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Domingo, 19 Septiembre 2021 06:53

Cristina Kirchner no tiene mucho que festejar: un triunfo trucho, provisorio y a muy alto costo - Por Marcos Novaro

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La impasse en la crisis del FdeT tiene fecha de caducidad: 14/11. Y prueba, encima, que Cristina seguirá siendo Fernández: no tiene mucho más que a Aníbal para sumar al gobierno, y su destino seguirá atado al de Alberto. Mal que le pese, no hay vía de escape.

Nunca se había visto tanta torpeza y chapucería junta en la era K, y eso que ha sido una época prolífica en esos aspectos. Pero esto, la debacle del FdeT, recién empieza, así que puede que estemos aún lejos de haber tocado fondo en el camino al desgobierno y la irresponsabilidad: tienen dos años para superarse.

En las horas que siguieron al anuncio del “nuevo” gabinete, en verdad un rejunte atado con alambre al que se le notan demasiado las grietas como para funcionar mínimamente bien, se multiplicaron los análisis destacando el triunfo de Cristina Kirchner sobre el tardío y trémulo intento de Alberto Fernández de rebelarse. Y es cierto: la vice tenía en sus manos amenazas que probaron ser mucho más efectivas que las del presi, y la firme voluntad de usarlas, así que para Alberto fue ceder o morir, y cedió.

Sin embargo, el saldo de la crisis está lejos de ser tan favorable como podría pensarse para la jefa: ella mostró su poder de daño, pero también dejó ver sus limitaciones, y su incapacidad de escaparle a los costos políticos que tanto la propia crisis como, aún más, el proceso de deterioro del FdeT acarrea y seguirá acarreando para sus integrantes. Veamos la cuestión en detalle.

Ante todo, si lo que tiene a mano Cristina para sumar al gabinete y emparcharlo es Aníbal Fernández, el kirchnerismo está en problemas, serios problemas.

No es un proyecto que crece, ni siquiera que se sostiene a lo largo del tiempo, sino que se sigue achicando. No es capaz de pensar el país, apenas si entiende el conurbano, y gobierna con ese estrecho territorio en mente: eso es Aníbal, y eso es también Kicillof, a quien curiosamente nadie nombra en todo este entuerto, pero es una de sus piezas clave, y de las más golpeadas por la derrota electoral. El gobernador bonaerense hace dos años que evita a su Legislatura, se maneja a golpe de decreto. Apostaba a que en estas elecciones podría destrabar la situación, logrando una mayoría propia en las dos cámaras, pero va a perder legisladores en ambas. Así que nadie sabe cómo va a reaccionar, ni cómo va a hacer para sobrevivir, una vez que se le acaben, justo ahora, los recursos extraordinarios que recibió de Nación durante el último año (más de 100.000 millones de pesos) y que Guzmán no tiene forma de renovarle. Pronto la disputa en el oficialismo va a consistir en adivinar cuál de los municipios del conurbano estalla primero, si uno de La Cámpora o uno del peronismo tradicional, si Quilmes o San Martín. ¿Será para eso que se armó la dupla Aníbal-Berni para manejar Seguridad?

Esto nos conecta con un segundo problema que la crisis del FdeT expuso, y que el reordenamiento del gabinete quiso resolver, pero en el mejor de los casos apenas si morigerará: la desconfianza extrema que existe en la cúpula gubernamental respecto a la lealtad de sus representantes en el territorio, los gobernadores e intendentes. Desconfianza que se vincula, ante todo, al comportamiento que estos últimos racionalmente estarán tentados a adoptar de cara a las elecciones del 14 de noviembre, para salvar sus listas de concejales y legisladores: promover el corte de boleta en detrimento de las de diputados y senadores nacionales.

Es un mal hábito que se repite cada vez que el kirchnerismo sufre una merma de apoyos a nivel nacional: sucedió en 2009, y de nuevo y más masivamente en 2013, y ya se lo vio despuntar en las PASO de hace unos días, sobre todo, aunque no exclusivamente, en territorio bonaerense. Allí los intendentes saben que si pierden la mayoría en sus concejos deliberantes lo primero que se va a votar es su destitución. Así que evitar una derrota en las legislativas es cuestión de vida o muerte. ¿Por qué van a sacrificarse por un gobierno nacional que, de todos modos, tiene su suerte echada, que ha hecho mucho mérito para que eso sea así, y encima, está sumido en una interna permanente que perjudica a todo el peronismo?

Para tratar de evitar que esas conductas se generalicen es que entró Juan Manzur al gabinete, y nada menos que en el puesto de Santiago Cafiero. Entró, además, a plazo fijo: volverá a la gobernación de Tucumán en cuanto acabe su misión, sea cual sea el resultado que consiga. Como jefe de campaña, de la mano de Wado de Pedro, que volvió a su cargo pese a haber capitaneado las renuncias extorsivas contra el presidente, Manzur tendrá al menos una mínima chance de convencer a sus pares y a los intendentes de moderar la deslealtad. No tendrá, sin embargo, ni la más mínima de evitarla. Y allí está una de las claves del resultado que va a arrojar la votación de noviembre: para qué lado termine definiéndose la disputa intestina en el FdeT entre sus intereses nacionales, distritales y locales. Es claro, además, que la apuesta del gobierno no aspira a mucho más, y tiene sentido que así sea: después de lo sucedido en la última semana no tendría ninguna lógica que invirtiera sus energías en recuperar los votos perdidos, es mucho más razonable que las oriente principalmente a evitar perder aún más de entre los que el 12/9 lo acompañaron, conservando una mínima cohesión. Dicho más simplemente, para él la pelea ya no es con JxC, es interna al propio peronismo.

Por lo mismo, si hasta el lunes pasado Cristina y Alberto podían aún soñar con rescatar los senadores en riesgo de La Pampa, ahora van a tener que rezar para no perder también los de Tucumán y Catamarca. Otra razón para incluir a Manzur en el gabinete, que habla a las claras del proceso de achicamiento que experimenta el FdeT, y de los costos altísimos que sus titulares, todos ellos, están pagando y van a seguir pagando.

Cristina perderá, a partir de diciembre próximo, la mayoría propia y el quórum en el Senado. Un recurso invalorable, no sólo para enfrentar los dos años de ajuste, estancamiento e inflación que se abrirán desde entonces, sino para asegurar el control de la Justicia y la desactivación de sus causas judiciales. ¿Hasta dónde se hundirá, entonces, la capacidad de la vice de simular omnipotencia y asegurar disciplina entre sus propios compañeros de partido? Es ostensible ya que el peronismo ha vuelto a estar dividido, desde la derrota en las PASO y más todavía tras el papelón que le siguió, y va a seguir dividiéndose de aquí hasta las presidenciales de 2023, en un proceso que puede repetir agravando el que se desencadenó 10 años atrás, y ante el cual Cristina va a ser mucho más impotente de lo que fue entonces.

Esa impotencia se respira en su insólita carta al país, la última y la más inconsistente de la serie de misivas que eligió como medio para comunicarse y que han pretendido establecer y remarcar la distancia entre el cielo y la tierra, entre ella, y la gente común que compone “su pueblo”, colectivo terrenal y subordinado en que quedan incluidos hasta sus seguidores más fieles y obviamente los funcionarios de su gobierno. Pese a estar escrita desde esa estratósfera imaginaria, no puede evitar que en esta última carta quede bien a las claras el brete en que se metió al pergeñar el FdeT. Y el decisivo e insuperable costo hundido que la ata a la suerte de esta gestión.

Ella pretende allí dejar sentado que nunca estuvo de acuerdo con el curso seguido por el gobierno, y que sus votos le pertenecen en exclusividad, más que a Alberto y también, y esto es lo fundamental de su curioso enfoque, más que a los propios votantes. Los votos que faltaron en las PASO para que el FdeT se impusiera, según ella, se extraviaron por las políticas de Alberto, no culpa de ella, y en verdad se extraviaron solo en apariencia, siguen allí esperándola y se van a hacer presentes en cuanto logre sacarse de encima al actual presidente y sus errores.

Para justificar su olímpica lavada de manos nos dice, además, que se opuso 18 veces a las metidas de pata en materia económica y social que atribuye a la terquedad del presidente, que no la escuchó. Pese a que es evidente que Alberto no hizo, en los últimos dos años, más que ceder a todo lo que ella planteó, entregándole la cabeza de sus ministros, anulando aumentos de tarifas, avalando aumentos de impuestos y muchísimos etcéteras (más que los 18, se ve que está obsesionada con ese número, que tipea en su misiva con una obsesividad que hace acordar a El Resplandor).

La trampa argumental en que se mete Cristina para tratar de que los resultados de la gestión no la manchen queda aún más en evidencia cuando se refiere a lo que pretende de aquí en más de la gestión económica: niega querer radicalizarla, y sigue aceptando entonces que la condición sine qua non para sobrevivir será un acuerdo con el Fondo, pero entonces no debería a continuación ignorar los requisitos inexcusables para conseguirlo, más ajuste, y no solo en base a más impuestos y más inflación, como se ha hecho hasta ahora.

En suma, lo que la carta revela, involuntariamente claro, es que Cristina no tiene vía de alguna para escapar de los zafarranchos que arman sus criaturas: está encadenada al FdeT y a la gestión de Alberto. Fantasea, de todos modos, tanto en la carta como en sus rabietas públicas, con que un parte aguas venga en su ayuda: de un lado quedaría Alberto haciendo macanas, porque no tiene arreglo, y del otro y cada vez más lejos estaría ella, lanzando admoniciones celestiales sobre la inconveniencia de las acciones de gobierno, y la supuesta incompatibilidad entre ellas y su “proyecto”.

Y esto es lo que, finalmente, más importa de los saldos de esta crisis política. Cristina y el kirchnerismo estarán, a partir de ahora, con una pata adentro y otra afuera del gobierno.

Para el país es, de las opciones disponibles, la menos mala. Porque una ruptura total hubiera llevado al desgobierno, y la renuncia de Alberto hubiera desembocado en una impredecible radicalización. Pero convengamos que la “solución” es, de todos modos, muy mala y no va a funcionar bien, ni puede durar. Porque tener a Cristina y La Cámpora, de aquí en más, haciendo como que no tienen la culpa de nada, y colaboran en la gestión, pero manteniendo la mayor distancia posible de ella es garantía de un gobierno muy débil, cuya capacidad de decidir se trabará aún más que antes y que no tendrá lo mínimo para lidiar con la crisis económica, social y sanitaria. Siendo este el menos malo de los resultados posibles de la crisis política desatada, es de todos modos espantoso, nos promete dos años interminables de dislates e incertidumbre.

Salpimentados, por si hacía falta, de recurrentes planteos virulentos del kirchnerismo al estilo Fernanda Vallejos, que ya marcó el camino concebido en el Instituto Patria para competir, desde la izquierda populista, con los más zarpados opositores de derecha para representar a los sectores más enojados de la sociedad.

Incluso puede que los audios grabados y filtrados prolijamente por Vallejos, cuando se conozcan los resultados del 14/11, sean recordados como gestos moderados de diferenciación. De Máximo y Axel para abajo estos rebeldes a cuenta del fisco van a hacer fila para imitar a Javier Milei en la repartija ecuménica de insultos, el recurso a la antipolítica y la gestualidad fascistoide. Aunque lo más seguro es que nada de eso alcance. Al cristinismo se le va a hacer cuesta arriba ser creíble como alternativa a sí mismo, al engendro que concibió en 2019 y hasta hace poco vendía como si fuera la octava maravilla. A menos, claro, que Cristina le gane de mano a Alberto y renuncie. Imite finalmente a Chacho Álvarez y a Cámpora, y se haga a un lado. Algo que es difícil imaginar porque en su caso necesitaría aún más coraje que el que necesitaron esos sus fracasados predecesores. Y ella es demasiado cómoda y está demasiado asustada sobre el futuro que le espera como para volver al llano motu proprio.

Desde ahora y hasta el final Cristina tratará de tener las ventajas del poder sin sus costos, mantener una pata adentro y una afuera del gobierno, en medio de la peor crisis imaginable. Y así esperará el fallo final de la historia. Que esperemos termine en 2023, y a esa altura ya haya dejado de ser “su” historia, y sea más bien la de un país que quiera y pueda ser diferente al que ha venido siendo.

Marcos Novaro

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