Domingo, 19 Septiembre 2021 07:12

El plan serrucho contra el Presidente: la confianza con Cristina Kirchner está quebrada - Por Eduardo van der Kooy

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Alberto logró resistir la embestida K. Pero tuvo que hacer concesiones. La ratificación de De Pedro es la principal de todas. El nuevo Gabinete fue improvisado. Con presencias difíciles de explicar. La confianza

Quizás detrás de la tremenda crisis política e institucional que vive la Argentina se esté destruyendo también un mito que se empezó a construir desde el 2011: el de la superioridad de Cristina Fernández por encima del promedio de la dirigencia.

Esa percepción tomó casi forma de apología cuando en 2019 sorprendió a todos con un desafío al orden político y al sentido común. Nominó a Alberto Fernández candidato. Se relegó a un presunto papel secundario, siendo la líder indiscutida y dueña de la mayoría de los votos.

La maniobra tuvo sin dudas su éxito. Sirvió para que el Frente de Todos desalojara del poder a Mauricio Macri. Se trató de una movida táctica imaginativa que de ninguna manera consolidó su condición de estratega o visionaria que se le pretendió adjudicar. Las pruebas están a la vista. Ese dispositivo está jaqueado seriamente después de la rotunda derrota en las PASO. La tregua impuesta con la recomposición improvisada del Gabinete asoma precaria. Aquella construcción del sistema fue muy útil para una pelea electoral. No sirve para gobernar, mucho menos aún en condiciones adversas.

Tampoco debiera constituir una sorpresa. Existen dos razones que la explican. En su derrotero en el poder desde el 2007 (donde nunca ganó una legislativa) la hoy vicepresidenta también jalonó su trayectoria con fracasos resonantes. Uno fue la designación de Amado Boudou como acompañante en 2012. Dejó boquiabiertos a todos. No hay quien ignore qué sucedió después. Otro resultó la unción de Aníbal Fernández para disputar la gobernación de Buenos Aires contra María Eugenia Vidal.

La descomposición en que está sumida la coalición oficial por la disputa entre la vicepresidenta y Alberto desnuda la otra cuestión. Las alianzas en la Argentina han demostrado eficacia para el acceso al poder. No para ejercer su administración. El ejemplo es ahora el Frente de Todos. Lo supo ser en su momento Juntos por el Cambio. Aunque sus peleas internas entre 2015-19, cotejadas con las presentes, hayan sido casi las de monaguillos en un templo.

Nadie sabe –quizá sólo ella—qué cosas globales caviló cuando resolvió entronizar a Alberto. Tuvo dos conciencias: que no podía estar a la cabeza de ninguna fórmula por el rechazo que su figura genera en una amplia mayoría; que debía engrosar el ejército de fieles (La Cámpora y los ultras de diferente madera) para sacar ventaja, como ocurrió, en una elección polarizada. En cambio, ocultó en una nebulosa el grado de autonomía que estaba dispuesta a concederle al Presidente para su gestión.

La distribución del Gabinete, la ocupación con dirigentes propios de las principales cajas del Estado, su dominio en las áreas ligadas al Poder Judicial (que detonó la primera crisis con la ex ministra Marcela Losardo), el control del Senado y del bloque oficial en Diputados a través de su hijo, Máximo Kirchner, y la apropiación de Buenos Aires con Axel Kicillof fueron señales, desde un comienzo, de que Alberto gobernaría como mandatario sitiado.

En este largo año y medio, Alberto y Cristina compusieron una simulación. La vicepresidenta repitió más de una vez que las decisiones correspondían al Presidente. Este, para congraciarse, dijo siempre que solía consultarla mucho. La carta que hizo pública Cristina barrió con todo aquel relato. Se trató de un ultimátum para que el Gobierno tome el rumbo que ella quiere. Una aproximación inconfundible a un golpe de palacio.

¿Cómo podría interpretarse, de otro modo, la admonición pública a Alberto para que honre su decisión de haberlo designado candidato? ¿Cómo, además, la mención sobre que no estaría respetando la voluntad del pueblo? Sería en ese punto donde la crisis del Frente de Todos dejó de ser sólo interna para convertirse en asunto institucional.

Como bien lo describió en su carta, el disgusto de Cristina no surgió de la derrota electoral. Fue producto de una acumulación. Señaló que durante este año tuvo 19 reuniones de trabajo en Olivos con el Presidente. En todas, según dijo, planteó sus disidencias. Ese texto se contradice con algunas decisiones que dejó trascender en medio del temporal. Todos los apuntes críticos recayeron sobre la política económica. Es decir, sobre Martín Guzmán. Pero llamó al ministro de Economía para asegurarle que nunca había pedido la renuncia suya.

Otro punto llamativo de la epístola fue el ensañamiento con el ex portavoz presidencial, Juan Pablo Biondi. Hablaría de un montón de rarezas. ¿Resulta normal que la dirigente más poderosa del país utilice un texto público para ocuparse en un momento de honda crisis de un portavoz? Hay proporciones que Cristina siempre extravía en estado de furia. Eso no sería tan inquietante como otra señal: la falta de entendimiento también en aspectos secundarios que posee con el Presidente.

La derrota produjo una eclosión en el Gobierno y el Frente de Todos. La pólvora había sido esparcida tiempo antes. De otro modo no se explicarían demasiadas cosas que sucedieron a la luz pública y en la discreción de los despachos. La evaluación inicial que hizo Máximo Kirchner delante de un grupito fiel fue lapidaria: “Si la economía está mal y le agregas las pavadas políticas de Alberto no habría de qué sorprenderse”, se lamentó. El hijo de Cristina nunca perdonó aquellas fotos del bochorno del Olivosgate.

Nadie podría certificar si esas palabras fueron prólogo de sucesos posteriores que, sin dudas, intentaron serruchar al Presidente. Nada pareció casual, todo asomó orquestado. La renuncia de Eduardo De Pedro a instancias de Cristina y a la espalda a Alberto fue el primer paso para la desestabilización del Gabinete. La vicepresidenta y el ministro se manifestaron ofendidos por la interpretación pública y periodística sobre la existencia de un golpe palaciego. El artífice habría sido Biondi, según el proceso cerebral de Cristina.

La explicación sobre aquella ofensa es curiosa. Entendible en ese mundo que se auto asume progresista. ¿Cómo acusar de golpista a De Pedro que sufrió una tragedia (la pérdida de sus padres secuestrados) durante la dictadura militar?, fue la interpelación. Sería bueno que explicaran qué tiene que ver una cosa con la otra. Ninguna desgracia, por tremenda que sea, concede inmunidad de por vida para las conductas públicas y privadas.

Aquella operación de serruchar al Presidente tuvo otro capítulo de contornos teatrales. Repentinamente a la diputada bonaerense Fernanda Vallejos le "filtraron" audios con palabras insolentes hacia el Presidente y Guzmán. Vallejos se excusó. La maniobra siguió con otros audios ofensivos. No fueron producto de un brote de bronca. Habrían respondido a una programación: el ensamble de las palabras y la coherencia del relato así lo denotan. La vicepresidenta guardó silencio total sobre los vituperios de su pupila.

La coalición oficialista, como el dispositivo de poder, están ahora dañados hasta sus cimientos. El kirchnerismo se abroqueló con su jefa, Cristina. Alberto quedó con sus amigos devaluados y salió a la caza de apoyos y lealtades. Sergio Massa anduvo con un pie en cada orilla porque su volumen político no le da derecho a alguna opción. “Si aparezco demasiado cerca de Alberto me crucifican los K”, explicó. “Si lo dejo sólo el Presidente correría peligro de caerme”, cerró. Tiene otros costados débiles. A su ministro de Transporte, Alexis Guerrera, tampoco Cristina lo vería bien, por la aparente subejecución del presupuesto del área.

El Presidente llevó la resistencia hasta donde pudo. “Se impuso el posibilismo”, confesó uno de sus laderos. Fue rearmado un Gabinete de emergencia que, por varias razones, torna difícil su viabilidad. De Pedro, el ministro de Interior que inició la ofensiva contra Alberto no pudo ser desplazado. ¿Cómo convivir con un fragotero potencial? El regreso de Aníbal como ministro de Seguridad fue pensado con lógica internista: para neutralizar las irrupciones que suele tener Sergio Berni, su par en Buenos Aires. Esa necesidad, tal vez, impidió calibrar ese paso de cara a la sociedad: Aníbal es uno de los dirigentes con peor ponderación social. Nunca volvió de la debacle en Provincia. Estuvo escondido en Yacimientos Carboníferos Fiscales (YCF).

El Presidente exhibe como galardón de su presunta fortaleza la continuidad de Santiago Cafiero en el gabinete. Ahora en la Cancillería. Aquella exhibición desnuda dos cosas: el desprecio por las relaciones internacionales; la improvisación con que resultó cocinado el remozado Gabinete. Felipe Solá se enteró de su despido cuando aterrizó en México. Bramó. Allí viajó en representación de Alberto a la Cumbre de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC).

Quizás el único punto de comunión entre Alberto y Cristina haya sido la nominación de Juan Manzur, gobernador de Tucumán, como jefe de Gabinete. Fue un albertista de la primera hora. La vicepresidenta saldó con él las cuentas pendientes del pasado. Manzur dudó mucho, como todos los mandatarios consultados, porque en estas condiciones le cuesta divisar un horizonte.

El Presidente logró sostener a Guzmán y a Matías Kulfas, de Producción. No hay margen, en 60 días, para ningún vuelco de la economía. Está de por medio, además, el acuerdo con el FMI. Ambas permanencias son observadas y cuestionadas por Cristina y La Cámpora.

La derrota ha quebrado la confianza de los dos mayores protagonistas del poder. Habrá que ver si el rompecabezas ministerial ayuda a enmendarla. Ocurra o no, hay un interrogante dramático. Si por las PASO se desató una crisis de semejante magnitud, ¿qué ocurrirá si el resultado se replica en noviembre? Esa duda anida con recurrencia en la cabeza de muchos. Entre ellos, Massa.

Eduardo van der Kooy

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