Domingo, 25 Julio 2021 06:59

Crueles internas e incompetencias - Por Eduardo van der Kooy

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Detrás del cierre de listas hubo un intento K por vaciar el gabinete presidencial. Alberto resistió, pero paga el precio de una mala gestión.

Alberto Fernández logró ganar la última semana una mini batalla. No le sirvió para conquistar ninguna colina. Evitó, al menos, otra incursión kirchnerista en su gabinete. En términos políticos, la discusión por la conformación de las listas de los candidatos, sobre todo en Buenos Aires, había tomado ese cariz. Los nombres en danza enmascaraban una pelea más profunda. Continuará después de que pasen las elecciones.

“Que hablen ahora”, se jactó el Presidente en las últimas horas luego de conseguir el objetivo. Colocar en el primer lugar de los diputados bonaerenses a la secretaria de Políticas Sociales, Victoria Tolosa Paz. Lo de la Ciudad, con Leandro Santoro, resulta simbólico. El comportamiento peronista en el segundo distrito electoral hace décadas que resulta testimonial.

Cristina Fernández también aportó al éxito circunstancial de su delegado. Porque decidió no llevar hasta el final la pelea. Bajó esa orden a su hijo, Máximo, que trabaja en tándem con Sergio Massa. El albertismo, es decir el puñado de amigos del Presidente, se pregunta sobre el verdadero papel del titular de la Cámara de Diputados. Llegó al Frente de Todos como un soporte pluralista de Alberto. ¿Lo sigue siendo? El interrogante se pudo haber develado en el almuerzo que ambos tuvieron a solas en Olivos.

La vicepresidenta decidió declinar la presión cuando tuvo en sus manos la evidencia. Una encuesta reveló la intención de voto de los posibles postulantes. Ninguno agregaría nada a los 25 puntos que en Buenos Aires muestra la marca del Frente de Todos. Ni Tolosa Paz, ni Daniel Gollán, ni Sergio Berni, apenas por encima de los dos primeros. El ministro de Seguridad fue descartado porque hubiera significado una provocación para Alberto. El Presidente le ruega a Cristina que lo haga renunciar.

La vicepresidenta terminó de diseñar su visión con otro par de cálculos. Desairar la pretensión de Alberto hubiera significado debilitarlo más de lo que está. Inconveniente para la campaña electoral. La medianía de todos los candidatos, por otra parte, la convenció sobre algo que sabía y quiere: será ella misma, con la compañía de Axel Kicillof y otros alfiles K, la que cargará en sus espaldas el proselitismo en Buenos Aires. Eso no implica que, si no llega a ser el esperado, se haga cargo del veredicto de las urnas.

El embate kirchnerista contra el Gabinete tuvo momentos de intensidad. Enfiló sobre Santiago Cafiero. Uno de los dos hombres que, a juicio del Presidente, resulta intocable. La otra es una mujer, la vicejefa Cecilia Todesca. Difícil descifrar cuánto de esa defensa refiere a la utilidad política o al corazón. Vienen trabajando con Alberto hace años. Incluso en tiempos de críticas y distanciamiento con el kirchnerismo.

Alberto entendió rápido que el deseo kirchnerista de entronizar a Cafiero en Buenos Aires ocultaba una segunda intención. En el medio de esa gestión estuvieron Máximo y Massa. El objetivo era vaciar la Jefatura de Gabinete para ocuparla con un hombre afín a Cristina. Casi una intervención. Por esa razón acercaron otras propuestas que, en el fondo, perseguían la misma meta.

El Presidente analizó una de ellas. Para no ser descortés. Si aceptaba que Cafiero encabezara la lista en Buenos Aires sugerían a Gabriel Katopodis como reemplazante. El ministro de Obras Públicas, que supo ser massista, es ahora un incondicional de Alberto. Quien más cumplió una orden presidencial: salir a defender la gestión de gobierno. Tarea ímproba.

Cristina tenía para ese caso otro movimiento de piezas. Cubrir Obras Públicas con el ex intendente de Avellaneda, el ultra K Jorge Ferraresi. Ahora es ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat. Reemplazó a María Eugenia Bielsa. No se hubiera tratado simplemente de un trueque de carteras. La idea consistía en la unificación de ambas. Convirtiéndolo en funcionario con una caja fenomenal e incidencia en el plano social. Al Presidente le rondaron enseguida los fantasmas de Julio De Vido.

El Presidente es consciente que modificaciones en su equipo sobrevendrán después de los comicios. Su margen de maniobra dependerá del resultado. Una derrota lo dejaría a merced de la vicepresidenta. No se podría negar, como machaca Cristina, que existen funcionarios que no funcionan. La pandemia dejó evidencias. Carla Vizzotti, la ministra de Salud. Heredera del escándalo del Vacunatorio VIP de Ginés González García. Con gestión inconsistente sobre el plan de vacunación y los consejos a la sociedad para afrontar la pandemia. La vicepresidenta desea en ese cargo a Gollán, aunque ahora se convierta en candidato. El otro es Nicolás Trotta, de Educación. Perdió claramente en su puja con Horacio Rodríguez Larreta, en la Ciudad. Va y viene con sus decisiones. Hasta ha sido desoído por Kicillof.

Ninguno de esos cargos, sin embargo, resulta tan delicado como el de Martín Guzmán. Su continuidad depende de noviembre. El Gobierno no tiene garantía que el progreso que estima en la campaña de vacunación compense el deterioro económico-social que no cesa. Uno de los aspectos delicados es la inflación. La interanual trepó al 50,2%. Apenas dos puntos por debajo de la que dejó el macrismo. Con agravante: al 2020 lo consumió la cuarentena de precios de alimentos y servicios congelados. Otro dato también incomoda. Mauricio Macri se fue del gobierno con un dólar de $ 62. Con cepo y una diversidad de cotizaciones, la moneda estadounidense accesible (blue) vale $185.

Ningún indicador sirve para despertar el optimismo. La actividad económica volvió a caer 2% en mayo. Sigue por debajo del 2019. De acuerdo con datos de la AFIP, hasta abril han cerrado 23 mil empresas y cesado 240 mil puestos de trabajo. Exactamente 20 multinacionales emigraron de la Argentina. La Federación de Empresas Hoteleras y Gastronomía informó el cierre de 12 mil locales. Un informe del Banco Mundial indicó que durante la pandemia nuestro país fue el que registró el mayor deterioro en su clase media. Dejaron de pertenecer 1.745.000 personas.

El panorama desnuda la encrucijada en que se encuentra el Gobierno. ¿Cómo hacer campaña con semejante desolación social? ¿Alcanzará para calmar los ánimos de la población el menudeo improvisado de vacunas? Los cuestionamientos de la oposición son lógicos. Llaman la atención cuando brotan en el mosaico kirchnerista. Guillermo Moreno, el ex secretario de Comercio, pontifica que Alberto ya fracasó. De Vido fue más cruel que cualquier dirigente de Juntos por el Cambio. Pronostica una “implosión social” peor que aquella del 2001.

A Vizzotti se la puede responsabilizar de muchas cosas. Pero la estrategia para la compra de vacunas tuvo otros responsables. Cristina, Kicillof, Gollán y Nicolas Kreplak. El Presidente fue arreado. Aquellos aprovecharon la defección inicial de AstraZeneca (vacuna de Oxford) para transar con Rusia por la Sputnik V y con China por Sinopharm y luego CanSino.

Resultó una apuesta que priorizó la geopolítica sobre las urgencias sanitarias. El anticipo, como tantas veces, lo había formulado Cristina. El 24 de marzo, en Las Flores, por el Día de la Memoria, aludió a la defensa de los “intereses nacionales” por la compra de vacunas en Rusia y China. Lo puso en blanco sobre negro la carta de la asesora presidencial, Cecilia Nicolini, que reclamó a Moscú la falta de segundas dosis que tiene a la intemperie a casi 7 millones de ciudadanos.

Aquel texto, que publicó La Nación, sería revelador de varias cosas. La incompetencia política de Nicolini cuyo pecado no fue reconocer la crítica situación sanitaria. Creyó que presionaba a Moscú develando una decisión de Estado: la firma de contratos con laboratorios estadounidenses. Mostró además el espíritu fraudulento que sobrevuela cada objetivo del Gobierno. La importancia, según Nicolini, no era solo que llegaran las segundas dosis. Debía ocurrir antes del 9 de Julio, para el lucimiento del Presidente que, al final, no pudo ser.

Los resultados son reveladores de la pequeñez argentina cuando pretende terciar en ese tablero del mundo. Moscú no parpadeó. Avisó que la prioridad es hoy su sociedad, renuente a las vacunas y golpeada por un rebrote. Privilegiaría las segunda dosis de la Sputnik V para Bolivia. Aquella pequeñez posee otro registro. Vizzotti y Nicolini viajaron en mayo a México para interiorizarse sobre AstraZeneca. Pudieron haber intentado un acercamiento con los laboratorios de EE.UU. Prefirieron visitar La Habana donde, en hipótesis, se experimentan dos vacunas que no se pueden fabricar. Lo que está ocurriendo en la isla del Caribe exime de otras consideraciones.

Aquellos movimientos ayudaron a comprender lo demás. Las vueltas del Gobierno para adquirir vacunas estadounidenses. Solo un DNU dictado por Alberto con una demora de siete meses, que el kirchnerismo criticó en el Senado, destrabó parcialmente ese pleito. Fue forzado por las donaciones del gobierno de Joe Biden, que nuestro país corría riesgo de no recibir. También por la queja sensible de padres con hijos menores de 18 años con comorbilidades que solicitan su inmunización. La vacuna que sirve para ese fin es la de Pfizer. Aquí no llegó. Arribaron 3.5 millones de dosis de Moderna, que recién el viernes fue habilitada para aquellos menores. Es una población de riesgo estimada en 900 mil personas. ¿Qué harán con las restantes? Sobre Johnson&Johnson no se sabe nada. Un desorden que provoca perplejidad.

Tanta desventura explicaría el empeño kirchnerista por reponer a Macri en el centro de la campaña electoral. Con el quiebre del Correo o la polvorosa denuncia por Bolivia. Pero el ex presidente emularía a Cristina del 2019. Parece lejano y ajeno.

Eduardo van der Kooy

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