Lunes, 13 Septiembre 2021 09:05

Un terremoto político sacudió al oficialismo - Por Ricardo Kirschbaum

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Los resultados de las PASO 2021 plantean dos crisis simultáneas: en el Gobierno y en la coalición que le dio vida. Tiene responsables y consecuencias concretas.

Como un boxeador groggy que sigue tirando puñetazos al aire, Alberto Fernández intentó aparecer humilde ante la sociedad que mayoritariamente le votó en contra. Pareció por un breve momento volver a su libreto olvidado de la moderación al que había abandonado, uno de sus errores más notorios, para intentar ser lo que no es. Sin embargo, pronto esa humildad se transformó en bravata y en su verba encendida volvió a decir con otras palabras que quienes no apoyaron al oficialismo se equivocaron porque el gobierno que preside encarna el modelo que devolverá al pueblo su felicidad.

El Presidente sabe -y Cristina Kirchner también- que en esta elección se plebiscitaba su gestión y, también, se ponía a prueba esta experiencia política que se inició en 2019. El resultado se parece mucho a un terremoto político por el volumen y el alcance de esta contundente derrota electoral.

Los resultados plantean dos crisis simultáneas: en el Gobierno y en la coalición que le dio vida. Tiene responsables y consecuencias concretas.

De la misma manera, en la oposición también se extraen conclusiones, la más nítida de todas es que Horacio Rodríguez Larreta ha emergido como uno de los que salió más fortalecido de esta primera vuelta electoral.

No hay duda, tampoco, de que el voto contrario ha sido una gigantesca impugnación al manejo de la pandemia, a las enormes contradicciones sobre la compra de vacunas, a la doble moral del confinamiento colectivo y la fiesta de Olivos. Si agregamos la inflación, la crisis económica, la falta de horizontes que está provocando una migración de jóvenes en busca de una vida mejor y más segura, aunque sea más aburrida. Y el obsceno crecimiento de la pobreza, entre otros factores, han impulsado el voto contrario.

La atención principal estará puesta en el Gobierno. La primera decisión que se espera de Fernández es si esta derrota lo obliga a adelantar un cambio de Gabinete. Este movimiento estaba pensado para después de la elección de noviembre, pero ahora el Gobierno necesita mostrar que está vivo. ¿Se animará el Presidente a anticiparse a lo que la realidad ya descuenta? ¿Algún ministro tomará la iniciativa para mostrar el camino?

La primera decisión pasa por la Jefatura de Gabinete. Santiago Cafiero es un leal escudero de Fernández. Si la lealtad es un atributo central en la historia peronista, Cafiero lo ha demostrado. Allí se terminan sus aptitudes, al menos las aptitudes necesarias para la conducción del gobierno. Suya no es toda la culpa ni la responsabilidad: el Presidente salta a cabecear todos los centros. Es su propio vocero, su propio jefe de gabinete, su propio Canciller, entre otras funciones. Ese estilo no ha funcionado y vació de atributos a sus ministros.

Hace tiempo que Cristina quiere su cabeza. Fernández no se la quiso ceder porque sería leído como una intervención a su gobierno.

Es que la crisis de Gabinete depende de la crisis de la coalición gobernante: ¿cómo hará Cristina para desentenderse de la derrota? Porque el impacto no se agota en la figura de Alberto, que alentó las candidaturas de Tolosa Paz y de Santoro, ni en sus groseros errores. La vicepresidenta ha apostado su capital en la provincia de Buenos Aires y no oculta su preferencia por Axel Kicillof como uno de sus delfines. Sus apariciones políticas han sido todas en ese territorio.

Kicillof también deberá recalcular porque si Fernández plebiscitó su gestión y le fue como le fue, el gobernador también perdió. Desde anoche, la hipotética candidatura de Kicillof en 2023 entró en un cono de sombras y nadie puede apostar cómo saldrá de este brete.

La tercera pata del Frente de Todos, Sergio Massa, verificó que su base electoral, que había derrotado al kirchnerismo primero y luego ayudado de ganar, ha enflaquecido drásticamente. Una parte parece haberse ido a Juntos y la otra a Randazzo.

Actualmente el jefe del Frente Renovador, o de lo que queda de él, es el presidente de la Cámara de Diputados y tercero en la línea constitucional de sucesión presidencial. Massa está cómodo en ese lugar privilegiado y desde allí ha tejido una alianza con Máximo Kirchner, jefe del bloque del Frente de Todos y futuro presidente del PJ bonaerense.

Hay urgencias políticas que Massa conoce y que hasta ahora no parece dispuesto a atender. Otra vez anoche, cuando ya era una certeza la inesperada y sonora paliza electoral, volvió a sonar su nombre para reemplazar a Cafiero.

Cristina y Fernández tienen dos meses para tratar de revertir la derrota. La especulación de que la vicepresidenta se podía alejar del gobierno no tiene asidero: apareció en el escenario de la derrota, gesto casi desconocido en su historia política. Hay que recordar que, en 2009, cuando Néstor Kirchner fue derrotado por De Narváez, mandaron a un encuestador a dar la cara por el oficialismo, en un acto de perversión política pocas veces visto. El encuestador cumplió obedientemente la misión, mientras que en la suite presidencial del hotel Intercontinental Kirchner descargaba su furia. Esta vez, Cristina aplaudió a Fernández decir que “algo no habremos hecho bien” en medio de la perplejidad por un resultado inesperado para el oficialismo.

Es decir que el artefacto político que creó la vicepresidenta para ganar la elección de 2019 no puede ser desarmado sin afectar a sus integrantes. Hay que preguntarse también sobre el impacto que tendrá en la Cámara de Senadores si en noviembre se confirma la pérdida de senadores oficialistas.

¿Se radicalizará Fernández? Es muy poco probable. Hacerlo sería un acto suicida, pero estará sometido a un juego de presiones feroz porque este traspié lo encuentra en la recta final de la firma de un memorándum de entendimiento con el Fondo Monetario Internacional.

¿El FMI le pedirá al Gobierno ahora que ese memorándum tenga el consenso de la oposición? No hay por ahora respuesta a este interrogante, pero si se puede especular que Alberto intentará dar un volantazo hacia el centro político.

Hay un dato que no pasó desapercibido. Los pocos ganadores del Frente de Todos son gobernadores que no forman parte del kirchnerismo, salvo Insfrán en Formosa que es fiel a sí mismo pero que ha sintonizado con la veta más autoritaria de esa facción política. Tanto Juan Manzur como Uñac, por ejemplo, han hecho gestos de autonomía de la vicepresidenta. Manzur es, para Cristina, un blanco móvil político. En uno de sus últimos discursos, embocó al gobernador que ha sido el principal apoyo de Fernández, cuando “el albertismo” era una esperanza que ahora se solo vive en los comentarios por internet de Ricardo Alfonsín, desde Madrid.

¿Habrá alguna reacción del peronismo que percibe que el poder se le puede escapar? Es otra pregunta sin respuesta.

Quien sí tuvo una respuesta fue Horacio Rodríguez Larreta. Más que en la candidatura de Vidal en Capital (su elección no fue todo lo que prometía ser) fue en la apuesta por Santilli en la Provincia su mayor acierto. El triunfo en el bastión de Cristina fue ayudado por la interna con Facundo Manes, que amplió el ancho de banda de la oferta opositora.

El otro acierto de Larreta fue no involucrarse tanto en la pelea cordobesa como sí lo hizo Mauricio Macri. El respaldo del ex presidente a Mario Negri no funcionó. La derrota del actual jefe del interbloque de Cambiemos fue, también para viejos conocedores de la UCR, el fin del angelocismo en Córdoba. Tampoco el apoyo de Macri a Federico Angelini en Santa Fe tuvo resultado.

Se abre ahora un tiempo de urgencias en el oficialismo y de expectativas en la oposición.

Ricardo Kirschbaum

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