahora en que el Presidente no logra -ni parece empeñado- en reconstruir su autoridad y su palabra. En la última semana, con el afán de rehacer expectativas sociales que andan por el piso, dijo cosas sorprendentes. El 9 de Julio se esperanzó que para el mismo día del 2022 la sociedad alcance su inmunización total. El martes pasado sostuvo en un acto en el Conurbano que eso ocurriría en septiembre. Dentro de un mes y medio. Sin fundamento científico. Harían falta 21 millones de las segundas dosis para cumplir la promesa. ¿De dónde saldrán?

A la ausencia de liderazgo político en pandemia -Cristina estuvo al margen en ese plano- se añadió la falta de una conducción sanitaria. El Presidente no tuvo en su equipo los puntales idóneos y necesarios. La inconsistencia de su mano derecha, Santiago Cafiero, aflora elocuente. No hay sustitutos. El jefe de Gabinete alardeó a mediados del año pasado, cuando la Argentina no había llegado a 10 mil fallecidos, que la pandemia hubiera sido “una catástrofe” con Macri gobernando. ¿La habría sido, de verdad? ¿Qué es ahora mismo? Se trató de una desdichada chicana en medio de una tragedia avizorable. Nuestro país acaba de superar los 100 mil muertos. El problema está lejos del epílogo. El desafío consiste en evitar que esa cifra tenebrosa pueda multiplicarse.

Ginés González García, el ex ministro de Salud, demostró desde el comienzo que su aptitud de este tiempo condecía con la posible amenaza del dengue. Nunca de esta pandemia. El juicio no apunta ni a su trayectoria ni a su conocimiento. Ocurre que la biología es implacable con la condición humana. Nunca logró convertirse en eje de la política sanitaria porque lo sorprendió la competencia de un gobierno desdoblado. Se afincó en Buenos Aires, con Axel Kicillof y su equipo de Salud, Daniel Gollán y Nicolás Kreplak. Discípulos de la vicepresidenta.

El Gobierno quedó atrapado en esa puja. Incluso en instancias cruciales de la construcción del dique para contener el recrudecimiento del Covid. La compra de las vacunas, que se inició con mucha demora, estuvo sujeta a esos vaivenes. AstraZeneca (que elabora la británica de Oxford) contra la Sputnik V de Rusia o Sinopharm de China. Las estadounidenses de Pfizer, Moderna y Johnson&Johnson fueron quedando relegadas. Alberto terminó apelando a un DNU para tenerlas. El Senado, con la ausencia de Cristina, validó la norma, pero los K no se privaron de criticarla.

Alberto tampoco exhibió reflejos y autoridad para ampliar con expertos no condicionados aquella conducción sanitaria que flaqueó al amanecer. Para colmo, abundaron fragilidades morales que ahondaron la decepción general. El escándalo del Vacunatorio VIP que, en la comprensión ética presidencial, habría sido sólo picardía de algunos que saltearon la fila. De allí, no extrañó que la jueza María Eugenia Capuchetti, nombrada por Macri, haya considerado en la causa abierta la inexistencia de delito. Sólo hubo inmoralidad. A tono con aquella presunta picardía de saltearse la fila. Aunque por la pandemia hubo vidas en juego. La magistrada, como sucede siempre, tomó recaudos previendo en algún tiempo el cambio de los vientos políticos. Dejó una parte de la investigación abierta.

Aquella debilidad moral contó con un anabólico. La soberbia e impunidad de algunos beneficiados. Varios prefirieron pasar a la clandestinidad. Carlos Zannini, el procurador del Tesoro hizo ostentación del privilegio. Se lamentó de no haber fotografiado el instante de la vacunación secreta, junto a su esposa. Se trata del funcionario encargado de defender los intereses del Estado. Empeñado ahora en la causa del Correo contra la familia Macri.

Otro caso emblemático fue el del ex ministro Ginés. Renunciado por el escándalo, se paseó despreocupado por España. Como si no tuviera responsabilidad por el desastre. Le tocó emprender el regreso cuando el Gobierno impuso de repente restricciones a los viajeros que tenían que volver. Lo hizo sin inconvenientes. Otros, como el senador Esteban Bullrich, bajo tratamiento médico, debieron aguardar la venia de las autoridades.

Ese espectáculo del poder se desarrolló mientras la segunda ola del Covid nunca terminaba y llegaba la tercera. Con un lastre en permanente progresión. Hasta febrero se habían producido los primeros 50 mil muertos. En los 155 días subsiguientes se rebasó fácilmente la barrera de los 100 mil. La Argentina tocó el penoso privilegio de compartir la marca sólo con otros diez países.

Nada indica que algo esté por cambiar. Pese a la amenaza de nuevas olas de Covid que anticipa Europa. La política sanitaria continúa sin timón. O con el que ofrece Carla Vizzotti. Cuyo concepto de inmunidad global parece diferir del que esgrime el Presidente. Insiste con propagar la aplicación de las primeras dosis. Cuando la ciencia, a partir de la aparición de la variante Delta, considera imprescindibles las dosis completas. Para bajar los índices de internación y los fallecimientos. Empieza a recomendarse como refuerzo una tercera dosis.

Y ahora, la campaña 

Con este panorama desalentador la Argentina se asoma a la época electoral. Ya está sumergida en la campaña. El Gobierno conjetura que un progreso en la vacunación atenuaría el hartazgo social. No dispone de otras cartas. Difícilmente el bolsillo popular registre un alivio en el momento de votar. La inflación interanual pasó el 50%. Ninguna encuesta responde dos interrogantes: si una presunta mejora económica alcanzará para compensar la tragedia; si la dimensión de ésta se traducirá en un voto bronca contra el oficialismo.

El Gobierno posee una ventaja respecto de Juntos por el Cambio. No hay estado deliberativo público por la confección de las listas de candidatos. Las PASO que inventó el matrimonio Kirchner son en esa comarca un recuerdo. Los nombres principales, en especial en Buenos Aires, serán digitados por Cristina. Quizás hoy mismo disponga de una encuesta con una decena de nombres que ordenó medir.

Están Luana Volnovich, del PAMI; Malena Galmarini, esposa de Sergio Massa y Fernanda Raverta, titular de la ANSeS. Además, Martín Insaurralde, Santiago Cafiero y Sergio Berni. La vicepresidenta parece dispuesta a extender la influencia en otro ítem: los candidatos a senadores. No querría perder ningún poder en la Cámara alta. Manda ella y suele ser usina de los proyectos que le importan.

El libreto de campaña que ahora tiene a mano el kirchnerismo enfila a Macri. A confrontar con su herencia. Colocarlo toda vez que puede en el centro del teatro. La Justicia dirá cuánto de razón o de humo hay en la denuncia que lo vincula con el envío de pertrechos a Bolivia cuando un golpe de Estado truncó en 2019 las elecciones fraudulentas de Evo Morales. Se advierte un gran interés del gobierno boliviano por espolear el asunto. También, según el gobernador jujeño Gerardo Morales, una colaboración intensa del embajador de nuestro país, Ariel Basteiro.

Juntos por el Cambio tiene todo pendiente. Se selló la unidad en la Ciudad. Habrá internas en Buenos Aires entre los radicales y el PRO. Está en juego el futuro liderazgo de Horacio Rodríguez Larreta en la coalición. También deberá remodelar su agenda afincada en la política sanitaria. Ha sacado ventaja en el debate educativo. Un millón de alumnos siguen con clases virtuales. Otros 600 mil salieron del sistema. A la oposición le falta ingresar en el traumático terreno de la discusión económica.

El oficialismo y la oposición deberán mensurar muy bien el tono de sus discursos y la utilización de recursos. Existe una sociedad lacerada que escruta. Habrá que ver si la política puede superar ese examen.

Eduardo van der Kooy

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